Escribe Karina Miñano
Creo que estoy llegando a un punto en mi vida donde reflexiono sobre cada acontecimiento, pequeño o grande, que me sucede. Y me doy cuenta de que desde hace un tiempo me detengo en la poesía creada en la madurez de los poetas. No me refiero solo a la edad, sino a aquella madurez que surge de la constante introspección y reflexión. Esa poesía que aparece cuando la experiencia nos sacude y nos deja pensando, una y otra vez en el mismo verso, en la misma historia.
Para muchas personas, leer poesía suele ser un acto rápido. Un verso nos conmueve, una imagen nos sacude y luego continuamos por la vida. Sin embargo, existe una poesía que no se entrega en la primera lectura. Que a mí me invita a volver. A mirar otra vez. A practicar eso que podríamos llamar la segunda mirada.
La poesía reflexiva frena el tiempo, no provoca impacto inmediato, tampoco quiere el aplauso fácil, ni deslumbra, ni satura de emoción. Puede incluso confundir, lo que obliga al lector a quedarse un poco más en ella. Y en ese quedarse, empezar a pensar desde una experiencia más profunda y silenciosa. Esto me lleva a creer que la introspección no se termina cuando se cierra el libro. Empieza, muchas veces, después.
Del yo al ser
Como lectores de poesía, notamos que el pensamiento profundo surge con la madurez de los años y la experiencia poética, donde a menudo esta última es consecuencia de la primera. No es una regla, pero sí como una constante. El tiempo (ese editor implacable) nos enseña a podar el lenguaje, a quitar lo superfluo, a afinar la voz. A eliminar el exceso de adjetivos, la urgencia de decirlo todo, el yo desbordado. Y a ceder espacio a una palabra más precisa, más honesta.
En esta etapa, el poeta deja de hablar solo de sí mismo para interrogar algo más amplio: el ser, el tiempo, la pérdida, la identidad. El poema, entonces, busca preguntar más allá de la simple afirmación, aunque no siempre haya respuesta. Estamos frente a una poesía convertida en espejo.
Matar una versión de uno mismo
En Lagar, la maestra chilena Gabriela Mistral desarrolla una de las reflexiones más radicales sobre la identidad. En el poema La otra, escrito en la madurez de su vida, leemos:
Una en mí maté:
yo no la amaba.
[…]
La dejé que muriese,
robándole mi entraña.
La imagen es dura, casi violenta. Y, sin embargo, profundamente lúcida. La poeta nos dice que crecer implica perder versiones anteriores de nosotros mismos. Que la transformación no es un tránsito suave, sino una ruptura, a veces, necesaria. Aquí la poesía reflexiva nos llama a aceptar que no somos los mismos, y que aferrarse a lo que fuimos puede impedirnos ser.

La ironía como forma de lucidez
La reflexión también puede venir acompañada de ironía. En la obra de la polaca Wisława Szymborska, lo cotidiano se convierte en una trampa sutil que nos obliga a pensar. En Elogio de la mala opinión sobre uno mismo, escribe:
No hay nada más animal
que una conciencia limpia
en el tercer planeta del Sol.
Estos versos desconciertan. Sonreímos; no obstante, algo se mueve por dentro. Szymborska cuestiona la idea de virtud, de pureza, de superioridad moral. Nos recuerda que la duda, la incomodidad, incluso el remordimiento, son signos de conciencia.
La segunda mirada aquí no es solemne: es irónica, aguda, intensamente humana.
El balance de una vida
En la poesía de la peruana Blanca Varela, la reflexión aparece como un balance. No hay exaltación ni lamento: hay revisión. En su poema Currículum vitae, Varela mira su propia vida con una lucidez casi incómoda. El título, tomado del lenguaje de oficina, ya nos da una pista: enumerar lo vivido.
El poema avanza como quien pasa lista a las cosas esenciales y descubre que casi nada cabe allí. No vemos un relato triunfal. Hay conciencia del tiempo, del cuerpo, de lo que se hizo y de lo que no. En Varela, la madurez es una forma más nítida de mirar las preguntas.
Aquí la poesía reflexiva busca profundidad mediante el despojamiento radical, con un lenguaje delgado porque ya no necesita probar nada. Por lo tanto, el yo poético se expone y, con ello, el poema se convierte en un espejo para el lector, que reconoce en esa revisión una forma propia de estar en el mundo.
Leer Currículum vitae es aceptar que la segunda mirada no embellece el pasado sino que lo pone en su justa medida.
Aceptar lo que no fue
Volvamos a una de mis poetas favoritas: Idea Vilariño. Su poesía es una lección de honestidad. Su escritura se instala en la orilla y ella la mira de frente. En Ya no, del poemario No (1957), escrito en su madurez emocional temprana tras una década y media de introspección poética, escribe:
No volveré a saber
por qué ni cómo nunca
ni si era verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti…
Aquí la reflexión se centra en la aceptación y no en el lamento. La madurez emocional aparece como la capacidad de convivir con las preguntas sin respuesta. Vilariño nos enfrenta a una verdad incómoda: no todo se cierra, no todo se entiende, no todo vuelve. La segunda mirada, en este caso, desnuda sin consolarnos.

El tiempo como pregunta
En la poesía de Antonio Machado, la reflexión se presenta como camino. Sus versos parecen sencillos, pero no lo son. En el célebre: Caminante, no hay camino, se hace camino al andar, Machado nos ofrece una invitación a pensar el tiempo como proceso, más allá del destino.
Por su parte, Jorge Luis Borges lleva esa reflexión a un territorio más inquietante. En Ajedrez, se pregunta:
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza…?
Hay que leerlo dos veces porque Borges no responde. Abre un abismo. La reflexión, en su caso, no tranquiliza; nos descoloca, devolviéndonos el asombro.
Habitar el poema
La poesía reflexiva exige un lector cómplice. No uno que busque explicaciones inmediatas, sino alguien dispuesto a quedarse. A releer. A aceptar la incomodidad, porque la segunda mirada es, sin dudar, una forma de diálogo.
Y eso es casi un lujo en este mundo que nos empuja a la velocidad y al consumo rápido. Leer poesía de este tipo es un gesto casi subversivo. No se trata de entenderlo todo, sino de sentir que algo nos sigue pensando incluso después de cerrar el libro. Tal vez ahí resida su mayor fuerza: en recordarnos que la poesía no está hecha solo para ser leída, sino para ser habitada.
