«El último Julio Ramón Ribeyro», un recuerdo de Enrique Sánchez Hernani

A principios de la década del noventa, Julio Ramón Ribeyro eligió a Lima como su ciudad final. Volvió al mar tras su largo y voluntario exilio parisino. Aquí le esperaban sus amigos, nuevas aunque breves ilusiones, cierta dicha que alumbró sus años finales. Así lo recuerdan el escritor Guillermo Niño de Guzmán y su editor Jaime Campodónico: feliz, bebiendo vino, contemplando el mar e insólitamente locuaz con sus amigos. Un texto de Enrique Sánchez Hernani.

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Dic 2, 2021

Escribe Enrique Sánchez Hernani


Nunca crucé palabra con Julio Ramón Ribeyro. Un día Guillermo Niño de Guzmán pretendió presentármelo. No recuerdo el año, pero sí la hora: 11 de la mañana, Hotel Crillón. JRR llegó puntual, Willy demoraba. Él, como no me conocía, pasó veloz hacia el bar del hotel. Cuando Willy llegó, JRR ya no tenía ánimos de hablar con un extraño. Apenas me dio su mano de dedos muy finos. Saliendo del hotel, JRR parecía un ave de paso que huía del mundo. Ahora son las 11 de la mañana de otro día y otro año. JRR no está más. Willy me ha citado a su departamento miraflorino para hablar del amigo ausente. No hay vino, sólo dos vasos de Coca Cola con hielo. Willy piensa en voz alta. «Julio Ramón volvió al Perú porque al cabo de tantos años fuera sentía nostalgia. Juzgaba que había cumplido su ciclo europeo. El París que él había conocido no existía más. La mayoría de amigos que había frecuentado o se había ido o había muerto. Tampoco hacía ya la misma vida que se hace de joven en los bares, los cafés. Creo que se sentía un poco solo».

«Notó que cada vez que venía al Perú despertaba una calurosa acogida de parte de los jóvenes. Le gustaba ir a Barranco, sobre todo a La Noche; allí incluso tenía su mesa. Los chicos se le acercaban espontáneamente a conversar. Eso me sorprendió porque en los años anteriores no quería conocer gente y solo toleraba estar con algunos amigos queridos. Una vez me contó que se sintió muy halagado cuando, caminando por Barranco, lo detuvo un joven con un libro suyo y le pidió que se lo autografiara. Con el tiempo se acostumbró a disfrutar de esa pequeña fama».

Julio Ramón Ribeyro, Fernando Ampuero y Antonio Cisneros.

Quien también recuerda a JRR es Jaime Campodónico, su editor en Lima. No sé si todo es casual, pero recibí una cita suya para hablar sobre JRR también a las 11 de la mañana, en su imprenta de Breña.

«El año 88 conocí a Julio Ramón, cuando Willy Niño lo llevó a Las Mesitas de Barranco. Entonces ya pensaba instalarse en Lima. Creo que lo hacía porque ya se había comprado un departamento en Barranco. Le gustaba el mar. Cuando lo conocí, al principio, era bastante callado, observador. Pero después mantuvo mucha confianza conmigo y era bastante sociable cuando lo visitábamos, muy atento. «Hablábamos no sólo de sus libros sino también de fútbol. Me dijo que era hincha de la ‘U’ y que no había vuelto al estadio desde el partido de despedida de Lolo Fernández, antes de irse a Europa. Entonces nos fuimos a ver a la ‘U’, como el año 92 o 93. Recuerdo además que en una época se le dio por ir a los casinos con Willy, y con suerte, pues ganó algo de plata».
«Otra tema del que hablábamos era la pintura. En su departamento de Barranco tenía dos cuadros pequeños de Joan Miró y de otros amigos. A pesar de su apariencia de parquedad era muy jovial, pero dentro de su grupo de amigos, formado por Willy, Fernando Ampuero, Abelardo Oquendo, Balo Sánchez León, Toño Cisneros, Moncloa, su hermano y Carlos Calderón Fajardo. Además tenía un grupo de amigas que iba a verlo».

***

La mañana en el departamento de Willy se ha detenido. Por lo menos eso me parece. Puede que sigan siendo las 11 de la mañana. La Coca Cola y el hielo no se acaban. Un JRR distinto es el que va apareciendo en lo que Niño de Guzmán me cuenta. «Una de las actividades extraliterarias que más esperaba Julio Ramón era el paseo en bicicleta de los días sábado, junto a Antonio Cisneros y Fernando Ampuero, por los malecones. Ribeyro no tenía mucha fuerza física por lo que no hacía el trayecto largo. Nosotros veníamos desde Miraflores, lo recogíamos en su departamento de Barranco y pedaleábamos por el malecón hasta llegar a la avenida Pedro de Osma. Por lo general nos deteníamos en la bodega de un vasco en esa misma avenida. Eso era lo que más le agradaba a él. En esa ‘escala técnica’ como le decíamos, el vasco nos ponía papas, jamones y una botella de jerez helado, del fino. Luego regresábamos y él ya se quedaba en su departamento».

«También le gustaba mucho estar con su familia y era muy querido por sus sobrinos y su hermano. Había adquirido la costumbre de ver, cada mes creo, una pelea internacional de box. A eso Ribeyro le llamaba ‘el rincón del box’. Veía las peleas en medio de gran camaradería con sus familiares hombres, pues él fue un gran aficionado desde joven, aunque nunca lo practicara. Entonces él y su hermano Juan Antonio preparaban el famoso cóctel llamado ‘el brevis’, que habían inventado. Lo servían en un vaso muy largo, como un florero, donde entraban todos los licores imaginables».

Julio Ramón Ribeyro

Suerte que JRR se topó en Lima con auténticos amigos. Desde que volvió en la década del noventa su vida recuperó un aire reparador. Willy así lo cree y me narra ciertos pasajes que dan cuenta de esos instantes felices, sin niebla, de puro fulgor. «Cuando volvió a Lima sintió una renovación vital, aún cuando el Perú de los noventas no era el que conoció en su juventud, pero era una realidad con la que se sentía cómodo pese a las dificultades del país en esos años. No lamentaba haber dejado París aunque su biblioteca estaba allá, así como su esposa y su hijo, aunque por entonces ya llevaban vidas separadas.

Hacia sus últimos años sintió una atracción por una mujer que derivó en un sentimiento amoroso, algo que él instintivamente rechazaba, supongo que a causa de viejos desengaños o por su carácter desconfiado. Una vez me animé a preguntarle en un momento favorable a las confidencias si es que estaba enamorado. Él dudó un poco pero finalmente me dijo: ‘Sí, pero tengo un problema’. Su voz tembló en ese momento. ‘Qué le puedo ofrecer a una chica menor que yo. A lo sumo, me dijo, a mí me quedarán unos diez años más de vida’. A pesar de su cautela, se vio arrastrado por esa pasión, con gusto».

***

Las máquinas que resuenan a la distancia en la imprenta de Breña de Campodónico son las mismas que imprimieron los libros de JRR, de Los dichos de Lúder a los diarios. Jaime debe tener un poco más de canas que entonces. Pero su memoria sigue intacta. Prosigue hablando de JRR.

«Julio Ramón se instalaba a eso de las diez de la mañana en su escritorio del segundo piso de su dúplex, a escribir. A las once de la mañana abría su botella de vino y bebía la primera copa. Muchas veces le acompañé a comprar vino y sabía de sus marcas predilectas. Incluso una vez me habló de instalar en el sótano de la casa de su hermano en Miraflores, una cava y un lugar donde enseñar cata y enología, cosas que había estudiado en Europa».

«Hizo su vida normal hasta que regresó del viaje a Nueva York que hizo con su novia Anita, de donde ya vino mal. Pasó a la clínica y de allí a Neoplásicas. Yo lo visité algunas veces. Incluso le llevé mi VHS y unos videos con los mejores goles del Mundial de fútbol más unas películas. Entonces ya se podía conversar muy poco con él; los médicos no permitían visitas largas».

Los cuatro volúmenes de «La palabra del mudo» editado por Campodónico.

Puede que ahora recién estén transcurriendo las once de la mañana. Lo noto porque la Coca Cola y el hielo van desapareciendo. Willy apura el último sorbo, el último recuerdo. Creo que por fin he conocido a JRR, aunque ya no pueda volver a darle la mano. Otra vez me habla Niño de Guzmán:
«El 94 emprende su viaje a los Estados Unidos con su novia. Hace una escala en Miami, donde se encontraba su gran amigo de la infancia, el artista Emilio Rodríguez Larraín. Luego sigue a Nueva York, donde empieza a sentirse mal, al punto que debe buscar atención médica de emergencia y regresar cuanto antes a Lima. A su vuelta, ingresó a una clínica y ya nunca más salió, salvo para ser llevado a Neoplásicas».

«Allá iba a verlo con frecuencia. El problema era que ya no quería que lo vieran porque se sentía muy mal de mostrarse en esas circunstancias. Un día me hizo llamar y al tratar de darle ánimos, él me dijo, no, yo ya estoy acabado. Y se levantó un poco la bata del hospital para mostrarme sus piernas, su cuerpo totalmente consumido. Él, que habitualmente era flaco, ahora era casi un cadáver».

«La siguiente vez que lo vi, me pidió que fuera a su casa y pusiera a buen recaudo sus diarios íntimos, él quería que los publicara Jaime Campodónico. Me dijo que ya no aguantaba más y que sabía que se iba a morir, y me quería pedir un gran favor: que quería salir del hospital y reunirse con sus mejores amigos para tomarse unos vinos, a modo de velada final. Me dijo además que me iba a dar el dinero para conseguir a una enfermera, con el fin de que cuando concluyera la velada le pusiera una sobredosis de morfina. Padecí mucho por eso, porque no sabía cómo actuar. Al cabo de tres días me avisaron que Julio había muerto».

Concluye la mañana en Miraflores. Salgo del departamento. Es notorio que ya no son las once de la mañana. La neblina se desplaza con pereza, quizá hacia Barranco. Adiós Julio Ramón, tus libros me esperan en casa.

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