Artículo | «Escritoras y lectores: ¿un encuentro grato?»

Escribe: Soledad Escalante Beltrán* La modernización de las letras realizada por las escritoras de la segunda mitad del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX tuvo impacto en las escritoras y escritores jóvenes, que comprendieron mejor las propuestas críticas, las innovaciones técnico-literarias y la práctica renovadora del oficio. Las escritoras contribuyeron con su obra […]

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Escribe: Soledad Escalante Beltrán*

La modernización de las letras realizada por las escritoras de la segunda mitad del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX tuvo impacto en las escritoras y escritores jóvenes, que comprendieron mejor las propuestas críticas, las innovaciones técnico-literarias y la práctica renovadora del oficio.

Las escritoras contribuyeron con su obra y labor a la consolidación de una tradición renovadora de las letras y de su oficio, moldearon la sensibilidad literaria de toda una generación nueva de lectores, que leyeron con más atención y cuidado su propuesta estética, literaria y productora de sentido. Las escritoras extirparon los prejuicios nocivos de la mentalidad de la época, que retardaban la modernización del oficio de la escritora. La mujer escritora, así, aunque escribiera, terminaba disociada de la escritura. Era el nombre vacío y sin identidad real de un varón abstracto el que ingresaba en el imaginario de los lectores, que no una mujer de carne y hueso que escribe literatura de su puño y letra. No todas optaron por emplear las mismas estrategias de resistencia y superación.

En las sociedades tradicionales, el dominio de la palabra hablada y escrita fue un privilegio masculino sustraído a las mujeres. Las mujeres que sintieron la poderosa atracción por las letras no dudaron el volcarse sobre ellas: su sola práctica convertía la escritura en un acto revolucionario y emancipatorio. En los contextos más conservadores y regresivos, las mujeres escritoras recurrieron a pseudónimos masculinos: ocultar su identidad les permitió eludir la censura y la prohibición patriarcal, que impedían a las mujeres practicar y ejercer su escritura. Los libros escritos por mujeres minaron las bases del patriarcado recalcitrante y desmontaron los prejuicios del machismo dominante.

En el siglo XIX, escritoras decididas rebasaron los límites de la sensibilidad tradicional. Para conseguirlo, no obstante, en algunos casos renunciaron a sus nombres femeninos y asumieron nombres masculinos. Así lo hicieron las hermanas Anne, Emily y Charlotte Brontë, que publicaron en Londres. La española Cecilia Böhl se transfiguró en el novelista Fernán Caballero. La parisina Aurore Lucile Dupin firmó como George Sand. Sin este recurso, sus libros no hubieran llegado a la imprenta.

La renovación femenina de las letras cuestionó los cánones y las convenciones que aseguraban la continuidad de las instituciones nocivas de la sociedad tradicional. Las escritoras modernas introdujeron ideas nuevas acerca del ser mujer, y también del ser lector. Paradójicamente, para asimilar a la mujer escritora, la estructura tradicional retardataria le quitaba la identidad como mujer.

El problema sigue siendo actual y está plenamente vigente. La autora de la saga de Harry Potter renunció a colocar su nombre de pila, Joanne Rowling, para asumir los pseudónimos J. K. Rowling y Robert Galbraith, haciendo caso a la recomendación de sus editores: todo para no disuadir ni alejar a los niños lectores, que todavía no han aprendido el gusto de leer libros escritos por mujeres. No parece que haya motivo para privar de ese gusto a los lectores jóvenes: vale la pena saborearlo.


Profesora Principal de Filosofía, Facultad de Filosofía, Educación y Ciencias Humanas de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.

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