Expectativas Escribe Guillermo Schavelzon
Expectativas reales e ilusiones frustrantes
El mayor deseo de los escritores mexicanos es publicar en Estados Unidos, así como el de los argentinos es publicar en Francia. En España, cuando un escritor tiene mucho éxito, quiere tenerlo también en Latinoamérica, algo difícil de conseguir, aunque su propia editorial sea muy fuerte allí. Decía “el señor Lara”, el fundador de Planeta, que esa era una demanda permanente de sus grandes best sellers españoles, cuyas novelas eran ilegibles en otros países. No es un problema de distribución, cuesta aceptar que los castellanos son diferentes, aunque no se trate de un problema de léxico, sino de singularidad cultural. Cada país tiene un espejo, que obedece a una larga historia.
Con los escritores estadounidenses sucede algo diferente: solo les importa su país, no miran hacia afuera, quieren el reconocimiento local, algo que, además, es muy rentable. En ningún otro país un escritor puede ganar tanto dinero como allí cuando entran en las listas de los más vendidos.
Estados Unidos y el Reino Unido exportan ampliamente su producción literaria a todos los países del mundo, pero son los menos abiertos a la producción extranjera: el 85 % de los best sellers internacionales son traducidos del inglés. En cambio, de los 300.000 libros al año que se publican en Estados Unidos, solo 900 (el 3 %) son traducciones.
¿Por qué la traducción fluye de Norte a Sur y muy raramente en sentido contrario? Lo explica muy bien Pascal Casanovas en La República de las Letras: es la fuerza del imperio (así se decía en el siglo veinte) de un hemisferio sobre el otro. En Latinoamérica sucede algo peor: en México no se consiguen libros de autores argentinos, y viceversa. La circulación de libros entre países de Latinoamérica prácticamente desapareció desde que las grandes editoriales locales fueron compradas por grupos multinacionales. Se centralizaron las decisiones y las estrategias en la casa matriz, y se modificó la ruta de circulación de los libros. Por eso al publicar en España, los libros llegan a otros países de Latinoamérica.
Las tecnologías digitales de bajo tiraje arroja una esperanza nueva que están aprovechando las editoriales pequeñas, para cuya economía vender 200 ejemplares en otros países justifica el trabajo.

Traducciones
La mayoría de los libros “no viajan bien” como se dice en la jerga editorial. El 90 % de los escritores latinoamericanos no logra publicar fuera de su país, y eso les hace sufrir, porque piensan que la traducción y edición en el exterior los legitima, algo que no es así, como tampoco es cierta la idea de que publicar en España “abre el camino de entrada a Europa”. Solo los escritores de “pequeñas lenguas casi inexistentes” (Pascal Casanova) necesitan, para existir, convertirse en autores traducidos. Para ellos sí es la única forma de legitimación literaria.
Las editoriales clasifican las novelas en literarias o comerciales, una manera de diferenciar la literatura más culta de la más popular. Las comerciales tienen una circulación internacional planificada bien gestionada por las grandes editoriales y las agencias literarias de Nueva York. Los contratos de traducción fluyen en todos los idiomas. No es internacionalismo literario, sino una mundialización comercial.
Las novelas literarias tienen un camino mucho más difícil. Cuando alguna se publica en otro idioma, por lo general se debe al entusiasmo de los traductores, que actúan como prescriptores de pequeñas editoriales independientes, que solo contratan el libro cuando existe algún apoyo económico para la traducción del país del autor. Con eso ya pueden publicar, siempre en bajos tirajes, con rentabilidades moderadas.
España y casi todos los países latinoamericanos tienen estos programas de apoyo a la traducción de sus escritores, algo estratégico dentro de su política exterior. Solo los países muy pequeños no lo tienen, con dos excepciones: Uruguay, un país de 3 millones de habitantes que tiene un programa así, y Argentina, donde el actual gobierno lo canceló con la excusa de reducir gastos, pese a lo ínfimo de su presupuesto y al éxito de los resultados: 1.800 libros de autores argentinos publicados en otros idiomas.
Ser traducido del castellano a otros idiomas y publicado no es fácil. Hay escritores que creen que ayuda el escenario (“mi novela transcurre en París, le va a interesar a los franceses”), o la nacionalidad del personaje (“mi protagonista es de Nueva York, le va a gustar a los estadounidenses”), cuando en realidad las dos cosas son una dificultad.
El padecimiento
Los escritores, incluyendo aquellos que dicen “me lo he pasado muy bien escribiendo esta novela”, ocultan el sufrimiento. Lo digo por experiencia, trabajando con escritores aprendí que, los que dicen que se lo pasaron bien, ocultan la verdad. Esto me recuerda a Domingo Villar, un magnífico escritor gallego, que sufría durante diez años para terminar una novela. Tenía mucho éxito en España, pero no podía disfrutarlo porque no le iba bien en el exterior.
Los escritores saben poco de estas cosas (lo que no me parece mal), aunque sufran a causa de ellas. Ocultar este sentimiento a sus lectores y seguidores es algo que nunca entendí. Un escritor que lo reconoce, me parece mucho más verosímil y empático para sus lectores.
¿Cómo no va a sufrir quien dedicó dos o tres años, a veces muchos más, a escribir una novela sin que nadie le pague por hacerlo, y sin siquiera saber si alguna vez cobrará algo por el trabajo realizado?

El éxito
El éxito, cuando llega o se logra, trae nuevas exigencias, como comenta David Uclés, un joven autor español que, luego de muchos rechazos, logró publicar una novela de 700 páginas en la que trabajó quince años. En pocos meses lleva 22 ediciones y más de 250.000 ejemplares, tiene propuestas de la televisión, podcast. y “una presentación diaria en cada pueblo de España”. El éxito es tan agotador, dice, que le impide dormir, ha perdido 12 kilos (ya era delgado) y “me ha llevado a consultar al psiquiatra, a tomar antidepresivos y ansiolíticos antes de cada presentación”. (El País, 18 de octubre 2025).
El trabajo de promoción, que no tiene nada que ver con el de escribir, se ha convertido en una nueva tarea del autor, una demanda creciente que a muchos les cuesta cumplir. Aunque el trabajo de vender le corresponde a la editorial, ahora está sobre las espaldas del autor, y a veces el compromiso de hacerlo se incluye en los contratos de edición. “He tardado 20 años en escribir, y ahora me piden que hable” dijo con ironía Adolfo Bioy Casares.
En realidad, los escritores no sufren por escribir, sino por todo lo que sucede alrededor: sacrificios económicos, sociales, familiares, escribir por las noches, en los fines de semana, en las vacaciones. Los escritores escriben todo el tiempo, y eso no es una compulsión ni una adicción, es la esencia misma de la creación.
Cuando terminan una obra -de ficción o no- sufren para encontrar editorial, y cuando lo consiguen, sufren por tener que trabajar en la promoción, y luego por los desacuerdos -que nunca esperaron tener- con la editorial.
Volviendo a David Uclés, el gran éxito produce sufrimiento: “para escribir la novela recorrí 20.000 kilómetros para conocer todos los pueblos de España, pero ahora, para promoverla (van 300 presentaciones) ya he recorrido 50.000”.
El trabajo de promoción -que no se paga- es pesado, agotador, y a veces desagradable. Cuando llega el momento de hacerlo, ya pasó mucho tiempo desde que el autor terminó ese libro, y está inmerso en otro proyecto cuya escritura debe interrumpir. “… durante los viajes laborales se llega a la noche en estado de agotamiento terminal”, dice Leila Guerriero en el blog 7párrafos
Al final, los escritores que quieren vivir de su trabajo (una reivindicación elemental), necesitan plegarse a un conjunto de normas que no son estéticas ni literarias.

El best seller no es previsible
Con los autores exitosos siempre suceden cosas extrañas, difíciles de tipificar. Paul Auster, que para nosotros es un modelo de escritor estadounidense, en su país lo consideran “demasiado europeo”. En España y Latinoamérica tiene mucho más éxito y valoración que en su propio país. La argentina Mariana Enríquez, sin haberlo planeado, es hoy una de las escritoras latinoamericanas más traducida y exitosa en todo el mundo. Demoró 25 años en llegar a serlo.
Que David Uclés diga que ha tenido muchísimos rechazos antes de conseguir editorial es muy comprensible. Cualquier gran editorial comercial hubiera dicho (seguramente ha sido así) que ni las novelas de Mariana Enríquez ni la de David Uclés eran comerciales, lo que confirma mi idea de qué error es reemplazar el olfato del editor por la información algorítmica y la Inteligencia Artificial. De hecho, en Siruela (editorial de Uclés) y en Anagrama (editorial de Enríquez), las decisiones las toma la editora o el editor.
Aunque sin duda no es lo mismo tener éxito o no, tenerlo conlleva un elevado costo. Que Mariana Enríquez se haya ido a vivir a la isla australiana de Tasmania, y David Uclés anuncie que, ahora que tiene dinero, se irá a vivir a un pueblo de manera anónima, algo quiere decir.
¿Por qué suceden estas cosas? ¿Qué determina la traducción o el éxito de un libro? Sigue siendo algo difícil de entender, son cosas que suceden, no que se consiguen, aunque nos digan que con el algoritmo y la Inteligencia Artificial se pueda lograr. Al final, resulta que los lectores no son tan previsibles ni tan manipulables, y ningún especialista en marketing logra saber lo que querrán leer.
Conclusión:
Durante siglos el principal motivo de sufrimiento de los escritores fue la angustia por la página en blanco, no por cuestiones de mercado. Hay un cambio muy grande que se acrecienta en este siglo. Responde a nuevos criterios de éxito (que solo se mide en ventas) y a las nuevas exigencias generadas por las redes sociales.
“Un gran éxito en un pequeño teatro es mejor que un pequeño éxito en un gran teatro”
(Eugène Ionesco)
