Escribe Diego Nieves
En el epílogo de su última novela publicada, La ciudad y sus muros inciertos (Tusquets, 2024), Haruki Murakami cita a Borges:
«Jorge Luis Borges dijo que todo escritor escribe fundamentalmente sobre lo mismo a lo largo de su vida, y yo añado que lo hace con todos los medios a su alcance para insuflarse nuevas y diferentes formas y apariencias a ese repertorio limitado de motivos de que dispone».
Es cierto que Murakami es, quizá, de esos autores en los que, de forma más marcada, podemos notar la repetición de elementos. Pienso que esto no tiene nada de malo en sí mismo. Es decir, hablar del amor, la muerte o la soledad y repetir dichos temas a lo largo de toda una obra no es algo negativo. Creo que es, de hecho, inevitable. No solo por las experiencias de vida de quien escribe, sino, además, porque enrumbarse en horas, meses y años de escritura debe merecer, cuando menos, una gran motivación, un gran tema que supla todo el tiempo dedicado a la literatura. Hablo de ese tema que mueve los deseos del escritor, que lo lleva a dedicarle sus mayores esfuerzos, puesto que ve en él ya sea una extraña fascinación (temas como el miedo a la muerte, la soledad, etc.), una injusticia cruel (como las dictaduras en Latinoamérica) o la necesidad de que cobren protagonismo en la consciencia de su país (problemas sociales).

Volviendo a Murakami, he leído muchas de sus novelas y si bien no soy nadie para determinar cuál es ese gran tema al que el escritor japonés apela en la mayoría de sus obras, pienso que puedo dar luces al respecto.
Haruki Murakami publica su primera novela, Escucha la canción del viento, a los treinta años, específicamente en 1979. No fue sino hasta 2002, con la publicación de Kafka en la orilla, novela que, por cierto, se considera su gran obra maestra, que prescinde parcialmente de la primera persona del singular masculino. Aquí vemos un patrón: todas las obras de ficción de Murakami previas al 2002 habían sido narradas únicamente desde la perspectiva de uno o más narradores en primera persona que formaban parte de la historia, todos ellos masculinos.
Otro dato importante es el uso del protagonista. Ejemplos sobran. En Tokio Blues, su obra más vendida, en Al sur de la frontera, al oeste del Sol, en Kafka en la orilla y hasta en su última novela, La ciudad y sus muros inciertos, Murakami hace uso de narradores masculinos que comparten ciertas características: tienen o han tenido un amor frustrado con una mujer de su pasado; son seres solitarios, de pocas palabras; tienen predilección por el deporte; son hombres jóvenes, a los que por lo general se les introduce desde la etapa escolar hasta las postrimerías de su época universitaria. Muchos de ellos o viven solos o escapan de casa.

La música, además, es fundamental en la obra del japonés: la música clásica, el jazz y los éxitos pop que sonaron con fuerza en las décadas del sesenta, setenta y ochenta, son mencionados a lo largo de muchas de sus novelas. Hay, además, un elemento muy recurrente: la biblioteca. Muchos de sus personajes trabajan o concurren bibliotecas de forma regular. Además, muchas mujeres que tienen papeles importantes en la historia de la obra desaparecen sin más.
Para concluir, en las obras de Murakami, algunos elementos como las sombras humanas y los gatos cobran una fuerte importancia. Existen, además, otros universos o mundos en los que por un período de tiempo algunos personajes son capaces de ingresar, y estos mundos son ignorados por la vasta mayoría de los personajes secundarios. Quizá esta es una de las principales razones por las que la obra de Murakami es considerada surrealista, puesto que hay una constante exploración de lo onírico, lo aparentemente ilógico y los sueños. De hecho, en La ciudad y sus muros inciertos, los narradores hablan de García Márquez y su realismo mágico, corriente distinta al surrealismo. El protagonista de la novela encuentra a su compañera leyendo a Gabo, en específico, leyendo El amor en los tiempos del cólera, y discuten sobre el universo de la ficción del colombiano.

En fin, a lo largo de estas líneas me he limitado a hablar de la forma y no del fondo, como se puede ver. Me parece que el tema recurrente en la literatura de Murakami no se ciñe a jóvenes solitarios, jazz, gatos que pueden hablar, mujeres que se esfuman como si nada o sombras humanas. Es mucho más que eso, por supuesto. O, mejor dicho, esos elementos son el soporte para explicar su gran tema.
Si hablamos del fondo de su obra, puedo decir que muchas de sus novelas están cargadas de reflexiones filosóficas, de un quiebre con la rutina y de una madurez en el protagonista. Su reiteración en este cúmulo de elementos, al menos a mi modo de ver, no deja de hacer interesantes sus publicaciones. La forma en la que aborda la soledad y el crecimiento de sus personajes nos muestra que hay un mundo interno, uno tanto o más importante que el mundo que compartimos en común —el externo—, esa aparente realidad. Pero en este otro mundo, el interno, muchos de los hombres y mujeres que forman parte de él discurren y lo viven como si de la realidad más común se tratase.

Así experimentamos a Murakami, con este tipo de temas y, por supuesto, con finales abiertos y personajes que se esfuman intempestivamente. ¿Por qué? Quizá porque es una manera de hacernos entender la realidad onírica y surreal que él concibe. De alguna forma, nosotros también entramos a ese mundo y nos vemos inmersos en cientos de páginas que exploran la fantasía-realidad.
No tengo forma de definir en pocas palabras ese gran tema de Murakami, ni creo que alguien pueda hacerlo. Felizmente, leerlo me basta.
