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«La libreta», un cuento de Diego Nieves

Un hombre encuentra una libreta y en ella hay algo que afectará la vida de quien aceptó algo que no le pertenecía. Un cuento de Diego Nieves.

Publicado

21 Ene, 2026

Un cuento de Diego Nieves

Por aquellos días, solía caminar por el malecón de mi ciudad observando el mar todas las noches. En una de esas habituales circunstancias, un hombre de aspecto grave se me acercó y preguntó: “¿Es suya?”. Tenía una libreta verde en la mano.

Como sus palabras me cayeron de imprevisto, reaccioné un poco más agitado de lo que la pregunta merecía. Noté que al tipo no le faltaban razones para creer que dicha libreta era mía: no había nadie más por la zona. En realidad, éramos él y yo, no solo en esa cuadra, sino en todas las que nuestros ojos alcanzaban a divisar. “Qué extraño”, pensé. Era tarde, pero no tanto.

Comprendí que su mirada me exigía una respuesta. Así fue como me ocurrió eso que le ocurre a casi todo el mundo: mentir sin razón alguna. Le acepté el objeto y, de paso, le agradecí con fingido interés. “¿Dónde la encontró?, la andaba buscando”. Me señaló con el dedo una de las tantas bancas del malecón y yo me sentí algo tonto.

Perdí al sujeto de vista a los pocos segundos. Luego regresé a mi hábito de contemplación marina, observando su envidiable inmensidad desde lo alto del malecón. Al poco rato, me dio una extraña curiosidad y empecé a explorar el interior de mi nueva adquisición. Apenas tenía algunas páginas escritas. Estaban frescas y casi nuevas, como esas que dan ganas de llenar de tinta, de ideas. Aún recuerdo con claridad lo que rezaba la primera de ellas.

Jueves 15 de abril

Mi madre sigue mal. Hoy cumple ochentaicinco años. Federico me pide que la visite más. Yo no quiero verla. No merece que la vea. No deseo que se muera porque no deseo sentirme mal de desear esas cosas. Ojalá no se muera. Federico la quiere mucho.

Mañana celebrarán su cumpleaños. Federico insiste en que vaya. Lo pensaré. Me dijo tres veces su nueva dirección. Me dio risa su insistencia. Calle A.A. nro. 123. Distrito P.

Me interesó mucho ese tal Federico y aquel narrador que no quería a su madre. Se hacía tarde y empezó un frío insoportable. Me incorporé e inicié mi regreso a casa.

***

Al llegar me serví una taza de café y acomodé mi flojera en la sala. Abrí la libreta y busqué las líneas siguientes.

Era 30 de abril, es decir, quince días después de haberse escrito la primera página, la que había acabado de leer. Asumí que las fechas hacían referencia al presente año, no solo por lo bien conservado que se encontraba el forro de la libreta, sino porque me era más divertido pensarlo así. Cuando uno tiene tan poco que hacer, la imaginación se vuelve un aliado insustituible.

Noté que, a propósito, el autor usaba una hoja por día, le sobrara o no espacio para continuar en la misma hoja después. Decía así:

Sábado 17 de abril

No fui a ver a mi madre. Federico me lo reprochó. Me llamó insistentemente y no le quise contestar. Yo sabía que era él, porque nadie más me llama tantas veces. Le contesté quizás a la cuarta llamada. Me gritó y me llamó desconsiderada. Siempre me hace llorar. Prometí no volver a hablarle. Discutimos como tres minutos. Ni él me entendía ni yo lo entendía, pero era obvio que nuestras palabras solo buscaban herirnos.

Creo que iré a ver a mi madre la próxima semana.

La próxima semana. Sí, la próxima semana. Eso quería decir que tal encuentro acababa de ocurrir. Claro, suponiendo que la autora de dichas líneas se hubiese decidido. Y, por otro lado, ¡era una mujer! Supuse que era un hombre desde la primera página, pero ahora me daba cuenta de que esa suposición no estaba basada en nada.

Hojeé las siguientes páginas. Lo hice con miedo, como cuando uno revisa las últimas líneas de una novela que aún no ha leído, sin saber exactamente por qué. Recordé nuevamente que eran muy pocas las páginas escritas, y no quería terminármelas tan pronto. Me emocionaba el nudo que estaba viviendo y esperaba un desenlace. Era el único lector de ese extraño diario, de esa mujer que jamás se pensó leída. Continué:

Miércoles 21 de abril

Visité a mi madre hace dos días. El mismo lunes me aparecí por la mañana en su casa. La encontré conversando con Federico. Le daba el desayuno. Me parece imposible no sentir lástima por ella. Está muy vieja, no oye bien y ya ni tiene dientes. Me apena verla tan mal.

Federico ni me saludó con propiedad. Me hizo un gesto con la cabeza y siguió alimentándola. Me hace sentir pésimo. Como si yo fuese la que debiera estar cuidándola. No sé por qué…, si por no tener hijos o un trabajo importante. Pero todo lo que dice y hace Federico me hace sentir culpable.

Le di un beso en la frente y apenas hablé con ella. Me repetía la misma historia varias veces. Hablaba muy fuerte y lloraba de un momento a otro. Me hace mal verla. He decidido que no la volveré a ver más. Tendrá que bastar con la plata que le mando. Aún no le cuento esta decisión a Federico.

Empecé a sentir una mezcla de pena y envidia por la narradora. Cómo podía, tan a la ligera, expresarse así de su madre. Yo jamás hubiese podido escribir líneas tan desprendidas de respeto materno. Miré con miedo lo que quedaba por leer: dos páginas, es decir, dos días de recuerdos. Tomé un poco de café y continué leyendo.

Sábado 24 de abril

Me decidí por contarle a Federico mi decisión de no volver a visitar a mi madre. Como era de esperarse, no le gustó para nada. Sabía que mis palabras no le agradarían, por eso se lo dije por teléfono, para evitar cualquier arrebato. Terminé por cortar en vista de que no paraban sus reproches y gritos. Lloré mucho ese día. Sigo creyendo que fue lo mejor.

Se hacía tarde, ya eran casi las nueve. Me intrigaba la última página, pero sospechaba que, a pesar de ser la última escrita, no representaría nada concluyente, puesto que la libreta, después de todo, quedó extraviada y yo la tenía en mis manos.

Aún recuerdo las últimas palabras de aquel diario.

Viernes 30 de abril

A insistencia de Federico, he cedido en verlo y conversar por última vez del asunto. Mi madre está muy mal. Ya ni siquiera tiene sentido visitarla. Pero Federico insiste. Dice que le quedan unos pocos meses de vida, o hasta podrían ser semanas. No quiero saber más del tema. Lo veré en el malecón por la noche. Esta vez le toca a él venir a verme. Ya estoy cansada de todo esto. Necesito pensar. Siento un dolor muy fuerte en el pecho y no sé si escribir siga siendo útil. Las ideas salen, las expulso con éxito, pero a costa de un gran dolor. Hoy cierro por fin este capítulo.

Ni bien terminé de leer, cerré la libreta y cogí una casaca. Crucé el umbral de la casa a toda velocidad y corrí varias cuadras hasta llegar bastante agitado al malecón. Busqué desesperadamente a una mujer, el rostro de alguien que pudiese escribir algo como lo que leí. Debía ser un rostro duro y frío, herido por los golpes de la vida, por el dolor de una madre enferma. Dejé que mi imaginación creara ese rostro. Pero nada, no encontré rastro alguno de ella ni de nadie. Identifiqué la banca en donde se había perdido la libreta, pero estaba vacía. Caminé hasta el lugar en donde aquel hombre de aspecto grave me entregó la libreta, pero tampoco. Todo era soledad, todo era el frío de un mar oscuro y de la espesa bruma.

Caminé unas cuadras bordeando el malecón, divisando cada parte del lugar por si encontrase a alguien que me diera razón de una mujer en busca de su libreta.

No fue sino hasta que llegué al final del camino, en donde el malecón choca con un desvío intransitable, que quedé pasmado por la presencia de dos personas a pocos metros de mí. El llanto de ambos, sumado a la neblina, les impedía notar mi presencia. Pero yo los observé siendo completamente vulnerables, abrazándose con tal afecto que por unos instantes me sentí miserable.

Caminé lentamente por la vereda y pude reconocer a aquel señor de aspecto grave, el que me había dado la libreta. Abrazaba a una mujer sumamente frágil. La neblina y la oscuridad, aunados a la iluminación de unos pocos postes de luz, creaban un ambiente lejano. Me pregunté si ese malecón, precisamente ese, era el que yo recorría a diario. Si acaso era posible disfrutar de un lugar tan triste.

La mujer, cubierta de un largo abrigo y unas botas negras, apenas dejaba ver su rostro. Lloraba con fuerza, pero no era una fuerza desgarradora. Era un llanto de redención, de perdón; lágrimas de una reconciliación que hoy por hoy quizá me resulte absurdo dar por real, puesto que jamás tuve la certeza de lo que sentían esas personas. Pero puedo asegurar que cosas como esas solo se comprenden con los ojos. O quizá hay cosas que solo se transmiten con la fuerza de un llanto.

Tomé una lenta caminata de regreso a casa. Bordeé el malecón perdiéndome en esa penumbra de molles y aires blancos, de mirlos y mares tristes. Y con la misma convicción con la que le acepté la libreta, con esa misma convicción la arrojé al mar, perdiéndola de vista en la profundidad del acantilado.

Esa noche llamé a mi madre.

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