Escribe Paolo de Lima
Cuando Lima la horrible apareció en 1964, su impacto fue inmediato y duradero. Con una prosa incisiva y combativa, Sebastián Salazar Bondy ofreció una lectura moral y cultural de la capital peruana que trascendía el ensayo de costumbres o la crítica urbana. Lo que proponía era una radiografía de la nación a partir de su ciudad emblemática, un retrato de las jerarquías y las imposturas de una sociedad que se resistía a modernizarse. Más de medio siglo después, el texto conserva una vigencia desconcertante: su tono de denuncia, su lucidez para desenmascarar los mitos de la “ciudad criolla” y su crítica a la desigualdad estructural de Lima dialogan con los dilemas actuales del país.
Salazar Bondy no escribe desde la distancia del observador académico; lo hace desde el compromiso del intelectual que concibe la literatura como herramienta de transformación ética. Lima la horrible se inscribe en la tradición del ensayo latinoamericano en el que el diagnóstico cultural se articula con una postura moral. Como en El laberinto de la soledad o Los hijos del limo de Octavio Paz, el autor parte de la idea de que comprender la identidad nacional exige confrontar sus ficciones fundacionales. En esa perspectiva, Lima no aparece únicamente como el escenario de la vida peruana: se convierte en su metáfora central, una ciudad que encarna la tensión entre la apariencia de civilización y la persistencia de la exclusión.
El pasado 23 de febrero de 2024, con motivo de las conmemoraciones por el centenario del natalicio de Sebastián Salazar Bondy, participé en un conversatorio en la librería Vallejo de San Isidro junto a Alejandro Susti, donde compartimos reflexiones en torno a Lima la horrible. En esa ocasión propuse una lectura que reconocía en esta obra la presencia de elementos de escritura barroca, idea que sustenté citando este pasaje del capítulo “La ciudad devota y voluptuosa”: “Y esta es barroca, retorcida y exterior, recubierta del similor que reviste la espiral salomónica de las columnatas, los imponentes artesonados que quieren reunir en el maderamen solidez y ligereza, o el marco estofado con vidriantes y espejuelos que insolentemente amengua el lienzo que exhibe. Nunca llegó a convencer de veras a la vigilancia eclesiástica el culto reconcentrado, la intimación con el alma misma, la entrañable plática del retiro claustral”. En este fragmento, la descripción de la arquitectura religiosa limeña se convierte en una metáfora del propio estilo de Salazar Bondy, cuya prosa imita la densidad, el claroscuro y la tensión ornamental del barroco. El exceso material y retórico del templo funciona como una imagen crítica de la cultura criolla, donde el artificio y la apariencia sustituyen la autenticidad espiritual.
Esta interpretación fue luego recogida por Susti en un artículo donde observó que la prosa de Salazar Bondy adopta, por momentos, recursos de la estética barroca –alteraciones sintácticas, proliferación adjetival y léxico cultista–, especialmente al describir la religiosidad limeña y la atmósfera recargada de los templos coloniales. “Paradójicamente –escribió Susti–, esta prosa, al representar la densidad ornamental de los interiores eclesiásticos, se vuelve a su vez arquitectura del lenguaje” (“Géneros discursivos en LLH de SSB”, revista Metáfora 13, septiembre 2024). Dicho apunte es retomado por Susti en el prólogo de su edición de 2025 con Pesopluma de Lima la horrible (pág. 12), donde incluyó estas observaciones sin el reconocimiento explícito que sí figuraba en un pie de página de su artículo. Con ánimo de diálogo crítico, dejo constancia de ese trayecto intelectual y desarrollo a continuación una reseña que amplía aquella lectura inicial, incorporando nuevas perspectivas sobre la obra: la nostalgia petrificada, las contradicciones urbanas, el tono satírico y la memoria colectiva.

La ciudad y el mito criollo
El núcleo del libro es la demolición del mito de la Lima criolla. Frente a la imagen idílica de una capital amable, tradicional y festiva, Salazar Bondy muestra una urbe enferma de desigualdad, cuya “cortesía” encubre el racismo, el clasismo y la violencia simbólica. La Lima del ensayo no se presenta como una ciudad heroica ni ilustrada; surge, más bien, como una estructura de poder cimentada en la negación del otro. El “criollismo” que exalta la picardía y el ingenio limeño se revela, para él, como una forma de alienación colectiva: un modo de evadir la responsabilidad histórica y de perpetuar una cultura de simulacros.
El autor desmantela así la autocomplacencia que había dominado la representación de la capital en la literatura y la vida pública. Donde otros veían gracia o color local, él detecta cinismo y decadencia. En su mirada, la Lima festiva y colonial es también la ciudad del miedo, del servilismo y de la indiferencia ante la pobreza. Salazar Bondy denuncia la distancia moral entre el centro y la periferia, entre los barrios de la élite y las barriadas emergentes que comenzaban a transformar el rostro urbano en los años sesenta. Esa tensión entre el orden aparente y el desborde social anticipa el debate sobre la ciudad desigual que seguirá marcando la crítica literaria y sociológica peruana durante las décadas posteriores.
Pero Lima la horrible no es solo una denuncia. Es, sobre todo, un intento de entender cómo la historia y la cultura han producido ese modo de ser colectivo que el autor llama “criollismo”. Su lectura de la ciudad parte de una premisa antropológica: Lima refleja el alma del Perú. La urbe es el espacio donde se concentran los vicios y las posibilidades del país, y el ensayo busca explicar por qué esa concentración ha producido más frustraciones que avances. Salazar Bondy ve en el criollo limeño una figura del desencuentro nacional: ingenioso pero superficial, cordial pero desconfiado, hábil para sobrevivir pero incapaz de imaginar una comunidad más justa. En su retrato, el humor se confunde con la burla, la cortesía con la sumisión, la tradición con el inmovilismo.
Estilo y retórica del ensayo
Una de las razones del poder perdurable del libro es su estilo. Salazar Bondy combina el rigor del ensayista con la intensidad del moralista y el ingenio del polemista. Su lenguaje, al mismo tiempo irónico y solemne, no teme a la exageración retórica si con ello logra sacudir al lector. De hecho, su escritura asume la exageración como método: la hipérbole funciona como espejo deformante que revela verdades ocultas bajo la costumbre. En una época en que la crítica social peruana tendía al discurso técnico o sociológico, Salazar Bondy recupera la tradición del ensayo literario como género de intervención pública.
La prosa de Salazar Bondy se torna barroca no por exceso sino por necesidad: una escritura que busca belleza en medio de la carencia. Esa dimensión revela tanto una estética como una ética: escribir desde la escasez y convertir la precariedad en lucidez. La barroquización del lenguaje no persigue la ornamentación: expresa la conciencia de una realidad excesiva, saturada de contradicciones. Por ello, el tono del ensayo oscila entre la elegancia y la denuncia, la ironía y el lamento.
El estilo de Lima la horrible es también un gesto de ruptura con el academicismo. Salazar Bondy emplea una retórica cercana a la oralidad –preguntas directas, exclamaciones, enumeraciones vehementes– que busca interpelar al lector y no permitirle refugiarse en la indiferencia. Su prosa actúa como una conversación provocadora con la ciudad: cada página parece escrita desde la indignación y la esperanza a la vez. En su estructura, el ensayo avanza mediante contrastes: la Lima real frente a la Lima soñada, la autenticidad frente al simulacro, la posibilidad de cambio frente al peso del pasado.

La vigencia de una denuncia
Más que un testimonio de su tiempo, Lima la horrible es una obra que continúa interpelando el presente urbano. En la Lima contemporánea –fragmentada, desigual, saturada de contrastes– resuenan muchas de las preguntas que el libro formuló hace seis décadas. La crítica al criollismo como ideología de la apariencia se traduce hoy en la discusión sobre el racismo estructural, la informalidad o la fragilidad institucional. La ciudad que Salazar Bondy denunció sigue siendo un espacio de exclusión y desencuentro, aunque haya cambiado su fisonomía.
Lo que sorprende en la lectura actual no es solo la vigencia del diagnóstico; también impacta la profundidad moral de la propuesta. El autor no se limita a condenar la hipocresía limeña: propone una ética del reconocimiento y la autenticidad. Frente al simulacro de la cortesía criolla, sugiere una relación más honesta entre los ciudadanos, una cultura capaz de aceptar su pluralidad sin convertirla en jerarquía. En ese sentido, Lima la horrible no es un texto pesimista; es, más bien, una advertencia: solo confrontando la propia fealdad es posible construir una belleza verdadera.
El ensayo anticipa debates que después asumirán otros escritores y pensadores peruanos. Todos ellos, en distintas formas, continuarán la reflexión sobre Lima como escenario del desencanto moderno. Pero Salazar Bondy fue el primero en formular la idea de que la crisis de la ciudad es una crisis de conciencia. Su mirada se aparta del costumbrismo nostálgico y del nacionalismo triunfalista para situar al Perú en el espejo incómodo de su capital. Al hacerlo, redefine el papel del intelectual: deja de concebirlo como portavoz de certezas y lo coloca en el lugar del testigo del malestar colectivo.
Lectura contemporánea y legado
Leído desde el siglo XXI, Lima la horrible puede entenderse como una genealogía del malestar urbano latinoamericano. El tono de denuncia que recorre el libro –su mezcla de desesperanza y lucidez– anticipa una sensibilidad que encontramos en las crónicas y ensayos posteriores sobre la ciudad posmoderna. La Lima de Salazar Bondy, marcada por la desigualdad y la hipocresía social, se ha transformado en una megalópolis atravesada por nuevos conflictos: violencia, migración, contaminación, desarraigo. Sin embargo, la estructura simbólica que él describió permanece: una sociedad que sigue juzgando la apariencia más que la sustancia, y una cultura que convierte el privilegio en norma.
Su actualidad se explica tanto por el diagnóstico urbano que propone como por su lectura de la cultura como espacio ético. Salazar Bondy plantea que toda estética es también una política: la manera en que una sociedad concibe la belleza revela la jerarquía de sus valores. Su crítica al criollismo como “cultura de fachada” implica, entonces, un llamado a repensar la relación entre arte y moral. En ese punto, su obra dialoga con las discusiones contemporáneas sobre la representación, la memoria y la justicia simbólica. El autor no solo denuncia una ciudad; propone imaginar otra.
Desde el punto de vista estilístico, Lima la horrible consolidó un modelo de ensayo que combina erudición, pasión y claridad, un estilo de escritura crítica que influiría en generaciones posteriores de intelectuales. Su voz se reconoce en la ensayística peruana posterior, en la que varios autores han prolongado la idea del ensayo como acto de crítica e intervención cultural. Además, su lectura al criollismo encontró eco en disciplinas como la sociología o la historia cultural, donde el término se ha resignificado como una categoría de análisis estructural.

Conclusión
Más que un libro sobre Lima, Lima la horrible es un ensayo sobre el Perú y su conciencia escindida. En su lectura del espacio urbano se cifra una ética del reconocimiento y una pedagogía de la lucidez: mirar lo que se prefiere ocultar. Salazar Bondy comprendió que la fealdad de la ciudad no es estética sino moral; que la arquitectura del desprecio se reproduce en los gestos, los lenguajes y las costumbres. Su denuncia, escrita con la urgencia de quien ama lo que critica, sigue siendo una de las intervenciones intelectuales más poderosas de la literatura peruana moderna.
El título, que en su momento escandalizó, hoy se ha convertido en un emblema. “Lo horrible” ya no designa solo la miseria física o la fealdad arquitectónica: ahora alude también a la persistencia del egoísmo y la indiferencia. Leer Lima la horrible es, todavía, enfrentarse a una pregunta incómoda: ¿ha cambiado algo en la ciudad que describió Sebastián Salazar Bondy o seguimos siendo los mismos, solo más conscientes de nuestra contradicción? En esa tensión entre crítica y esperanza reside la vigencia de un texto que convirtió la literatura en espejo moral del país.
