Escribe Pedro Medina León
Queen dio 704 conciertos durante sus dieciséis años de trayectoria. Ese camino, como en cualquier banda que empieza desde cero, se construyó paso a paso: el álbum Queen I les abrió las puertas en el Reino Unido y el Queen II los empujó al primer plano. La ambición inmediata era conquistar Estados Unidos, y la fórmula para lograrlo ya estaba en marcha. “Killer Queen” sonaba en las radios con fuerza, y “Now I’m Here” terminó de encantar al público. Ambas piezas integraban Sheer Heart Attack, el disco que los llevaría por Boston, Cincinnati, Cleveland, Nueva York, Miami y una larga lista de ciudades.
La presentación en Miami estaba prevista para el 15 de mayo de 1975. El clima tropical, sin embargo, se empeñó en arruinarla: una tormenta inundó la ciudad y obligó a suspenderla. La gira continuaba por Japón y no había margen para reprogramaciones, pero perder esta fecha era impensable. Era el único show al aire libre en Estados Unidos, en un lugar que parecía sacado de un sueño para una banda acostumbrada al gris del Reino Unido: el Miami Marine Stadium, un recinto con escenario flotante sobre la bahía de Biscayne. La banda logró reagendarlo dos días después y el concierto se convirtió en un éxito absoluto. Freddie Mercury, aún en sus albores, vestido de blanco y con el cabello largo, desbordó talento ante un público que vibraba no solo desde las gradas, sino también en lanchas y surfboards apostadas frente al escenario.

El Miami Marine Stadium llevaba poco más de una década construido. Había abierto en diciembre de 1963, en Virginia Key, como parte de un proyecto que pretendía inaugurar el primer circuito de carreras de lanchas del país. Eran años en que ese deporte vivía un boom extraordinario, y Miami quería ocupar el centro de la foto. Además de las competiciones náuticas, el estadio serviría para conciertos y todo tipo de espectáculos.
Para el diseño, la ciudad contrató a la firma Pancoast, Ferendino and Burnham. El encargo recayó en Hilario Candela, un joven arquitecto cubano de 27 años. Pese a su corta edad, llegaba con un recorrido notable, había trabajado en La Habana para una de las firmas responsables del mítico cabaret Tropicana y, ya en Miami, participó en la construcción de los primeros edificios del Miami Dade College. La administración municipal buscaba un proyecto sencillo y económico, pero Candela propuso una estructura desde una estética muy refinada: un estadio para siete mil espectadores frente al mar, de concreto, con un escenario flotante. Tras largas negociaciones —y el temor de que la obra superara el millón de dólares asignado— se llegó a un acuerdo. La construcción tomó seis meses y cumplió el presupuesto.
El estadio vivió quince años de esplendor. Desde sus gradas se presenciaron peleas de box, grandes conciertos, el rodaje de Clambake con Elvis Presley y actos políticos como la campaña de Richard Nixon. Pero a inicios de los ochenta empezó su declive. Nuevos recintos como el James L. Knight Center y el Miami Arena fueron desplazándolo, y el huracán Andrew, en 1992, selló su destino, los daños estructurales llevaron a clausurarlo por completo. Desde entonces, el Miami Marine Stadium ha permanecido en un limbo. Algunas administraciones han propuesto restaurarlo y convertirlo en un ícono cultural; otras han defendido su demolición. Ningún proyecto ha prosperado. Hoy descansa a un costado del Rickenbacker Causeway, con grafitis que garabatean sus tribunas, como un monumento abandonado al sueño arquitectónico de Hilario Candela y a aquella noche irrepetible en que Queen cantó literalmente sobre el agua.
