Escribe Manuel Rosas
Volver a ver “Trouble in Paradise” (1932), a casi ya un siglo de su estreno, es comprobar que la magia de Ernst Lubitsch (eso que un agudo publicista dio en llamar “el toque Lubitsch”) se mantiene en total vigencia y que a lo mejor siempre tuvo razón Jean Renoir cuando dijo que “Lubitsch es el inventor del Hollywood moderno”. Es sabido que Billy Wilder tenía en su oficina un gigantesco letrero —diseñado por el propio Saul Steinberg— con la frase “¿Cómo lo haría Lubitsch?”. Billy declaraba que ese recordatorio le impidió presentar escenas chapuceras como obras acabadas, manteniéndolo siempre en los márgenes de la decencia cinematográfica.
¿Qué es lo que ha hecho a Lubitsch verdaderamente grande? Sin contar el hecho de que su estilo marcó el camino de la comedia sofisticada en la época dorada de Hollywood, sin contar, es decir, el discipulado de verdaderas luminarias como el ya mencionado Billy Wilder, Frank Capra, George Cukor, Mitchell Leisen o Preston Sturges, tendríamos que desmenuzar en qué consiste el “toque Lubitsch” para así colocar “Trouble in Paradise” en el sitial que se merece.
El primer rasgo que salta evidente es la inventiva del director, quizá acuciada por el código Hays, pero perfectamente analizable en la época “pre-code” también. La narrativa visual de Lubitsch, su sagacidad en el montaje, evitó siempre los clichés en favor de métodos poco convencionales. “Trouble in Paradise” se abre con un atraco en la medianoche veneciana al son de las barcarolas que entonan los gondolieri. Un plano entero de la habitación de Monsieur Filibá nos lo muestra yacente sobre la elegante moqueta. Para trasladarnos a la siguiente escena no hay cierres ni fundidos sino un largo barrido hacia la derecha que se detiene frente a la ventana desde la cual el barón (después descubriremos que este personaje no es un barón ni mucho menos), contempla melancólico el Gran Canal.
Desde el fondo del plano se le acerca el camarero para preguntarle qué ha elegido para la cena. Conversan brevemente y luego la cámara se desplaza hacia el exterior, hacia una góndola sobre la que viene sentada, espléndida, la invitada del barón. Ambos se saludan agitando las manos. La cámara retorna hacia el interior para captar al barón añadiendo un último detalle a su pedido: “Y camarero, ¿ve esa luna?”, “Sí, barón”, “Quiero esa luna esta noche en mi copa de champán”. El camarero toma nota sin inmutarse. Como podemos ver, para presentar a los personajes, Lubitsch ha ideado una poco convencional secuencia de movimientos lineales de entrada y salida que resulta tan elegante como narrativamente elocuente.

A Lubitsch poco o nada le importaba que el público descifrara las pistas que iba dejando caer en sus comedias. Confiaba en la inteligencia de los espectadores y estaba seguro de que al segundo o tercer visionado repararían de todos modos en aquellos detalles aparentemente intrascendentes. Esa es otra muestra de su genio y de su encanto, inseparable del “toque Lubitsch”. En TiP, por ejemplo, cuando el camarero se ha marchado, el barón encuentra en su bolsillo una pequeña, algo reseca, hoja de un arbusto. La mira —la miramos— en un primer plano que dura dos segundos y luego se encoge de hombros y se deshace de ella. Este incidente menor, sin desarrollo ni secuencia, permitiría a un sagaz espectador inferir que el barón y el ladrón que, tras atracar a Monsieur Filibá huyó por los jardines, es la misma persona. Pero dada la apostura aristocrática del barón, tal conclusión es sumamente difícil.
El humor de Lubitsch es, por momentos muy irónico y bizarro. “Trouble in Paradise” es una comedia romántica al uso, con el brillo de ensueño en la fotografía y con los protagonistas arrastrados por sus sentimientos, pero el inicio de la película es de lo más contradictorio: un corpulento basurero recoge un cubo de desperdicios que un sarnoso perro olisqueaba y lo arroja a una góndola. Todo esto mientras, en medio de la noche cerrada, canta “O sole mio”. Un corte de plano nos traslada de nuevo al glamour romántico de la noche estrellada y del gondolero que avanza por el canal… pero ya sabemos nosotros qué lleva en su embarcación.
Probablemente, debemos al humor de Lubitsch otro rasgo insoslayable de su “toque”: la indulgencia que muestra hacia los comportamientos censurables de sus personajes. No hay que olvidar que TiP estuvo casi treinta años excluida de las salas de cine por contar la historia de dos ladrones que se salen con la suya, pero en el cine de Lubitsch no encontraremos escándalo ni castigo ejemplar. La escena en la que Lily (Miriam Hopkins), súbitamente herida en su amor propio, arroja a la cama de madame Colet los cien mil francos que le ha robado… para recogerlos instantes después con el mismo aire de indignación, es una exquisita muestra de sarcasmo, pero también de indulgencia hacia un personaje cuya humanidad resalta por encima de sus faltas. Lejos de Lubitsch el ánimo de ridiculizar o condenar, al contrario, el subrayado de la humanidad de sus personajes, la comprensión profunda de los resquicios más oscuros del alma, revela a un director de mundo, un cosmopolita que sabe reír y que sabe observar.

Resulta incompleto el panorama del arte de Lubitsch si, como ha procedido cierta crítica, nos atenemos sólo a su pericia para burlar los preceptos de la oficina Hays para explicar las razones de su ingenio. Sin duda, ese obstáculo lo animó y perfiló su creatividad, pero también es verdad que hay muchos gags y situaciones no observables por la censura que fueron elaborados con una técnica nueva y sorprendente. Digámoslo con claridad: Lubitsch ha sido la personificación misma del ingenio, la elegancia y la creatividad en Hollywood, una cima que hoy vemos en lontananza, desde una realidad atroz donde el embrutecimiento y la degradación general del arte y la cultura nos quiere convencer de que el espectáculo de dos robots liándose a puñetazos es el paradigma de cine de acción o que la comedia romántica puede —en aras de una urgente “modernidad”— incluir chistes de pedos. Nada diremos ya del cine corporativo de superhéroes, ese engaño masivo dirigido a un público incel y vociferante.
En el cine de Lubitsch, al contrario, encontraremos muestras de infinita elegancia que combinan fina ironía con sentimientos profundamente humanos. En el tramo final de “Trouble in Paradise”, Gastón, el carterista, ya develada su identidad, se despide de Madame Colet con una pregunta: “¿Sabes lo que te has perdido?” Ella cierra los ojos y asiente pensando en la aventura y el romance que ya no podrá vivir. Pero Gastón replica, sacando de su bolsillo un collar también birlado: “Esto es lo que te pierdes, tu regalo para Lily”. La viuda, con una elegancia que sólo es posible en el cine de Lubitsch, hace una broma: “Con los saludos de Madame Colet y Compañía”.
Este pequeño episodio bastaría para ejemplificar la consumada maestría de un director capaz de pintar las complejas interacciones humanas llenas de dolor, arrepentimiento, nostalgia y ternura.
