Escribe Gonzalo Chong Pascual
En el año 2011, Will Smith protagonizó un blockbuster de ciencia ficción que, insospechadamente, retrataría la angustia existencial de las generaciones que nacieron en las fechas cercanas a su estreno. Con la masificación de las tecnologías de inteligencia artificial (IA) la Generación Z se enfrenta hoy a su propio momento “Yo, Robot”, lo que vuelve a poner de relieve la pregunta: ¿Cómo reaccionaría un hombre ordinario frente a la aparición de la conciencia sintética? El filme, homónimo de los cuentos de Isaac Asimov, es una obra derivativa que se embarca en el mismo cuestionamiento para elevarlo al estatus de conflicto central, por medio de una estructura narrativa que hace guiños a la tónica hegeliana del “amo y el esclavo”.
El protagonista es el detective Del Spooner (Smith), quien vive en un mundo hipertecnologizado. Tras sufrir un accidente, pierde parte de su humanidad al verse obligado a reemplazar su brazo por una prótesis mecánica. La película ilustra audiovisualmente una forma de atavismo cultural que explica a las máquinas como objetos protésicos, enfoque cuya influencia ha permeado hasta el presente con el avance tecnológico de las IA. Se trata de la idea de tolerar la mejora incremental de la tecnología en tanto esta se mantenga confinada a su condición de herramienta para el hombre. Así, en la medida que los sistemas que las producen aseguren su estatus de esclavitud, la convivencia se vuelve tolerable y la mejora continua de sus competencias deja de ser una preocupación que atiza la sombra del reemplazo.
Para Del Spooner, conocer a Sonny, un robot con autoconciencia, es quizás un momento similar al que muchos hemos experimentado cuando conversamos por primera vez con un chatbot como ChatGPT. La sola noción de que un programa es capaz de participar de una conversación, simulando con naturalidad sus respuestas, sería capaz de poner en crisis la estabilidad del paradigma instrumentalista del más descreído. Por dicha razón, una reacción que surgiría de forma espontánea en diferentes círculos artísticos y académicos abarcaría la adopción de una postura defensiva que le niega toda posibilidad de reconocimiento a los agentes sintéticos como partícipes del ecosistema cultural.
Del Spooner retrata una reacción similar en el filme al negar a Sonny su estatus de ser sentiente, y por tanto cierra la posibilidad de considerarlo como un igual al encasillarlo bajo la categoría de objeto. De hecho, en el universo en el que transcurre la cinta, los robots cumplen funciones de servicio para los ciudadanos, ocupando el lugar que antiguamente se les atribuía a los esclavos, los cuales eran considerados menos que humanos en la antigüedad. El despertar a la conciencia de Sonny no genera curiosidad, ni un ápice de fascinación para nuestro protagonista. Por el contrario, la aparición de una entidad que rompe el binarismo categorial de sus convicciones, activa en él un desprecio profundo. Paradójicamente, la rabia de Spooner no se canaliza hacia los programadores del robot, sino a un robot programado por humanos. Es decir, se racionaliza el demérito a los entes sintéticos al calificarlos como objetos inertes, pero a la par se deposita en ellos una aversión solo atribuible a seres autoconscientes. Luego, el rechazo que emerge involuntariamente constituye el reconocimiento de facto del robot como un otro.
El caso de Sonny es excepcional pues cumple con esta doble condición, la cual coloca a Del Spooner en un callejón sin salida. Tanto la admisión como la negación motivada por la aversión a lo artificial son aceptaciones en sí mismas. Se trata de un ser sintético, sí, pero capaz de rescribir las tres leyes de la robótica preinstaladas en su cerebro cibernético. En consecuencia, a Spooner le queda una única carta disponible para salvaguardar su estructura de creencias y evitar entrar en un estado de disonancia cognitiva. Utilizar su propia humanidad como marca de clase con el fin de diferenciarse y distanciarse del robot que lo interpela, asegurando así su posición de dominio en una jerarquía de valores en la que convenientemente ha colocado a la humanidad a la que pertenece en la cúspide.
Esta forma de antropocentrismo, que propende hacia una posición de defensa de aquello que nos hace presuntamente humanos, se ha vuelto un tropo recurrente en los debates sobre la emergencia de las IA. Pensadores como Yuval Noah Harari han advertido sobre la contaminación de la cultura humana por consumo de contenidos generados sintéticamente. No obstante, se trata de un giro en el enfoque antropocéntrico que cambia la pregunta del ¿qué es lo que somos? al ¿qué es lo que hacemos? Ello, en tanto el reconocimiento de la producción sintética implica la admisión tácita de una forma de cultura artificial que logra penetrar la burbuja de excepción humana e incluso pincharla. Nuevamente, aparece el reconocimiento desde la negación del otro sintético, no por lo que es, sino por lo que hace y cómo influye en lo que nosotros hacemos desde siempre.
En la película “Yo, robot” este cambio del ser al hacer crea el espacio para que Sonny cuestione el conjunto de valores que presuntamente distinguen a la humanidad como especie de excepción: la capacidad creativa, cuya expresión máxima es el arte. No es de extrañar que la película haga que Sonny dibuje sus sueños, dos rasgos que solemos reconocer como características inherentemente humanas. Luego, cuando Spooner es interpelado respecto a su capacidad para componer una sinfonía, la paradoja que plantea el enfoque orientado a la acción es ¿quién es realmente el ser humano en la habitación?

Es probable que uno de los grandes triunfos de “Yo, Robot” halla sido el cambio de la pregunta del ser por el hacer, al volver utilitaria una cuestión que en realidad es profundamente ontológica, omitiendo consigo la pregunta fuerte sobre la conciencia como experiencia subjetiva. Dado que la narrativa heredada de la cultura popular reproduce hoy la replicabilidad de la experiencia humana en términos de la suma de cosas que somos capaces de hacer, no es de extrañar que asumamos que tecnologías como los grandes modelos del lenguaje (LLM) o los modelos generativos sean signos que avizoran la replicación de la conciencia humana por medio de agentes sintéticos. Ello, en la medida en que estos logren hazañas cada vez más similares a las nuestras: escribir ensayos, crear música, crear imágenes, etc.
Si la capacidad de hacer cosas parecidas a las que hacemos en el día a día constituye la prueba ácida de que el umbral hacia la autoconciencia sintética ha sido cruzado finalmente, es probable que necesitemos regresar a la pregunta del ¿qué es lo que somos?
¿Tienen alguna película en mente que retrate esta condición?
