Sobre las rivalidades en la ciudad letrada, de Alexis Iparraguirre

Escribe Alexis Iparraguirre* En el Siglo de Oro la rivalidad entre Quevedo y Góngara fue notable. En el Perú de comienzos de siglo XX, la oposición pública entre Riva Agüero y Mariátegui traía siempre en vilo a la comunidad literaria y la intelectualidad peruana. Las generaciones poéticas limeñas emergieron, durante décadas, unas rechazando a Vallejo […]

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Escribe Alexis Iparraguirre*

En el Siglo de Oro la rivalidad entre Quevedo y Góngara fue notable. En el Perú de comienzos de siglo XX, la oposición pública entre Riva Agüero y Mariátegui traía siempre en vilo a la comunidad literaria y la intelectualidad peruana. Las generaciones poéticas limeñas emergieron, durante décadas, unas rechazando a Vallejo y otras encumbrándolo (el gran Toño Cisneros, famoso detractor del nuestro cholo universal).

Un amigo historiador lo resumió con todo acierto: «Siempre son mejores cuando tienen antagonistas, cuando piensan su obra lanzándola contra la de otro que también está en guardia». Hoy, la escena de los narradores en el espacio público peruano se empeña ejemplarmente en dar la contra, en lucir como de otra galaxia: abrazo, parabienes, felicitaciones, éxitos; como si no hubiera más (o no debiera haber más). Cada escritura aparece en lo público como un pequeño emprendimiento que no molesta ni estorba, y que realiza una serie de equivalencias peculiares: equipara escritura a mundo emocional, mundo emocional a humanidad, humanidad a sensibilidad ejemplar.

El mecanismo es viejo: es como en la educación en el siglo XIX (aunque ahora ya no se escriban novelones estilo siglo XIX). Es el empleo de los escritores no solo como decidores de historias, sino como vidas pegagógicas, ejemplares, que enseñan a las gentes (personalidad hagiográfica). Es el narrador/la narradorada como ejemplo de individuo sensible y ciudadano/a ejemplar, en tanto, se entiende, cualquiera que se exprese tan bien debe ser lo mismo culto que buen hombre/buena mujer. Es, ciertamente, un sueño de urbanidad, de civilidad, y también de una forma de entender la moral y el trabajo: la figura autoral como pura individualidad, sin sociedad, solo con afectos, emprendedora, con errores, pero, finalmente, debido a la autosuperación, exitosa.

De hecho, ahí solo falta hacer explícita el resto de la mitologia neoliberal: cada escritor/a progresa proporcionalmente al ejercicio de sus virtudes dentro de las reglas del mercado. Pero son virtudes que también exigen disciplinas especificas, el control de las conductas peligrosas: se incita a la desaparición de cualquier malditismo, del desafío a la autoridad o comportamiento insensible (en la ficción y en la vida); o se toleran las transgresiones más conocidas y por lo mismo inofensivas (escribir lisuras o narrar softcore nunca se ha tumbado al neoliberalismo). Por lo mismo, pacificación de la literatura, imposibilidad práctica del antagonismo público (o su trivializacion); a la vez, emergencia de nuevas figuras próceres de la cultura para la moral pública.

La literatura como pedagogía para la decencia y la urbanidad del lector que se forma en sensiblidad, en emprendurismo y en la superacion personal sin la molesta cuestión colectiva de por medio (social, económica, etc, etc,etc). Pasa en todas partes; pasa, ejemplarmente, en España, donde la industria reinó por años, y hubo muchísima publicación, pero los temas de interés literario terminaron siendo, como lo ilustró hace poco El país de España, los mejores libros del otoño, que se tenían que comprar antes de que la temporada se acabase y las buenas familias y los buenos lectores, individuos sensibles, solo con afectos, ciudadanos ejemplares y trabajadores en la lógica del mercado, se tuviesen que dedicar a comprar otras cosas.


* Tomado del Facebook con permiso del autor.

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