Memorias del terremoto de Pisco, por César Panduro Astorga

A 15 años del devastador terremoto que asoló Pisco e Ica, dejando miles de muertos y un proceso de reconstrucción que dura hasta el día de hoy, el escritor y docente iqueño César Panduro Astorga comparte el recuerdo de aquel fatídico día.

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Ago 15, 2022

Escribe César Panduro Astorga

El terremoto del 15 de agosto en Ica, dejó desolación, muerte y más pobreza. Pero entre tanto dolor y penuria, hubo casos anecdóticos como el de la cárcel de Chincha, cuyos muros se cayeron y a cuyos presos no se tuvo más remedio que decirles que se fueran a sus casas y que volvieran cuando toda réplica pasara. Los presos fueron obedientes porque regresaron y —es más— ayudaron a poner los adobes de sus celdas a los policías. También está el borracho que quería meter la llave en una puerta inexistente ya que su casa se había caído con todo y recuerdos. A mí, ay a mí, algo tenía que ocurrirme.

Yo tenía 26 años, y justo había empezado a enseñar. Había tenido un día muy duro en la Biblioteca y luego tenía que ir a dictar clases en un cuarto piso. Por flojera y porque había salones libres en el tercero nos quedamos ahí. No pasaron ni quince minutos de la clase, cuando comenzó el movimiento. Quién me manda a ser profesor. Les di calma, pero a medida que se hacía más fuerte el ruido la desesperación hizo presa de todos. Sin más les dije que salieran despacio, que bajaran con cuidado. Yo salí último, como el manual de buen docente y tonto dice. Las escaleras se movían como gusanos, y todo se hacía un caos. Grité que bajaran echándose por las escaleras, pero todo empeoró cuando escuchamos desplomarse el cuarto piso. Ahí no hubo señal ni paso a seguir en un sismo, bajamos apurados…y de pronto la veo, asustada, muda e inmóvil. La profesora, por la impresión, estaba estática. No hacía caso a mis súplicas que se moviera porque los vidrios de la ventana salían como flechas.

Otra vez la del profesor bueno. Fui, le hablé. No se movió, estaba en shock. No tuve más remedio que sacarla y ahí comienza parte de mi pesar aquella noche, me metió golpe, me empujó, casi me araña, porque no quería moverse. La saqué a empellones. Molesta e iracunda me empujó, al caer un clavo se me introduce en la rodilla. La universidad recién se estaba construyendo. No sentí el clavo, mi desesperación era ella. Una vez que la saqué contra su voluntad, vi aparecer en el cielo una luz hermosa, azul, era Cristo el que venía me dije. Yo que era diz muy anticristiano, en ese instante todo lo que me enseñaron desde pequeño acerca del fin del mundo se me vino a la mente. Por supuesto que Cristo no me llevaba ni de a vainas, pero su inmensa misericordia estaba seguro que me daría un campito en su barrio allá en el cielo. La luz que contemplé asustó a todos. Fue en ese instante que todos lloraron.

Toda la ciudad quedó destruida , hasta el día de hoy no se cumple el proceso completo de reconstrucción (Foto: RPP)

Cuando el movimiento de la tierra se calmó, fue como si un animal furioso hubiera apagado su voz. Fueron dos segundos de silencio en los que nadie habló, la noche se hizo oscura y miles de estrellas como pequeñas lámparas nos alumbraron la tristeza. Pero, una vez pasado los dos segundos, comenzó la histeria. Yo era profesor, y no podía ponerme a llorar. En el fondo quería desesperarme, pero no podía. La histeria no me dejó. Una jovencita comenzó a gritar y llorar angustiosamente, otras se unieron al lloro. Luego del lloro, los gritos se hicieron un reguero de pólvora de desesperación. Yo les pedía que se calmaran. No conseguía nada. Era ya una cadena de chillidos que se esparcían por la universidad. Y no tuve más remedio que aplicar la ley de mi mamá cuando no le hacía caso y hacía berrinche. Tuve que estampar una primera cachetada a la chica más escandalosa, que al sentir mi mano se sorprendió y dejó de llorar. Como la oscuridad ocultaba mis movimientos, comencé a gritar para que se hiciera más evidente mi accionar, y tuve que aplicar dos cachetadas más a otras chicas, y luego como si algo divino ocurriera todas las voces desesperadas se aquietaron, yo en contra de toda ley e incluso de mí, tuve que hacer eso para calmarlas. Sé que estuvo mal aplicar ley tan severa, pero no me quedó otra que hacer acto tan bárbaro como ese. Pero no todo concluyó allí.

Una vez afuera nadie me quería llevar. Tenía un calor en la rodilla, mi pantalón estaba mojado, y el clavo lucía adherido a mi cuerpo como si el terremoto nos hubiera hermanado. Cuando no lo del profe, una chica muy desesperada me pidió que la ayudara. Había dejado a su hermana en un tercer piso y pensaba lo peor. Enrumbamos hacia su casa, esta quedaba en Acomayo. La ciudad estaba a oscuras, las casas derruidas evocaban una guerra, un bombardeo, miles iban en una y otra dirección, el cielo era hermoso pero la tierra un constante infierno porque a cada instante las réplicas detenían tu calma. Llegamos a la casa de la chica, su hermana gritaba desesperada que la sacaran, menos mal que llegó un familiar y la pudo ayudar. Yo, ya sentía el dolor en mi rodilla. Encontré a mi amigo Martín Aguilar Rejas, que me ayudó llegar a mi casa. Todo era destrucción. No le dije nada a mi madre, fui solo al Hospital Socorro.

La nave central de la iglesia se desplomó sepultando a todos los que, en ese momento, se encontraban celebrando una misa (Foto: El País)

Lo mío era nada. Había gente con la cabeza destrozada, otros muriendo, otros con el corazón de la mano. En vano esperé que alguien me atendiera. Solo una buena mujer me dio un poco de alcohol. Regresé y mi madre que no sabía nada mí, se puso a llorar. Las madres saben lo que nos pasa y se dio cuenta de lo que me ocurría en la rodilla. Ella me sacó el clavo que solo había entrado un poco a mi cuerpo. Me curó e hizo que me sentara en la sala. Al frente, los cuartos de alquiler de mi tía Hilda, estaban por los suelos. Yo me compadecí de que un par de jóvenes durmieran a la intemperie ya no solo de las réplicas sino además del frío. Le pedí permiso a mamá para que durmieran en la sala. Al otro día, no estaban los jóvenes ni mis zapatillas, qué decir de la radio de mamá. Aprovechando mi profundo sueño y nuestra bondad, se levantaron varias cosas de la sala. Yo no podía moverme, lo único que pensé, de corazón, es que lo de ladrones se les despertara por la miseria humana que trae este tipo de eventos de la naturaleza.

Esta es una pequeña crónica de lo que me ocurrió a mí en el terremoto. Sé que hoy día habrá mucha gente que pensará en sus muertos. Me conmueve la gran cantidad de niños y niñas, y animales que perdieron la vida ese día. Pero también me irrita que aún mucha gente no tenga una casa digna donde guarecerse del frío y desolación que nos dejó un 15 de agosto del 2007. Un día como hoy.

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César Panduro Astorga es escritor y docente iqueño.

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