Círculo de Lectores
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Evangelio del lector clandestino

El lector que roba un libro lo hace para sobrevivir, como quien roba un abrigo en medio del invierno, o un pan después de varios días sin comer.

Publicado

11 Abr, 2025

Escribe Gunter Silva

En mi país, robar un libro no parece ser un crimen; a veces, es una súplica muda, un gesto desesperado de quien no tiene cómo pagar esa salvación que se esconde entre las páginas. El ladrón de libros no siempre actúa por astucia o rebeldía, sino por sed, por esa necesidad absurda e inaplazable de encontrar algo que le diga que no está solo; que el mundo, aunque sea en pequeñas letras impresas, puede volverse habitable. Suele entrar a la librería como quien entra a una iglesia a punto de incendiarse, sabiendo que nada será igual cuando escape. Y no elige el libro: es el libro el que lo elige, lo atrae con cierto brillo desde el estante más escondido, como si supiera que ese lector ansioso lo necesita más que nadie, como si la obra hubiera esperado toda su vida por esa mano temblorosa que lo esconde bajo un saco raído, como quien guarda una estrella en la palma de la mano, temeroso de que se apague.

Agarrar el libro, en ese instante, es más un acto de fe que de delito, una confesión íntima de alguien que no quiere otra cosa que una voz honesta en medio de un mundo de cabezas. Una oración hecha palabra, una brújula. Hay quienes roban por codicia, por impulso, por adicción, pero el ladrón de libros verdadero no busca acumular, no presume de lo robado, no lo esconde como botín, sino como tesoro personalísimo. Abre el libro como quien desnuda un cuerpo amado por primera vez: con asombro, torpeza y devoción. Lo lee de madrugada, bajo una lámpara moribunda; lo subraya con tristeza, lo memoriza como si sospechase que un día lo descubrirán y se lo quitarán de las manos.

A veces, es joven y no tiene nombre; a veces, tiene canas y lleva la carga de los años sobre la espalda. Pero siempre hay en él un vacío que solo el lenguaje puede sellar. Porque hay libros que no se compran: se heredan, se encuentran, se arrebatan. Y hay lectores que no son clientes, ni usuarios, ni consumidores, sino estudiantes, obreros, náufragos con la única esperanza de encontrar una isla en medio del papel.

Robar un libro no se justifica, pero en mi país se comprende, se siente. Porque el que roba un libro lo hace no para poseer, sino para sobrevivir, como quien roba un abrigo en medio del invierno, o un pan después de varios días sin comer. No todos los robos nacen del deseo: algunos nacen del silencio, de una infancia sin historias, de una casa sin estanterías, de una lengua dislocada, de un mísero sueldo mínimo. Y, aunque la culpa lo acompañe, al pasar los años mirará ese libro y reconocerá que aquel día, en esa librería en cadena, no se llevó un objeto: robó una oportunidad de seguir siendo humano. Y eso, aunque no se diga, aunque no se entienda, a veces es lo único que evita la desesperación y el vértigo.

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(Ilustración de Franco Moreno)

En el Reino Unido, un libro cuesta muy poco porque el Estado ha decidido que la lectura no debe pagar impuestos, como tampoco lo hace la comida de un bebé ni su ropa. En mi país, en cambio, un libro es casi un lujo, un objeto de vitrina, y el precio se impone como una barrera invisible entre la palabra y quien más la necesita. No es casual, pues, que florezcan los libros piratas, que la literatura se fotocopie, se escanee, se pase de mano en mano como fuego prestado en las terribles noches polares. Cuando el acceso a la cultura se convierte en privilegio, robarlo o piratearlo pareciera un acto de resistencia. ¿Qué significa entonces un libro: un bien comercial, un producto o una necesidad humana? La respuesta no está en los anaqueles de las grandes librerías, sino en las mochilas de estudiantes universitarios que cargan esas fotocopias como si llevaran antorchas. Un país que pone precio alto a la lectura, pone distancia a su futuro. Porque donde un libro cuesta demasiado, también cuesta más imaginar, pensar, cuestionar, y eso —lo sabemos— es el silencio que más le conviene al poder.

De joven, salía con una muchacha alemana. El español de Sonja era impecable, con ese acento casi musical de quien ha aprendido la lengua desde la intuición, no desde la gramática. Vivía en Arequipa por un proyecto geológico que involucraba a su universidad, y cuando hablaba de rocas o de fósiles, lo hacía con la misma ternura con la que yo hablaba de poemas o autores. Siempre llegaba con un libro de regalo cuando se quedaba a dormir en mi departamento. Eran ediciones hermosas de Anagrama, de esas con portadas en colores imposibles: violetas, naranjas como atardeceres en la campiña, celestes, amarillos o rojos. Decía que un libro sin color no debería publicarse ni venderse. La descubrí una vez, por casualidad, en una librería de la calle San Francisco. Era un sábado sin prisa y yo había salido a caminar. La vi entre los estantes, absorta, con el ceño fruncido, rebuscando como quien desesperadamente busca agua subterránea. Me quedé contemplando su figura, su cabello rojo, su pulsera plateada. Luego, la magia se rompió un poco cuando la vi deslizar el libro dentro de su morral de cuero, con la calma de quien ya lo había hecho mil veces. Me quedé helado, no tanto por la acción, yo también había soñado con robar un libro alguna vez, sino por la delicadeza del gesto, como si ese hurto no fuera un crimen sino arte en movimiento. En esos tiempos no había código de barras ni cámaras, solo unas pegatinas pequeñas con los precios escritos en la contratapa, como si el valor de un libro pudiera medirse en soles. Nunca le pregunté por eso. Ella tampoco supo que la vi. Preferí pensar que el libro la había elegido, que había pagado, que era un regalo. Y que nadie que ama un libro lo roba del todo.

Cuando Sonja me dejó por un italiano, descubrí un truco más limpio, o tal vez más cínico, para conseguir libros gratis. Llevaba un blog por esa época, lleno de notas dispares, reflexiones a medio escribir, poemas adolescentes. Empecé a enviar cartas a editoriales españolas, con una mezcla de osadía y fe. Les contaba que tenía un blog de literatura, que amaba los libros, que escribiría reseñas profundas y precisas de los libros que publicaban. Para mi sorpresa, casi todas respondían. Y los libros empezaron a llegar. Ediciones frescas, recién salidas de la imprenta. Era una especie de milagro por correspondencia. Los carteros me miraban raro, como si sospecharan que algo ilegal se cocía en esos sobres. Nunca escribí ni una sola reseña y después del libro número cincuenta o sesenta, los libros dejaron de llegar. Entre lo robado y lo regalado, entre lo comprado y lo pedido, fui juntando una biblioteca sin orden pero con sentido. Una fortaleza sólida hecha de palabras, como quien junta pedazos de cielo antes de que anochezca. Con el tiempo, la biblioteca creció, pero fui perdiéndola en mudanzas, regalando sus restos a amigos —casi todos ladrones de libros en potencia—, como si supiera que los libros deben moverse inevitablemente, deben fluir de mano en mano. Seguir su viaje, rescatando a otros en el camino.

Gunter Silva
Gunter Silva es licenciado en Artes y Humanidades, con una maestría en Literatura y Creatividad Literaria de la Universidad de Westminster. Su producción incluye el libro de relatos Crónicas de Londres (Lima, 2012), la novela Pasos Pesados (Lima, 2016), El Baile de los vencidos (Buenos Aires, 2022) y Neutrino, cuaderno de navegación (Lima, 2024).

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