Viaje entre dos orillas, de María de los Ángeles Fornero (fragmento)

María de los Ángeles Fornero nació en 1961, en Carrilobo, vivió en Villa María y actualmente reside en la ciudad de Córdoba. Es docente y Coordinadora de grupos de formación en el Instituto Superior de Estudios Psicosociales de Córdoba ¨Dr. Enrique Pichón-Riviere¨. Este es un adelanto de su nuevo libro publicado por Mesa Redonda.

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Nov 21, 2022

Escribe María de los Ángeles Fornero

Nasca (y muera)
O todas las pinceladas

(Fue en Nasca donde sentí que había quedado un hilo suelto que, como si alguien tirara desde lo invisible, iba desenhebrando el tejido. En Nasca tuve la seguridad de tu muerte cercana, entonces renové las certezas y me adelanté a la fluidez del tiempo. Me adelante unas semanas. La sala en la que compartiremos las horas siguientes se llama Vincent Van Gogh. La verdad, mi querido papá sin oídos, es que hay entre vos y Van Gogh un no sé qué de semejanzas si se los mira bien. Solo que él dejó de pintar porque le llegó el día a los treinta y siete, y vos que no dejaste de escribir y de sembrar, estas desflorando la muerte a los ochenta y tres).

La muchacha con la que comparto el recorrido tumba por tumba, en el Cementerio de Chauchilla, en la provincia de Nasca, se llama Marielle y su hija, de siete años, Gibel. Parisinas las dos, pintoras de América del Sur, dicen.

Marielle tiene algunos bocetos de las Islas Galápagos y de otros rincones ecuatorianos que es donde arrancó su viaje tres meses atrás; ha bocetado también, rudimentariamente, el Cañón del Colca, y ahora discurre en papel y lápiz, su mirada sobre la niebla de Nasca. Gibel en cambio, pregunta y pregunta en francés, mezcla y mezcla tonalidades. Su madre le ha dicho que la diversidad de colores mezclados da el resultado más parecido a la realidad que ve.

Reynaldo nos guía a las tres así que habla en español de América y en francés nasqueño con cierta modorra. Habla, también, en francés infantil para que Gibel lo siga. En cualquiera de sus variantes lingüísticas no usa la z para decir Nasca. Nasca es con s, aclara. La z llegó por el mil quinientos recién, pero este pueblo vivió en este valle entre los siglos IV de la antigua era y el IX de la actual y hasta entonces no la necesitó. Ahora tampoco. La lengua nombra lo necesario. No existen, en ningún idioma, palabras no necesarias porque si son no necesarias caen en desuso de puro no ser usadas. Si una palabra ha sido usada durante centurias y milenios por algo será. Sorprende siempre conocer las razones de las toponimias. Saber por qué los lugares se llaman cómo se llaman es un regocijo de racimos en esplendor. Viene de la civilización nanascca, dice Reynaldo, «significa adolorido o atormentado en el kechwa actual». También Nannian significaba sufrimiento, así que el nombre con el que este pueblo se sustantivó a sí mismo vino a ser el oráculo adivinatorio de los veintiún siglos siguientes.

Reynaldo está orgulloso de su nanascca natal y tiene, como debe, explicación para su orgullo. Nasca es una provincia del Departamento de Ica y en 2014 —según últimos datos publicados— aquí se recibieron más de 830.000 turistas, es decir el segundo lugar más visitado del Perú. «Claro que nadie tiene ánimo de competir con Cusco que recibe 3.800 por día, o sea casi un millón y medio por año», aclara Reynaldo, que ya cuando aclara, oscurece.

Aquí se viene a sobrevolar las líneas: el mono, la araña, el sapo, el extraterrestre y las figuras más emblemáticas que publican las agencias de turismo internacional.

Los vuelos de media hora son en dólares y los norteamericanos, los chinos, los canadienses, los alemanes, los franceses —menos Marielle y Gibel— se quedan uno o dos días y se marchan. Los turistas americanos del norte y europeos «top ten» sobrevuelan las líneas, sacan miles de fotos con sus Iphones última generación, se admiran de las tradiciones locales, comen papas a la huancaína y, como colación, huevo de codorniz que vende una india en una esquina de la Plaza de Armas y listo. Ya pueden seguir viaje. Dirán que estuvieron donde dicen haber estado y tienen pruebas: abundante documentación fílmica y suvenires de todos los tamaños. Saludan y se van. A veces, ni siquiera saludan cuando se van.

Van Gogh, seguramente hubiera pintado la niebla perenne de Nasca y el polvo de hierro que cubre todo su suelo con millones de líneas y pinceladas de millones de colores grises y otros tantos millones de tonos ferrosos. Eso escucho atentamente que le enseña Marielle a su hija: Van Gogh pintaba la realidad porque cuanto mayor diversidad en la paleta mayor parecido con el mundo.

Salimos de la ciudad por la carretera Panamericana, rumbo al sur. La temperatura estaría en veinte grados, como siempre en el eterno verano nasqueño. A lo largo de todo un año aquí llueven dos días. Uno en enero y el otro en febrero que en total descargan entre 8 y 12 milímetros. Después, vientos Paracas y tormentas de arena y muy de vez en vez alguna lluvia torrencial. Y, por supuesto, eterna niebla matinal hasta entrado el mediodía. Hicimos treinta kilómetros entre ondas y pinceles, con la geografía estacionada delante de nuestros ojos y bromeando sobre la eliminación de las selecciones de futbol de Argentina y Perú, por la de Francia en el mundial de Rusia. Gibel levanta su bracito en señal de victoria y su madre la festeja con guiños en el asiento trasero. A esta altura del relato Reynaldo detiene el motor del automóvil. Desciende y nos convoca a seguirlo.

A ras del suelo no se ve más que arenisca rojinegra y millones de pequeñísimos trozos de una especie de cerámica blanquecina, desperdigados por toda la planicie. La capa superficial mora-cobrizo no es más que las hematites pesadas con un porcentaje de cinabrio que se apega a la sílice y al yeso de la capa inferior que humedeció levemente la niebla durante la mañana y apelmazó ambas capas una sobre la otra. Eso pasa todas las mañanas de los últimos miles de años y esa es una de las razones por las cuales los misteriosos geoglifos se conservan entre Palpa y Nasca.

Entre Palpa, que es un pequeño vergel y la actual ciudad de Nasca está El Ingenio, un pueblo de tunas y glicinas donde los varones se sientan a tomar pisco en plena calle, mientras esperan que pase el camión recolector de mano de obra para ir a la mina. Cuando esté retornando a Ica me haré un tiempo para detenerme allí.

Ya encontraré dónde dormir, pienso, aunque la mayoría de las casas, todas de adobe, quedaron partidas por el sismo del 2007. «No es que acá pegó más el terremoto, sino que la gente tiene menos recursos para rearmar sus casas», había dicho el chofer del bus de Cruz del Sur con su simpático acento limeño, cuando veníamos. Acá hay que volver, me digo, para animarse a llegar hasta el Templo pintado. En las faldas del cerro Malpaso alguna vez, alguna cultura construyó un templo y pintó sus paredes con figuras antropomorfas. Lo singular de esas pinturas son los hombres con los brazos alados. Las cuatro figuras pintadas en sendas paredes, con sus antebrazos estirados en posición horizontal invitan al estremecimiento al saber que los americanos antiguos, a su manera, tuvieron su Fénix, su hombre de Vitrubio, su despliegue de curiosidad y su búsqueda de belleza. Su inmensidad pagana germinada en gestos.

Entre Palpa y Nasca hay un espacio con forma de pizarrón nómade, de unos cincuenta kilómetros cuadrados, y en ese espacio no ha sido posible aún medir el tiempo adormilado entre los años de sus trazados esta orilla del siglo XXI.

Llegamos a Chauchillas. Cuando nos bajamos del carro los cuatro, un cómodo chevrolet Astra, se cierra la puerta y se abre algo inmenso con quichillones de trocitos de diferentes tamaños de color blanco «Son huesos humanos», dice Reynaldo, bien acostumbrado a las caras desacomodadas de viajeros. Pisar el suelo de Chauchilla da al cuerpo un latir estelar. Con cada paso queda marcada la huella de la zapatilla que llevo puesta y cada una de esas huellas no será borrada en centenares de años, salvo por otra huella. Eso me remite a la inmortalidad, como la de las momias. Eso despeja la duda sobre la inmortalidad: que también es mortal. Algún día la inmortalidad morirá.

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