la noche se escurre por los ojos
la ligereza de los días
no puede con la enajenación
hoy
que tiritas
entre las sábanas de mi cuerpo
te extiendes por mis huesos y
esta piel en que me reconozco
—¿seguir más con enajenación?—
te veo oscura
viscosa
emanar como petróleo
de mis ojos
como fúnebre miel
marchando
mar negro
tormenta en el espejo
¿cuánto asco
—impúdico alquitrán—
podrá salir
de mi boca?
(Un pequeño olvido, 2025)
la tibieza de sus manos
para mi segunda madre
I
llamabas cada cumpleaños
y con tu voz empezaba todo
las pisadas conspirativas los regalos
el ligero canto en el alba
el halo dorado
irse desinflando con el pasar de las horas
luego nos dijeron
supe que no habría más llamadas
ni visitas a tu consultorio
ni ese ritual que hacían tus dedos
sobre mi abdomen
lluvia como tu silencio
en septiembre
un filo tantea
mi piel en sombras
recuerdo el primer cumpleaños que no llamaste
II
le escribí una carta a tu hijo
pocos días después de que entregaran tus cenizas
nunca la pude acabar
empecé
—como hago con todo—
desbordándome sobre el papel
dejé la carta durante meses
sin mover una coma
lloviznaba tu recuerdo
un relumbre ausente
frisado
en la luz de tu olvido
el diluvio
brotaba de mi garganta
temblaban mis dedos
volvía a leer la carta
volvía a fracasar
sin agregar una palabra que
pudiera acercar mi aliento al punto final
es cierto
nunca terminé la carta
no sentía que era suficiente
y al mismo tiempo
era lo mínimo que debía escribir
III
no creías en dios
ni en los altares
y aun así tuvimos que sentarnos en una iglesia
todos esperando
que el fuego consumiera lo que dejaste de ti
pero ya no estabas
y era ridículo pensar
que te hubiera gustado
vernos a todos en esos pupitres
escuchando al cura deshilarse
entiendo por qué no creías en los altares
pero me hubiese gustado que creyeras en las tumbas
en palabras grabadas en el mármol
porque hasta hoy
tengo ganas de conversar contigo y no sé dónde ir
IV
estabas ese día
en que murió él
tenía trece,
yo diecisiete
es cierto
lloré tanto que me dolió el rostro
fue la primera vez que sentí la muerte
sentarse al lado mío y esperar
media docena de lirios en las fosas nasales
lloré también por miedo
desde entonces no dejé de verla
sentada
esperando
mamá no sabía qué hacer
ni yo ni mi hermana podíamos dejar de llorar
te llamó
nos recibiste con un abrazo
jazmín brotando de la noche
floreciendo
en tu consuelo
dormí en la cama de tu hijo
ese que se fue y no volvió
más que para cuidarte al final
el día siguiente teníamos que ir al colegio
no recuerdo cómo hicieron
para estirarnos la piel
para sentarnos como siempre
a aprender de enlaces iónicos y
el pretérito imperfecto pero
yo recordaba
tu voz conmigo
no es justo, corazón
lo sé
llorá lo que tengás que llorar
ya voy a cumplir treinta y dos
y siento que sigo llorando
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Aldair Apodaca (Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 1994) es poeta. Estudió Escritura Creativa en la UPSA. Publicó su primer poemario Un pequeño olvido (2025), bajo El Ángel Editor de Ecuador. Miembro del taller Llamarada Verde, publicará con este sello su segundo poemario, La tormenta que dejamos (2026). Ha participado en festivales destacados como el Encuentro Internacional de Poesía Ciudad de los Anillos, la Semana Internacional de la Poesía de Bolivia, el festival Jauría de Palabras y el Encuentro de Poesía Paralelo Cero.
