Escribe Renato Sandoval Bacigalupo
Cuando Herman Melville lanzó a un mar de gente su Bartleby, el escribano en 1853, el naufragio de sus novelas Moby-Dick (1851) y de Pierre (1852) ya lo había sumido en una profunda decepción. El escritor, que quería escrutar los abismos del alma humana, se veía por fin reducido al silencio de un público que le exigía levedad y obediencia, relajo y pasatiempo. De esa crisis nace Bartleby: un personaje sin apellido, sin pasado, sin futuro, casi sin voz y sin cuerpo; su delgadez exacerbada lo hace espectral, casi transparente, un sosias del cervantino Licenciado Vidriera, como si por todos los medios él se hubiera esforzado por tener un cuerpo en constante consunción que no pudiera ser advertido por los demás, para que ellos no se percaten de su “particularidad”, de su “rareza”, armada presumiblemente de fragilidad, inseguridad y desamparo; en otras palabras, para pasar del todo desapercibido, ya que su “diferencia” podría incomodar, molestar o escandalizar a los que le rodean. ¡Ecce Bartleby!, patética la “cosa” venida de otro planeta y caída en este otro, regido por la indiferencia, el dinero y el menoscabo.
Melville abre su relato en la Calle del Muro —Wall Street—, escenario donde la vida humana ha quedado reducida a la descarnada función económica. Allí trabaja un abogado —como personaje que narra la historia (homodiegético)— satisfecho de su rutina, convencido de que “el modo más fácil de vivir es el mejor”. Su mundo parece estable, razonable, civilizado, hasta que aparece Bartleby, el escribano inmóvil, delicado y enigmático, que primero responde con rapidez y esmero a cualquier orden y pedido, pero que no tardará en rechazar u omitir esas apelaciones con una frase tan inopinada como desconcertante: “¡Preferiría que no!” (I´d prefer not to!)[1]
Desde ese momento, todo se resquebraja. El sistema entero —el de la oficina, de la razón, del lenguaje— se tambalea ante esa negativa sin violencia. Melville convierte la cortesía en un arma metafísica: la preferencia se opone a la obligación, la quietud a la productividad, el silencio a la lógica del acatamiento. Sin embargo, el uso casi catatónico de “preferir” (en el texto aparece cuarentaisiete veces, incluidas sus variantes) no es exactamente una oposición asertiva, sino más bien una manera sutil de no afirmar ni negar con seguridad o certeza; es una especie de suspensión comedida ante un acto verbal como lo es una solicitud, una invitación o una orden que espera ser respondida por su interlocutor, más aún si se trata de una relación entre una autoridad y un subordinado.

Pero pensando en la historia propiamente dicha, creo que una de sus imágenes más significativas es la del muro, hecho de ladrillos “muertos”: el que Bartleby contempla desde su escritorio, el que encierra su oficina y, finalmente, el que lo acompaña hasta que muere, “con la cabeza apoyada en la pared fría”, en la prisión premonitoria e irónicamente llamada “Las tumbas”. El narrador, sorprendido, dice del recinto de Bartleby: “No había vista alguna”; solo una pared blanca, alta, sin horizonte. El escribano copia y vuelve a copiar documentos ante ese muro como si copiara, sin alterar una sola letra, su propia condena. El espacio de trabajo se convierte en una celda, en el espejo material del alma de entonces y de hoy: aislada, sin aire, sin misterio. Toda la vida del personaje es una lenta aproximación a un muro definitivo y final, una regresión hacia la piedra, hacia el paredón cósmico.
Pero si hay algo que podría transmitirle algo de luz y movimiento en su vida es la figura del abogado, otro innominado, quien, para ser honestos, no es un villano: es el hombre razonable, el ciudadano correcto, el representante de la moral y del orden. Se apiada de Bartleby, intenta ayudarlo, defenderlo, acogerlo, pero su compasión es tibia y contradictoria: una piedad que no quiere tiznarse de incomodidad y nuevas responsabilidades. Cuando ya no soporta al escribidor, que porfía en su mutismo y abandono, el narrador-empleador ya no lo despide: se muda de edificio; no, en realidad huye para no verlo más. ¿Pero por qué lo hace? ¿Por qué renuncia a sus numerosas y por momentos desesperadas tentativas de establecer con él al menos un mínimo contacto personal que haga a ambos más razonables y humanos? Nadie lo sabe.
Solo que Bartleby ya no reacciona, no habla; ya casi ha abjurado de su frase comodín tan insuperable como sublevante y, con todo, su silencio resuena más que cualquier discurso. Melville, con esa voz ausente, revela su inadecuación al entorno y su penosa indefensión; una criatura que ya no encuentra lugar en su propio ser, que vive frente al muro del mundo sin poder ni querer derribarlo. Y tal vez por eso calla, ya no se alimenta, se consume, se debilita en su soledad y apartamiento; no prefiere nada, salvo ver por última vez el muro muerto, con la esperanza de que esta vez sí lo proteja y acaso tolere lo que queda de su existencia. Por su lado, el abogado llora a Bartleby porque intuye que, en su persistente y sistemática negación que lo ha llevado a esa situación tan trágica como absurda, hay una pureza y un deseo de lo absoluto que el resto ha ignorado o perdido sin remisión.
“¡Ah, Bartleby! ¡Ah, humanidad!” En ese lamento final, Melville no solo despide a su personaje: le dice adiós a la fe en el progreso, en la razón y en la utilidad. Acaso le queda, como a Bartleby, la preferencia de no decir nada: el silencio como última forma de verdad, aunque esta verdad sea elusiva o simplemente mera ficción.Esa exclamación postrera no es un grito sentimental, sino una epifanía tardía. El abogado comprende que la mudez del escribano no es locura, sino una forma extrema de verdad: la negativa a vivir en un mundo que para él ha perdido todo sentido porque no tiene contenido, al igual que la vaciedad de la letra muerta de los contratos y las leyes que él copia automáticamente. Bartleby no destruye nada; simplemente deja de colaborar con el absurdo. En el fondo, Bartleby es el doble del propio Melville: un artista que “preferiría no escribir” para un mundo que no lo entiende. El fracaso de sus novelas, el silencio del público, la soledad del creador que se niega a fabricar entretenimiento, todo eso se refleja en el escribano inerte que un buen día prefiere dejar de copiar. Melville se proyecta en él con una ternura secreta: lo observa morir, pero también lo admira y lo siente como su otro yo. Todo parece indicar que ya-no-escribir es una manera comprensible y aceptable de saltar el muro.

Melville, precursor del vacío
Sin saberlo, pero sí viviéndolo, Melville escribe el primer relato del absurdo moderno, mucho antes de Camus, Sartre o Beckett. Bartleby es el primer hombre que dice “no” al sinsentido del trabajo mecánico, a la utilidad sin alma, a la razón que ha sustituido a la compasión. Su “preferiría que no” es una negación atildada, pero total: un modo sui generis de afirmar la libertad interior incluso cuando no queda nada que elegir.
Camus habría visto en él un precursor de su Sísifo: un hombre que, al comprender el absurdo, ya no protesta ni espera; soporta su carga y acepta la condena de empezar una y otra vez desde la nada. Kierkegaard, su contemporáneo, habría reconocido en Bartleby al individuo que se aparta del rebaño, el que se atreve a estar solo ante el infinito. Kafka, medio siglo después, prolongará esa visión en La metamorfosis, El proceso, La metamorfosis…: el hombre atrapado en un sistema inhumano, cuasi animal, sentenciado al silencio, al repudio y a la vergüenza.
Bartleby, así, es el antepasado de todos los héroes del vacío y del extrañamiento, como señalaba Borges. Pero su resistencia no es activa como la de Gandhi, quien buscaba con ella la independencia y la libertad de un pueblo; es más bien una resistencia pasiva ante un drama metafísico e individual, un verse cara a cara con lo “Abierto” que lo desafía e invariablemente lo derrota sin atenuantes. Es, pues, la primera forma literaria del nihilismo contemporáneo, pero también una ética de la pureza: no luchar por el poder, no adaptarse, no traicionarse, solo perecer sin hacer daño a nadie ni llamar la atención.
¿Una frase cerrada o una fórmula para el vacío?
Y en cuanto a “I’d prefer not to” (“Preferiría que no”), es preciso resaltar en esa frase la falta de un referente específico a la forma inglesa, donde “not to” (“que no”) denota una agramaticalidad caracterizada por una ausencia del objeto de una preferencia o no preferencia o, si se quiere, por una anomalía o licencia, todo lo que funciona por igual en inglés como en español.[2] En ese sentido, ese par de palabras, matizado por el tiempo verbal con que Bartleby usa el término “preferir”, no solo habla de la diferencia entre cortesía y voluntad, así como de la realización del acto de afirmar o negar; también suspende (o suscita suspenso) qué es lo que se prefiere o no, cuál es el objeto de lo que se pregunta o responde, de lo que se asevera o niega, de lo que se pide o rehúsa. Este es, pues, un recurso muy hábil e ingenioso para implicar un agnosticismo epistemológico y existencial, donde el sentido de la existencia y del conocimiento es casi imposible de alcanzar.
Por último, el aspecto y el valor de la estructura agramatical de esta frase omnipresente pueden funcionar alternativamente como mantra, encantamiento o maldición, proferida por un fantasmal y enigmático Bartleby, quien contagia o contamina el lenguaje, la mente y el comportamiento de los demás personajes de esta historia, no desprovista de hipérboles y de cáustico y negro humor. También cabe señalar que al no completar el enunciado “I’prefer not to” (“prefiero que no”), eso permite no presuponer que la respuesta sea “hacer, o no hacer algo”, sino también incluir al interlocutor o a terceras personas como agentes de hacer, experimentar, ser… Es decir: “Prefería que tú (él, ustedes, él, ellos) no me molestes (-e, -en)”; o “preferiría que no seas así”. Como se puede ver, la forma abierta del “not to” (“que no”) no implica que haya que completarla con “hacer, hacerlo,” sino que permite otras posibilidades y, claro, también otros vacíos. (RSB)
[1] He optado en mi traducción por “Preferiría que no”, a diferencia de la hasta ahora canonizada “Preferiría no hacerlo”). Lo explicaré más adelante.
[2] Lo mismo sucede en traducciones de esa frase bartlebiana en francés (“Je prfère ne pas”, “je préférerais ne pas”), en alemán “Ich möchte lieber nicht”), en italiano (“Preferirei di non”), que tampoco es completada con “hacerlo” “…es zu machen”, “…le faire”, “…farlo”, respecivamente.
