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«Mendel, el de los libros», de Stefan Zweig

Stefan Zweig nos obliga a meditar sobre el sentido y fugacidad de nuestra existencia: “¿Para qué vivimos, si el viento tras nuestros zapatos ya se está llevando sus huellas?”.

Publicado

20 Mar, 2024

Escribe Erik Díaz Sandoval

De manera magistral, Stefan Zweig en esta brevísima novela escrita en 1929 nos lleva a reflexionar sobre las consecuencias nefastas de la guerra, la memoria y el olvido, la compasión, la fugacidad de la vida, los efectos deshumanizantes de la modernidad, nuestra manera estar en el mundo y relacionarnos con nuestros semejantes, entre otros temas vitales, evidenciándonos que nos encontramos indiscutiblemente ante uno de los baluartes del humanismo del siglo XX no solo por su crítica a lo absurdo de la guerra y de sus consecuencias sino por su búsqueda de rescatar lo más valioso y noble que puede haber en los seres humanos.

Mendel era un hombre avocado al oficio de vender libros sentado día y noche en el café Gluck, al que acudían todos aquellos que no podían encontrar algún libro y Mendel era el único que podía ayudar a encontrarlo, al poseer una memoria prodigiosa circunscrita específicamente a los catálogos de los libros: “Él lo sabe y lo consigue todo. Él te trae el libro más singular del más olvidado de los anticuarios alemanes. Es el hombre más capaz en toda Viena y además auténtico, un ejemplar de una raza en extinción, un saurio antediluviano de los libros”.

Mendel no ejercía su oficio por el dinero ni como un mero negocio o intercambio; lo que verdaderamente le motivaba era poder darle a quienes lo buscaban un dato que no hubiera podido encontrar, por más que haya buscado en cientos de lugares, y el prestigio del que gozaba entre los expertos en libros. Sin embargo, este don único e irrepetible lo alejaba de cualquier otro tema y hacía que viviera totalmente desconectado del mundo: “Dios mío, pobre hombre, fuera de sus libros nada le alegraba ni le preocupaba”.

Stefan Zweig, un clásico universal.

Consecuencia de su ignorancia de todo lo que sucedía a su alrededor, Mendel es víctima inocente y absurda de la Primera Guerra Mundial y trasladado a un campo de concentración, en el que permanece dos años, y de cuyos horrores ya nunca puede recuperarse y deja de ser la gloria del café Gluck para convertirse, a ojos del nuevo propietario que se encargó de modernizar y engalanar dicho café y de su nuevo personal, en un ser inútil e incómodo, quien producto de su deterioro físico y mental fue quedándose sin clientes que lo buscaran y es posteriormente arrojado a la calle, cruelmente humillado: “Mendel ya no era Mendel, como el mundo no era ya el mundo”.

Los más de treinta años que Mendel permaneció día y noche en el café Gluck fueron arrasados por el olvido y luego de su muerte solo la anciana que continuaba haciendo la limpieza en dicho café lo recuerda, compadece y conserva uno de sus libros. Con ello, Zweig nos hace meditar indefectiblemente sobre el sentido y fugacidad de nuestra existencia: “¿Para qué vivimos, si el viento tras nuestros zapatos ya se está llevando sus huellas?”.

Stefan Zweig finaliza esta tan triste como bella novela con la siguiente autoexhortación del narrador de la historia de Mendel, que me estremece como lector: “Yo, en cambio, me había olvidado de Mendel, el de los libros, durante años. Precisamente yo, que debía saber que los libros se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido”.

Erik Díaz Sandoval es abogado de la PUCP. Comparte su tiempo entre el ejercicio del Derecho y la lectura.

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