La crisis del periodismo cultural

Que el periodismo está en crisis no es novedad, pero lo más preocupante es que quienes ejercen esta profesión no reparen en que están banalizando su importante rol en la sociedad y la historia.

Publicado

6 Feb, 2024

Escribe Pablo Macalupú Cumpén

Hace poco se hablaba de la crisis del periodismo musical a raíz de la reducción de Pitchfork. Y la crisis del periodismo musical no es más que la crisis del periodismo cultural en medios tradicionales (y algunos digitales), que parece ser un fenómeno mundial. Esto es algo que mis cuatro amigos que conocen un poco de mi anónimo trabajo, saben que vengo estudiando desde más o menos 2011. Tanto el periodismo musical, como el periodismo cultural, principalmente en medios tradicionales, ha dejado a un lado el análisis minucioso, la opinión crítica, la investigación, la entrevista en profundidad y ha sido reemplazada por lo efímero, lo anecdótico, por el chisme, por el «clickbait» o por el exceso de imagen frente al contenido (algo que, por ejemplo, ya ocurría –hablando del periodismo impreso local– en El Comercio. Lo cual no estaría mal si el mismo peso que se le da a la imagen también se le da al contenido escrito. Hasta donde recuerdo, hacia mitad de la década pasada, en la prensa argentina ocurría algo distinto. La Nación publicaba hermosas fotos a página completa para acompañar una entrevista que no rellenaba la página, sino que se podía extender a dos o tres páginas más en una sección cultural. No sé cómo será en la actualidad, tendría que revisar en detalle las ediciones impresas de los últimos meses).

Muchos periodistas culturales (y lo extendería a los generalistas) olvidan que sus trabajos son documentos importantes no solo para informar al ciudadano de hoy, sino como registro histórico. Desde mis investigaciones de pregrado y hasta después del posgrado -incluso durante los tiempos en que he ejercido el periodismo en importantes medios tradicionales-, he encontrado lo mismo: muchas publicaciones que son fieles copias de las «notas de prensa». Y esto, a veces, produce una cadena de errores. Si el publicista o relacionista público fue impreciso al escribir una nota de prensa, esta noticia sale impresa / publicada en un medio tal cual se envió a la sala de redacción. El detalle es que no solo aparece en un medio, sino en más de uno. Como resultado: al revisar los archivos históricos nos damos con la sorpresa no solo de encontrar la misma nota en varios medios, sino también los mismos errores. El periodismo cultural parece extinguirse porque un periodista cultural corregiría ello, buscaría un enfoque distinto, haría preguntas más inteligentes que las preguntas cliché sobre «qué expectativas ante su estreno», «¿ya probó el pisco sour?».

Hace falta periodistas inteligentes que vayan más allá del «¿Ya probó el pisco sour?».

Este problema también trae otros más graves, sobre todo cuando se vincula el ejercer del periodismo cultural con la fiscalización de instituciones públicas dedicadas a la cultura. Muchas instituciones públicas involucradas en cultura creen estar por encima del bien y del mal, y piensan que no pueden estar sometidas al escrutinio público ya que por el simple hecho de «hacer cultura» todo estará siempre bien y nada puede ser cuestionado. Pequeño gran error. A veces se percibe una dinámica peligrosa entre periodistas-instituciones-medios, una especie de cadena de favores tácita. ¿clientelismo político?

En otros casos, muchas instituciones -en especial algunas públicas- ni siquiera recurren a ello, sino que aprovechan la ignorancia y desidia de la decadente prensa cultural para pitorrearse magistralmente del comunicador y, por ende, de la audiencia, que es receptora de un mensaje, considero yo, manipulado a gusto de la fuente interesada.

Los lamentos que puede tener, entonces, la prensa cultural por falta de audiencia no son más que resultado de su autosabotaje. Un ejercicio periodístico que se limita a lo efímero, a la «agenda cultural» («los imperdibles» a cambio de entradas para las funciones y hasta firma de autógrafos, algo que se ha extendido en algunos casos a la prensa deportiva) y no a lo fundamental, a convertirse en fuente rica de contenidos para futuros investigadores, jamás trascenderá. Peor aún si además del contenido vacuo el medio tiene la osadía de cobrar una suscripción, por mínima que sea.

Escribir para el momento y no para el registro de un momento en la historia, una de las grandes falencias del periodismo actual.

De hecho, esto no ocurre solo en Lima, ni solo en Perú, hay fenómenos similares en diversos países del mundo, con matices, evidentemente, porque aún queda periodismo cultural interesante en ciertas ciudades del planeta que son como una resistencia y ejemplo para las nuevas generaciones de kamikazes que quieren dedicarse a esta especialidad. Por otro lado, aún queda esperanza en los periodistas independientes que no esperan a que un medio les abra las puertas para expresarse sino que lo hacen desde sus propios espacios. Este tema da para otra publicación, porque mantener la independencia periodística en todo el sentido de la palabra es un ejercicio extremadamente complejo.

Entonces, la crisis del periodismo musical -y por extensión del periodismo cultural-, creo yo, no es culpa de una audiencia «ignorante» que ya no quiere consumir esos contenidos. De hecho, el público no es ignorante. La gente sabe lo que quiere y si no encuentra en el periodismo cultural productos que sean realmente dignos de ser llamado periodismo cultural (investigación, entrevistas bien desarrolladas, análisis, opiniones críticas debidamente sustentadas, etcétera) abandonará al periodista y al medio. La consecuencia: crisis de audiencia. Falta de fondos. Cierre del medio.

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