Mi cerebro transmuta en nubes
Mi cerebro es una nube gris
que por las noches se fuga de mi cráneo;
sobrevuela la sombra de mi sombra
y la caverna que me absorbe,
huye de la suerte de mi mente
huye de la muerte que me espía.
Mi cerebro
levísimo levita
transmutando en una gran tortuga
que despacio fluye en la invención del tiempo;
en el microcosmos se sumerge
como un estropajo que asea
las más negras confesiones de un horno crematorio.
Mi cerebro es una nube blanca
que por el día en mi cráneo se refugia
para chapucear en sangre
para reposar en su vacío.
Por mis ojos el mundo observa
y corremos por corredores revelados por la luz
con anuncios de humo blanco – de humo negro
y bardas somnolientas donde los gatos
el amor hicieron bajo una red de estrellas.
Mi cerebro es una nube gris – una nube blanca
una nube azul
que condensa un cardumen de invenciones
y asciende de una trágica comedia:
mi cerebro es una ilusión – un razonamiento
un vapor que conserva toda mi memoria
un globo atravesado por un hemisferio
un salto de sapo religioso
y un cinema que proyecta mi inconsciente.
Mi cerebro es una nube gris – una nube blanca
una nube azul
o sólo una nube
en la vorágine
en el vértigo
en el vértice
en el lugar más despejado del cosmos
donde un neurólogo
o quizá Dios
asoman a mi cabeza.
A una edecán con altos niveles de azúcar
La miel es peligrosa
puede causar esquizofrenia.
Dulcísimo estertor es
padecer encuentros con apicultores
con mirtos desmayados en tus piernas.
Nada tranquiliza a la fructosa
cuando en tus hombros aterrizan abejas
con aguijones de diabetes
y esas barrigas de jalea listas para untar
o para eternizarse en frascos de conserva.
No importa si tus besos
saben a conejitos de chocolate,
si mi adicción a tu glucosa
sirve para polinizar el pan tostado,
si tus inexistentes caricias
asisten para amputar mis piernas
y contaminar de mermelada mi sangre
y hacer de mi pecho un bloque de amaranto
preparado para aprisionar tus envinados senos.
Amarte es mi única ilusión
en una tienda de caramelo, de malvavisco,
de chocolate exprés, de tus uñas confitadas.
Estoy entregado a sobrevivir
a todos tus niveles de lentísima muerte.
Hipnótico a tu andar azucarado
me disuelvo en el néctar de tus ojos
en tu ternura de quirófano,
de estrellas glas, de estrellas de insulina
que eternizan mi último contrato
con una farmacéutica.
Cocinero e insecto
(Diálogo último en la frontera)
Un extractor, tenedores, la cocina sucia y toda la mugre de un país en diez cucharadas de azúcar. Aún puedo percibir mi ceguera colapsada en la frontera. Tanto tiempo hemos estado juntos; desde la lumbre de la estufa hasta el rincón del desperdicio, que esta plancha de operación culinaria enloquece por tanta mirada nuestra.
Dirás:
“Es mejor extinguirte, al menos en este lugar”.
Hay un estropajo en el fregadero, el jabón es arena para sepultar mi patria. Tengo motivo para escobillarme, para poner a secar mi cabeza sobre un plato y recibir un hilo de miel que permita purificarme de todo el odio del mundo. Así, los comedores compulsivos no tendrán repugnancia por masticar mis pastas, mi barriga encinta, mi cuerpo inflamado y crujiente, empapado de moras y saborizante de cereza.
Y dirán:
¡Qué bella cucaracha en la ensalada!
Más aun cuando mi rostro comience a desfigurarse entre sus muelas.
Ilusión marina
Vivo en el mar. No soy un pez, tampoco el capitán Flint o el ojo de una ballena. Prefiero evitar toda semántica marina, no soy nada en ese diccionario. Sin embargo, juro que vivo en el mar. Debo confesar que nunca he navegado, nunca mis pies emprendieron un balompié contra las olas, nunca he podido sumergirme en ese telar donde los barcos fundan su cementerio. Sólo lo sé, vivo en el mar, lo contengo en esta memoria de argonauta.
Cuando estoy triste, mi día es un hospital de focas. Mi casa está sumergida en la Ciudad de México. En oscurantismo, mi lámpara parece leer la nomenclatura de las estrellas, la bitácora de Simbad. Si recuerdo la Odisea, mi hogar es una tripulación fantasma. Ahora presiento la alta marea arribando a este sofá, un hechizo de tempestad inunda el espacio que nos separa de esta página. Se liberan todas las memorias del océano: se alza una arquitectura de coral, los submarinos alemanes en el Golfo de México. Todo es iluminación cuando la mano de Dios separa el petróleo de las corrientes submarinas.
Ahora no hay que creer en las supersticiones de la razón, es real ese ballet de medusas saltando en mi cabeza, la competencia de esgrima con mi nariz y un interruptor liberando anguilas. Respiro bajo el agua, frente a la sardina en un congelador, escucho los remos de Yemayá navegando hacia el imperio. Papá enciende la radio: Noticias del huracán Catrina. Aún persiste la tormenta, aún el faro nevando su espíritu infra rojo. Aún Tú, nosotros, flotando en la incertidumbre. Miremos la sal sobre la mesa, las latas con atún comienzan a temblar, despiertan de la muerte las angulas, todo es buceo e inundación. El agua de las cisternas estalla en un acuario. ¿Escuchas el genocidio de un barco japonés? Ya se hundieron las carabelas españolas, y pesar de que Juan anuncie las langostas del Apocalipsis, Cristo aun camina por el mar.
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Hugo de Mendoza (Guadalajara-México, 1976). En 2005 fundó el Colectivo Litargen. En 2009 fundó la revista de Crítica Literaria «El Golem» de forma impresa. Dirigió los Ciclos de Crítica de la poesía y narrativa en México de 2017 a 2020. Ha impartido talleres de creación literaria en escuelas secundarias. Ha publicado los libros Danzar del agua (2009), 34 Episodios de Piscis (2010) y Confesión en el diván / Seguido de cuando los ángeles se materializan (2023). Dirigió el encuentro de poesía Vértice en el tiempo. Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés, portugués e italiano. Actualmente dirige la revista de crítica literaria «El Golem» de forma virtual.
