Una entrevista de Diego Nieves
Romina Silman Navarro es gestora del proyecto literario en Instagram @leer.es.bonito. Estudió Periodismo en la Pontificia Universidad Católica del Perú y ha trabajado en prensa institucional en empresas como Telefónica, Belcorp y Tottus Perú. Se desempeña como conductora de talleres de lectura para niños y adolescentes y acaba de publicar «Nunca de mí tu espejismo«, un poemario donde explora la transformación de lo amado, y a partir de ahí se establece un vínculo con el lector. Con ella conversamos sobre este libro y sus nuevos proyectos.
Hay tres epígrafes en el poemario. Socorro Venegas, Peri-Rossi y Plath. Poetas con contextos diferentes, pero con un punto en común. Quizá la fragilidad emocional o la conciencia del cuerpo. ¿Qué te interesa de la tradición de estas mujeres?
En realidad, elegí esos epígrafes justamente porque se enfocaban, los dos primeros, en el cuerpo como un territorio, como un campo de batalla, que de hecho lo dice uno de ellos. Me parecía que unidos tenía todo el sentido con el recorrido y la travesía que hace mi poemario, que trata de explorar cómo el cuerpo guarda como archivo, consciente o inconscientemente, aquellos hechos que nos marcan a lo largo de nuestra vida, y que quizá no aparecen de manera muy evidente en nuestra forma de definirnos, pero están permanentemente latiendo, vibrando dentro de nosotros. De alguna manera el cuerpo habla.
En el poemario hay un recorrido en donde el cuerpo busca refugio en el cuerpo ajeno, en la mirada ajena, definirse a través de otros. El epígrafe de Plath me sonaba muy idóneo, porque hay una voz que se restituye, o quizá yo he querido restituir una voz y un cuerpo hacia el final del poemario. Por eso el “I am, I am…” del epígrafe. Creo que conversaban muy bien… Fue lo último que puse en el libro: los epígrafes. Tenía otros provisionales, pero luego fui encontrando lo que realmente quería decir.
¿Cómo nacen los temas de tu poemario? Cuerpos que se buscan, vulnerabilidad…
Nace de un momento de ruptura interna. Justo ayer conversaba con un amigo y él me decía que la poesía no necesariamente nace de la emoción, sino también de la razón, y se puede estructurar de una manera muy racional. Pero mi experiencia ha sido escribirla desde momentos de ruptura, de mucho dolor. [Estos poemas] nacen sin una intención clara de que sean poemas. Yo soy una lectora de narrativa, más que nada, y no encontraba sentido en darle forma de poemario a estos textos que iba escribiendo a medida que me iban pasando situaciones difíciles de agresión hacia el cuerpo. En el proceso, he retrocedido a distintos momentos de mi pasado: episodios de mi infancia y adultez que he podido plasmar en alguno de los textos. Y luego he ido explorando cómo todo eso que viví influyó en la manera en cómo yo me veía en el mundo, y cómo no podía escapar de validarme como persona a través de los demás.
Por eso te hablo de esta búsqueda en otra mirada. Yo no me sentía alguien si no validaban mis decisiones. Necesitaba una voz de autoridad que me dijera: “Estás bien, lo estás haciendo bien”. Y en esa búsqueda fui escribiendo, y finalmente ha sido transformar ese dolor y darle lenguaje a lo que yo no sabía que me estaba pasando. Y al hacerlo nace un último poema, que es el de restitución de la identidad, de la voz, del cuerpo… y eso. Así nace.

Has hablado de recuerdos a lo largo de tu vida, inclusive desde la infancia. ¿Se podría decir que, en realidad, estos poemas no nacen de un momento específico, sino que son retazos de todo un largo pasado que se amalgaman en un tema que da origen a la obra?
Sí… pero yo no he querido contar un hecho específico. No he querido hablar de hechos ni contar una historia, mucho menos… Simplemente hurgar en el eco que dejan esos hechos en el cuerpo y en la forma de ver el mundo, de vincularte, de definirte. No es el hecho lo que me preocupa, sino cómo este late permanentemente a lo largo de nuestra vida y cómo el cuerpo lo guarda como archivo y se manifiesta de distintas maneras. Y también me llamaba mucho la atención cómo no le podemos dar forma en palabras, y cómo no se puede traducir… porque no existe lenguaje para reproducir la violencia, el horror, lo traumático. No porque no puedas, sino porque hay una suerte de no-comprensión de lo que ha sucedido. Entonces darle forma al dolor ha sido mi forma de ordenarme, de entender…
Jamás vas a escuchar de mi voz que [el poemario] fue una forma de sanar, porque en definitiva no me ha sanado. Pero sí ha logrado que yo entienda, que traduzca, que le ponga nombre a lo que parecía innombrable por lo horroroso o atroz.
Luego de publicado Nunca de mí tu espejismo, ¿sentiste haber llegado muy lejos en cuanto a la vulnerabilidad de alguno de tus poemas?
Sí. Cuando recién escribí el poemario lo compartí con una persona que me ayudó a darle forma. Ahí comprendí que había cosas que debía de mantener contenidas. Por decisiones literarias y porque quería que la experiencia de lectura sea lo más parecida a la experiencia de la emoción negativa que yo había tenido. Y en esa experiencia de violencia, pues, en un principio una no entiende, hay mucho silencio… De hecho, yo pensé que mi poemario iba del silencio, del no poder hablar, decir, denunciar… Y se llamaba, de hecho, El daño no tiene grito. Pero luego comprendí que era todo lo contrario. Más bien le estaba pudiendo dar voz al dolor.
En el momento de trabajar el poemario y editarlo comencé a reparar en qué era lo que no debía estar muy explícito, para que la experiencia lectora se parezca mucho a la experiencia del sentimiento y la emoción que viví. Y esas emociones tienen esos momentos de silencio, de tergiversar algunas cosas porque la memoria miente mucho. Quieres mentirte, entonces no recuerdas bien, cambias un poco de versión. No conscientemente, sino porque te engañas. Por eso creo que el proceso de edición es lo más rico, cuando empiezas a tallar el poema y elegir qué decir, qué no decir, qué contener, qué no contener. No querer llegar a que esto sea un instrumento de denuncia, mucho menos de reproducción de la violencia, mucho menos que sea un manifiesto. Lo que yo quería era hacer un poemario, y eso es. Y el lugar para denunciar será otro. Un libro no es un juzgado, al menos este no.
¿Crees que este libro le ha dado abasto a los temas abordados en los versos? O acaso hay lugar para un segundo libro que mantenga esta línea.
No lo sé. Siento que, como te decía, uno no sana. Lo que logra la literatura es quitarle poder al dolor y de alguna forma te reivindica. Porque sientes: “Bueno, estuve callada todo este tiempo, no pude verbalizar lo que había pasado, no pude decirlo y no puedo todavía denunciar por temas personales, pero esto le ha quitado poder a eso, y de alguna forma he podido decir internamente que todavía hay algo que no ha sido arrasado. Se arrasó con mucho, pero con mi voz no. Y esta es la prueba”. Entonces no me sanó, el dolor no termina, no se cierra un círculo, pero es una etapa, y creo que de esas vivencias pueden salir otras historias. Historias, ahora sí, que ya contaré si es que me da la habilidad para hacerlo en narrativa. Como alguna vez le dije a Carlos Sotomayor, yo he tratado de escribirlo en forma de novela y ficción, pero no he podido. Y al no poder, he encontrado este registro en el que me siento más cómoda. Pero no sé, la vida da tantas vueltas que no sé qué venga después.
Entonces la narrativa es una posibilidad…
Sí, he regresado a ese manuscrito inacabado en estos días. Otra vez lo estoy revisando, puliendo, le he vuelto a dar vuelta. He dicho: “No, esta no era la forma de contar esta historia”. Está muy poco “ficcionada”, estoy reproduciendo y disfrazando lo que me pasó, y esto de contar mi historia cambiando nombres no es lo mío, no es lo que quiero, no es el tipo de literatura que me gusta, así que estoy rehaciendo todo desde un punto de vista más ficcional, como creo que debe ser la literatura.

Con frecuencia se indaga en la gestación y el origen de una obra. Sin embargo, me gustaría preguntarte por el cierre: ¿en qué momento decidiste llegar a ese Segundo espejismo?, ¿cuándo supiste que el hilo del poemario debía cerrarse?
Creo que hay una suerte de hilo conductor que de alguna forma cuenta episodios de una misma experiencia. Sí, hay una protagonista o un personaje, en todo caso, que está pasando por varias vivencias y han sido escritas en textos ordenados para que el lector pueda seguir el hilo como si fuera un viaje.
Toda la primera parte, Quimera, es esta sensación de buscar con desesperación refugio en el otro, que al final es un espejismo, porque no existe tal otro para uno redefinirse. Y luego, en el corazón del libro, están los episodios traumáticos. Entonces, cuando llegas a esa parte, yo espero que lo demás se pueda resignificar. Que uno entienda que esas vivencias o emociones son las que explican todo esto que se transmitió en la primera parte.
Ya hacia el final, que quizá debió tener un nombre distinto, está la restitución. Hay un par de poemas que tienen un tono de testigo, un poco más de protesta, de cómo la gente calla alrededor de ti a pesar de que saben que ha sucedido un hecho. Entonces sí tiene algo de resistencia al silencio de los demás ante un hecho violento. Y en el final, el último verso [Segundo espejismo] termina con soy, que es el verbo primario, el que nos define y está en primera persona.
¿Crees que la poesía se agota en una sola interpretación, o que su sentido permanece abierto a múltiples lecturas?
Creo que los seres humanos tenemos obsesiones y asuntos muy marcados que difieren en cada uno. Pienso en Vargas Llosa, que su asunto era el padre y la autoridad, el autoritarismo que nace del primer dictador de su vida, su padre. En su obra eso lo ves muy marcado. Pienso que todos tenemos ciertos asuntos que de seguro se repiten en las obras. No es mi caso, porque este es mi primer poemario, pero indudablemente mi obsesión en este libro ha sido el cuerpo: cómo archiva la violencia, cómo se es testigo de algo y no se habla, se contiene, cómo es preferible callar, no tocar asuntos incómodos. Yo he decidido contarlo a través de mi poemario. Hay personas que no llegan o no quieren llegar a entender o ver esto. Pero de eso va.
¿Qué autores han influido en ti?
Vanessa Springora, que tiene dos libros. Ella es editora. Escribió El consentimiento, que es su testimonio ya de adulta. De cómo de chica, niña-adolescente, consiente una relación con un escritor muy conocido y mucho mayor que ella. El consentimiento no viene solamente de ella, que es una niña, sino de la madre y de toda la sociedad francesa, que veía cómo ese escritor llamado Gabriel Matzneff la llevaba a las entrevistas, la exponía, la exhibía, la trataba de una manera muy dolorosa; de cómo la violentó y ella consintió, pero no porque quisiera consentir, sino porque estaba envuelta en una sociedad en donde esto se permitía, incluso por su madre. Springora me enseñó a narrar la violencia sin hacerla espectáculo, sin que el hecho violento se convierta en un espectáculo. Este libro lo publicó hace unos años.
¿ Qué otros autores o autoras consideras importantes en tu formación?
Sara Mesa es una autora de la que casi he leído todo. Me ha ayudado mucho a entender sobre vínculos desiguales, que es también una experiencia en la que he estado inmersa. Sin importar la edad, el que alguien con poder te manipule, te domine, tergiverse tu historia de vida y te convenza de que tú eres quien no eres y aceptes esto en una operación casi maquiavélica. Por eso me ayudó mucho al leerla. Tiene un libro llamado Cara de pan en donde hay una relación desigual, muy ambigua, por cierto, pero esa ambigüedad me causó mucha inquietud. Es un libro inquietante, porque todo el tiempo sientes que la niña [protagonista] está amenazada constantemente por un adulto. Eso me interesó mucho.
Annie Ernoux me gusta mucho y me ayudó a entender el cuerpo como archivo. Ella escribe desde la memoria, y creo que la memoria también tiene mucho que ver en mi forma de escribir. Toni Morrison, también. Libros como Ojos azules, en donde también habla de la infancia, y de cómo una niña es el ser más vulnerable de la sociedad. No un niño, sino una niña, quien todavía no tiene el poder de la palabra como para poder explicarse ella misma que la han violentado. Te diría que mis influencias son más narrativas que poéticas.
