Vargas Llosa, la canción criolla y la peruanidad en una novela otoñal

En "Le dedico mi silencio", Mario Vargas Llosa propone una crítica impecable de elementos y valoraciones populares a los que califica de huachafos y deja entrever cómo la intransigencia puede devenir en la locura o violencia.

Publicado

31 Oct, 2023

Escribe James Quiroz

En la casa de mis abuelos maternos, en Pacasmayo, había (y sigue habiendo) long plays de música criolla, y muchas veces se concertaban reuniones con guitarra y con cajón, más cerveza y abundante comida. En las mañanas se sintonizaba radio Sol y Mar y Stereo Venus para acompañar con música criolla y boleros los desayunos y almuerzos familiares. En Jequetepeque, mis familiares paternos amanecían cantando valsecitos, se escuchaba el agua correr de los caños y la acequia mientras lavaban y escobillaban la ropa sobre una tabla de madera – que aún se usaba por aquella época- y transitaban de un lado al otro de la casa silbando canciones y hasta los pajaritos que venían al corral parece que los secundaban con su canto. Así se despertaba uno, con esa música natural, cuando era niño.

La música criolla, como otros géneros como el bolero, la balada, la salsa, y especialmente el rock, siempre ha acompañado mi tránsito infantil. Primero, de manera involuntaria, luego, de manera consciente. La música siempre ha estado presente y hasta tengo familiares que, como yo, desarrollaron y continúan desarrollando ese talento incluso a nivel profesional. Y es que cuando esas aficiones se convierten en pasiones disciplinadas simplemente se adhieren a ti, como la pasión por la literatura de Vargas Llosa.

Portada de la que es la última novela de Mario Vargas Llosa.

Conjeturo que si Vargas Llosa se hubiera interesado por la música o hubiera tocado algún instrumento, otro hubiera sido su cantar, es decir, su destino y su perspectiva literaria. A lo mejor se hubiera vuelto bohemio y otro sería su estilo literario: más plástico, más cinematográfico, más poético y hubiera valorado más las novelas de ese estilo, desorganizadas y sin fin preconcebido. Y es que, aunque cambie los temas, Vargas Llosa nunca dejará de ser un dogmático y compulsivo realista.

En realidad, no siento que su última novela publicada haya querido rendir un homenaje, en estricto, a la música criolla, que en gran medida lo es a través de las descripciones geográficas y escenarios de época relacionados al mundo criollo, además de citas, referencias y valoraciones sobre algunos de los músicos más representativos del repertorio. No es un libro sobre música o sobre músicos aunque se desarrolle la historia de Toño Azpilcueta, estudioso sin brillo de la música criolla, y del guitarrista trágico Lalo Molfino, cuyo destino representa al prototipo de músico criollo de inicios de siglo XX cuya recreación literaria evoca a Felipe Pinglo. En todo caso, el tema es la carnada, el pretexto para desarrollar, una vez más, sus obsesiones de autor, que es, en suma, lo que le interesa a un artista, más aún a uno de la talla intelectual como Vargas Llosa.

La novela, por tanto, parece condensar o hacer notar cuál ha sido la mayor de las obsesiones de Mario durante toda su carrera como novelista y ensayista, acaso la más importante de todas: descifrar cuáles son los elementos que componen la identidad de nuestro país y, a través de esto, intentar interpretar la esencia del género humano. Desde luego, hay subtemas satélite como son las manifestaciones del kitsch, el patriotismo exacerbado, los fanatismos sectarios y por supuesto, la huachafería que en esta última novela es muestra estelar. Pero hay otros elementos que representan el universo vargallosiano, como son el erotismo, la impotencia sexual, o la incapacidad de comunicación, no sólo intersexual sino también del ser individual con el colectivo. Sobre este punto, faltarían redactar tesis en psicología para desarrollarlo.

El centro social musical «Felipe Pinglo», en los Barrios Altos, conocido como «La catedral del criollismo».

Volviendo a la novela otoñal de Mario, esta contiene todos los elementos característicos de muchas de sus novelas: sus afamados recursos literarios, fraseos clásicos, esa identidad narrativa tan sello de la casa que guardan estrecha afinidad con algunas de sus novelas (La tía Julia y el escribidor, Quién mató a Palomino Molero, Conversación en la Catedral, etc.). De hecho, Le dedico mi silencio es una novela entretenida, que sabe mantener el suspenso página tras página, con un humor mesurado – típico de Mario-, y en donde la voz de sus personajes siempre suele confundirse con su pensamiento más auténtico, crítico y sincero, esta vez sobre la huachaferia y el kitsch como posibles elementos de comunión entre los seres humanos (en el caso peruano: las corridas taurinas, las procesiones religiosas, los curanderos, el patriotismo futbolero, las letras quejumbrosas de los valses, la idealización de lo incaico, las ideologías utópicas, etc).

La novela tiene fisuras inocultables pero entendibles tratándose de una novela otoñal y tal vez la última que publique Vargas Llosa. No está, ni de lejos, en el canon de sus diez mejores novelas; por ende, ponderar sus aspectos literarios devendría en innecesario. Más relevante es el tema que subyace en la novela y que astutamente Mario ha inoculado en sus páginas: cómo el peruano se enfrenta a su peruanidad a 200 años de independencia política. Qué hemos ganado asumiendo tantas ideas y fantasías populares y fanatismos que, de arraigados, parecen inescindibles del peruano promedio. ¿Son acaso estas ideas o creencias las que no nos dejan ser un país desarrollado culturalmente e intelectualmente hablando? El aporte de Mario es atacar el germen de la peruanidad desde sus entrañas, desde sus cimientos, desmitificando uno de sus elementos más populares y unánimes, la música criolla.

Mario Vargas Llosa propone una crítica impecable de estos elementos y valoraciones populares a los que califica con mucha razón de huachafos y deja entrever cómo la intransigencia de defender sus manifestaciones, pueden devenir en la locura o desencadenar violencia.

Noches de jarana criolla en las peñas, cada vez más difíciles de encontrar. Foto El Peruano.

La despedida de Mario a través de esta novela es un punto de inicio para entender, mucho mejor, su propuesta estética y su pensamiento liberal, que no ha perdido un ápice de juicio como muestra la reciente entrevista dada a Peru21 en donde defiende la libertad de escuchar y dejar escuchar a cada quien la música de nuestras preferencias (en alusión a la musica de Bad Bunny oída por los jóvenes), por más que nos parezca secretamente infame la música del otro. Solo el tiempo pondera con justicia la calidad y la altura de las grandes obras, sostiene el Nobel.

Así es, Mario. Y yo estoy convencido de que a pesar del silencio que le dedicas a todos tus lectores con esta, tu última novela, tu voz seguirá sonando en las futuras generaciones. Aún cuando ya no estés y ya no estemos en este mundo, tus obras seguirán atrayendo nuevos lectores, porque solo los artistas verdaderos son capaces de ello.

James Quiroz (Trujillo, 1984). Estudió Derecho en la Universidad Nacional de Trujillo y siguió una Maestría en Derecho Penal por dicha casa de estudios. Ha publicado los poemarios La noche que no has de habitar (2010), Rock and roll 2015 y El libro de los fuegos infinitos (2018).

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