Escribe Antonio Coello Rodríguez
«Hay cuatro silos debajo de la Plazuela de San Francisco pegados al cementerio donde todo el año, cuando hacen la limpia de las bóvedas, arrojan los cadáveres».
Archivo Histórico Instituto Riva Agüero – PUC
Hablar del conjunto basilical de San Francisco y por consiguiente de sus catacumbas es repetir cuentos de misterio y leyendas urbanas que no tienen asidero científico y menos aún se apoyan ni utilizan fuentes históricas fidedignas. ¿Cuál es la definición exacta de catacumba y a qué se refieren, según la RAE? Son “galerías subterráneas que sirvieron a los primitivos cristianos en Roma para enterrar a sus muertos y realizar ritos”. Así que, si nos ceñmos a esta definición, no serian catacumbas propiamente dichas; empero como las instalaciones limeñas sirvieron para enterrar igualmente a los primeros habitantes de la Lima hispana, de allí se amplió el concepto. Sin embargo, nosotros creemos que se deberían designar como “bóvedas sepulcrales” pues los recintos y galerías son estructuras de planta rectangular o cuadrada con techos abovedados, mientras que en la parte de los pisos se abren fosas de tamaño rectangular en donde se depositan los cuerpos a manera de capas (uno encima de otro), sin distinguir sexo u edad, aquí se les enterraba con su mortaja simple de lino o bayeta, mientras que la mayoría era enterrada con el hábito franciscano y otros tantos con el carmelita.
Por otro lado, existían bóvedas sepulcrales privadas, que eran entregadas a familias pudientes y en otros casos para cofradías, las cuales permanecían en poder de ellos por un determinado tiempo a cambio de una contribución económica.

Todas las criptas funerarias no fueron construidas al mismo tiempo, pues conforme se fue edificando se le fue dotando de ambientes sepulcrales; sin embargo, ante los constantes terremotos —como el de 1556— gran parte de la iglesia se cayó, ante lo cual muchas bóvedas de enterramiento fueron tapiadas o bloqueadas. Se sabe que para 1656 se abrieron criptas funerarias debajo del actual presbiterio de la iglesia mayor. Posteriormente, a partir de la segunda mitad del siglo XVII se empezaron a levantar nuevas bóvedas sepulcrales debajo de la iglesia, pero todas ellas independientes entre sí y con entradas directas desde su propia capilla (San Cristóbal, 2006).
Conforme crecía Lima aumentaban también sus entierros, para lo cual fueron apareciendo otros lugares de enterramiento, como los atrios de Nuestra Señora de la Soledad y de la Capilla El Milagro, pese a existir otras iglesias en donde también se enterraban, sabemos que la predilección por reposar eternamente en San Francisco fue muy grande, razón por la cual las áreas mortuorias siempre estaba en constante crecimiento. Posteriormente, para el siglo XVIII, se empiezan a construir bóvedas sepulcrales debajo de la nave principal de la iglesia; sin embargo, al llegar el terremoto de 1746, San Cristóbal nos dice que muchas de esas se quedaron enterradas y otras fueron clausuradas, lo que cambió desde entonces toda la fisonomía de lo que vemos en la actualidad
Las catacumbas solamente son una parte del gran camposanto que tenía San Francisco, pues también tenía un cementerio, el cual a la fecha aún no se sabe dónde estuvo ubicado, tenemos una ligera descripción sobre el mismo y se nos dice que estaba “…en la punta del convento, que mira a norte y oriente. El piso mide 49 varas de longitud de oriente a poniente y 30 varas de latitud norte a sur. Tiene por entrada un pórtico y existe una galería que divide en dos al panteón, posteriormente se le edificara una capilla«. (Cf Unanue 1803). Este cementerio albergaría no solo a sacerdotes sino también “familias distinguidas, benefactores, párvulos y pueblo en general”.

Recordemos que en 1808 se prohíben —por orden del mismo virrey—, los entierros en iglesias y conventos, pues ese mismo año se crea el Cementerio General de Lima, conocido hoy como Cementerio Matías Maestro. Esta disposición, junto a otras, formó parte de las “Reformas Borbónicas” que se preocuparon por proveer a Lima de ambientes saludables e higiénicos, razón por la cual se creará un cementerio civil para Lima, así como barrios o cuarteles; para tener aires puros que funcionen además como zonas de esparcimiento, se mandarán construir alamedas, (Ramón, 2004).
Sin embargo, la población limeña no vio con buenos ojos la creación de un cementerio civil y, más aún, que el mismo no forme parte de ninguna iglesia y/o convento, razón por la cual algunos entierros se siguieron realizando de forma clandestina en diversas iglesias limeñas. Estas prácticas fueron desarrolladas por los sectores pudientes de aquella sociedad.
Otra pregunta que hoy se hacen muchos visitantes de las catacumbas es sobre el gran pozo central, el cual fue creado para ser un osario —o quizá fue un pozo antisísmico que posteriormente se llenó con huesos para efectos museables—. Al respecto respondemos con una investigación efectuada por el historiador Huertas (1983) quien nos dice al respecto que “…el gran osario central se hizo, entre otras cosas, para poner las osamentas de las criptas afectadas por la excavación«. Indudablemente que con la nueva gran bóveda central se reorganizó el sistema de enterramientos.
Al respecto debemos indicar que aún están en debate el uso y finalidad de estos pozos u hoyos ubicados en sótanos de diversas iglesias, pero a manera de adelanto debemos indicar que estos se hallan presentes en la Catedral de Lima (Greenwich 2014), la Iglesia de Nuestra Señora de los Huérfanos (Coello y Chuhue 2009), así como en el mismo San Francisco (Coello, en prensa).

Sin embargo y pese a la prohibición, se siguieron desarrollando algunos entierros de manera clandestina. Podemos citar como muestra un documento obtenido en el mismo Archivo de San Francisco, para 1852, en donde se realiza un entierro clandestino y la autoridad de aquel entonces “Bartolome Herrera, hace saber al capellán para que se tome las medidas necesarias a fin de impedir, que continúen practicando entierros clandestinos” (Cf Archivo Histórico del Convento de San Francisco). Años más tarde apareció en el diario El Nacional, de 1866, una noticia dando cuenta del entierro de una mujer en la parroquia de Santa Ana.
Pese a haberse prohibido los entierros, creemos que estos se practicaron a escondidas de las autoridades pues aún mucha gente creía que, al estar enterrado en una iglesia, se tenía más rapidez en el contacto con Dios. Luego de permanecer cerradas las catacumbas, éstas volverán a abrirse a mediados de la década de 1950 y lo que se halló fue algo diferente a lo que visitamos hoy en día, en algunos casos se hizo una intervención posterior. Ya en siglo XXI, los hermanos franciscanos se han preocupado por seguir investigando y poniendo en valor su rico patrimonio religioso, por tal razón se han ejecutado proyectos de investigación.

Hoy se sabe, por ejemplo, que como parte del ajuar funerario se les colocaba entre las manos pequeñas cruces de madera; en cuanto a su vestimenta, usualmente se les colocaba los hábitos franciscanos y carmelita, muy poco se usaba el entierro con cajones; también sabemos que entre las muestras existe material óseo contemporáneo, pues durante algún tiempo los estudiantes de medicina —luego de graduarse—, los entregaban para el descanso eterno; esto lo sabemos porque algunos cráneos muestran cortes post morten,

Luego de un tiempo, al estar descompuestos los cuerpos, se les cubría con cal, esto para evitar malos olores y proliferación de epidemias; en otros casos se retiraban los cuerpos y adosaban en grandes recintos de planta rectangular para permitir que en otras zonas continúen los entierros. En la actualidad el Museo Franciscano está elaborando un nuevo guion museográfico que mostrará un guion didáctico y con datos de recientes investigaciones, a la vez se está desarrollando un plano de la zona de las catacumbas; asimismo se realizará el estudio osteológico de una muestra considerable para poder entender las enfermedades y causas de muerte de aquellos antiguos limeños. Tras siglos de silencio bajo tierra, los huesos de los muertos empezarán a hablar.
