Círculo de Lectores
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Como un jab en pleno mentón

Sergio Gómez Reátegui nos regala su nueva entrega poética: un jab con la banda sonora de Charly García las avenidas más salvajes del delirio.

Publicado

22 Abr, 2026

Escribe Renato Salas Peña

(Palabras de bienvenida al libro Joven de noche, de Sergio Gómez)

Me acerco a los cincuenta con el cuerpo mustio, la sonrisa desdentada, los bolsillos en completo subdesarrollo.

Conocí a Sergio cuando aún no aullaba adolorido estos delirios que nos suelen ocasionar los almanaques fatídicos, peor aún, en la soberbia poética de un viejo boxeador que se resiste a bajar de los rings, de esas peleas que nos ofrece la vida. Y les contaba, que lo conocí cuando rebosaba todavía de esa creída eterna juventud, cuando habitaba por esa Breña, pegadita a la Av. Venezuela, entre calles como Aguarico y Pastaza que atestiguan viejas confesiones adictivas, y sí, era joven como todos los jóvenes y se hizo pata de los Cultivo y habito entre nosotros en el parque de El Colchón y aun no se preocupaba de acercarse a estos 40, y peor aún, a estos 50: marchito, lánguido, desdentado y cariado como todos los peruanos y con los  bolsillos parchados de esperanza. Pero es así, como empezó este trajinar por la malévola poesía, se le advirtió, que conste eso en las actas del perdón, se le dijo más de una vez que no hay manera de escapar de esta, pero su esquina no tiró la toalla, se mantuvo round tras round, droguis, casi noqueado por un jab, hasta hoy.

Keats, Shelley, Novalis, Lorca, Dylan Thomas, Plath, Vallejo, Hernández, Rimbaud, Dalton, Heraud, Ojeda no pasaron los 50 años, y con esto no quiero brindar un alivio, pero son una clara muestra que la inmortalidad existe antes de esta edad y aunque siempre esta tarea tenga un peso en la búsqueda de esa trascendental musa

que salpique paz, de su blusa, y que gotee paz, que inunde las veredas, todas, de paz, charcos y charcos de paz.

Esa es la voz agónica del poeta Gómez, la solicitud de la paz, el anhelo de la paz, pero a qué paz se refiere nuestro poeta: a la de la calma interior, a la de la ausencia de violencia, a la que reconcilia, a la de la armonía del Universo, a la sagrada y espiritual, a la estética, o, simplemente, a la utópica. Sergio pide que esta salpique, gotee, pero que luego inunde en charcos, que nos emborrache algo tan vital y tan sencillamente poético como la paz.

Sergio Gómez Reátegui
Portada de la esperada entrega poética de Sergio Gómez Reátegui

Pero también se siente un caballo: fuerte, veloz, musculoso, ágil, imponente, esbelto, indómito, rebelde, salvaje, impetuoso, no sé si como el caballo de Pimentel o como el de Washington Delgado, pero esa paz choca en un encontrón con la figura del caballo:

Los chicos de veinte cabalgamos libres por el campo, relinchando promesas que jamás cumpliríamos porque los potros que saltan al ruedo van siempre de prisa, a sus anchas, a campo abierto, huyendo de la tutela paternal, de las sogas que los domestican

Este joven de noche, que surca con la banda sonora de Charly García las avenidas más salvajes del delirio, hoy nos regala su nueva entrega poética: incendiaria, kamikase, molotov, porque esa es la poética que Sergio se ha implantado como marcapaso en el corazón, la coloquialidad que nos acerca, nos des-maricona, nos une en un parque, en un bar de medio pelo o en alguna vereda donde se sientan los perdedores a contarse sus emocionantes derrotas.

Ya quisiera yo que mis poemas hicieran volar dos casas a la redonda. En la polvareda de mi calle, se escribe con la realidad de una navaja apretándonos el cuello.

El escenario es la ciudad, es el barrio, barrio de broncas, no el condominio cerrado en donde  nadie se saluda ni se regala un gesto; es el barrio donde todos somos primos, todas son nuestras tías y tenemos pase libre en todas las casas porque somos una inmensa familia que no tiene el mismo apellido, pero que compartimos nuestras deudas y nuestros muertos y del que solo salimos con las patas adelante y con una sonrisa de satisfacción de no haber hecho nunca nada, o bueno, lo mínimo necesario para llegar a ser

un cuarentón resignado que no pisa discotecas, y como buen boxeador, que sabe retirarse y deja el ring antes de que un joven sin mayores atributos lo humille, también he sido un borracho creativo, un ocioso más con imaginación.

Porque de eso se trata la poesía, de ese malditismo que nos mata de a pocos, o de un tirón como a nuestro cumpa, el Rudy Pacheco, que se nos fue más rápido que dos hielos en un guiski on the rock. Eso es lo que viene haciendo Sergio Gómez, una poesía veraz, sincera, de patas que comparten un trago y se cuentan su día, su hinchada y ven llegar el amanecer que les cae encima mientras orinan en el arbolito de la vecina toda su adolescencia que los ha dejado olvidados.

Las muchachas me miran como a esos animales prehistóricos que se estudian en el colegio: ven a un fantasma en la circulación, dando tumbos, una y otra vez, criatura frágil para el seguro social, parte de una generación de restos fósiles que afean las pantallas, durmiendo y despertando en sarcófagos, habitando una ciudad que ya no nos pertenece.

Y sí pues, los poetas son feos, descuidados, irresponsables, bebedores, y encima, soberbios, alucinados, pedantes, altaneros, pero su compromiso con alguna causa noble, casi absurda suele salvarlos del cadalzo de la vida, encuentra su reconciliación con el mundo y les regresa de prestado esa humildad que jamás intentaron tener. Gómez lo sabe, sabe de qué trata este mal negocio enmascarado de arte y ha recorrido heroico, estoico, más de mil recitales vacíos de público, ha organizado encuentros literarios donde nadie se encontró, pero se mantiene como un buen boxeador esperando los golpes de esta vida.

Estaba guardando mi distancia, esquivando los golpes, esperando el momento oportuno, pero caí para atrás, penosamente caí para atrás, por la edad, el sobrepeso, y los veinte litros de vino que traigo encima.

Jab
Renato Salas y Sergio Gómez Reátegui

Sabe que el vino es mal aliado de las peleas, el exceso de este, nos hace perder el equilibrio que debe de tener nuestra vida, a nuestro poeta penosamente lo lleva hacia atrás, no solo el vino, la edad, el sobrepeso, y de hecho, el peor aliado del vino: el amor, y peor aún, el desamor ese es el que lo hace caer, el que le da la peor caída, la peor zancadilla porque el poeta es un enamorado, un viejo enamorado o enamorador o enamoradizo y reconoce que

Mi cuerpo, cada año más frágil, se desvanecerá con el viento de este camino.

Hay que saber irse cuando el poema encanece.

Y en el libro encontramos, aunque lo niegue, una búsqueda, no sé si de la mujer o del amor, eso es lo que el poeta no deja claro o no quiere que al final nos enteremos, pero esa relación del sufrimiento que da el paso de los años pareciera un llamado agónico a otra intención, a otros encuentros.

Llego a los cincuenta con el alivio, en la conciencia, de saber que la descomposición de mis órganos no salvará a nadie

Y eso, estimado Sergio, la tenemos más que clara, qué órgano de nosotros, que tanto nos hemos maltratado, podrá servir a la ciencia médica o a algún humano que en su sano juicio se entere que nosotros somos sus donantes, echarían a correr despavoridos por los pasillos del hospital negándose a que le instalen en sus cuerpos tremendo pecado corporal.

Entonces, el poeta culmina con    

Esto es lo que soy: unas simples palabras, que mis pocos lectores olvidarán al cerrar este libro.

La poesía es un vano intento de que nos estallen las palabras.

Una suerte de poética final o epitafio adelantado para su tumba: el olvido y las palabras o las palabras que se olvidan mientras apenas se van leyendo, este recital presentación al llegar a casa no habrá existido, ni una sola palabra de las dichas en esta mesa serán recordadas, estamos a disposición del olvido más funesto y que tal vez todo debió resumirse a

su académico entender, escribo poemas de muy mal aspecto, encuentran chuecas las hermosas piernas de mis versos, y en la medida en que éstos coquetamente se acercan a sus manos, les cierran las puertas en sus respingadas narices.

Eso es, estimado amigo, la luz al final de la cuadra, nuestra poesía no llega a alumbrar la vida, con las justas alumbra el callejón, la quinta, el cuartucho alquilado, allí su intención, allí su razón de ser: el quebrarles de un puñetazo esas estúpidas y respingadas narices y largarnos a beber un trago barato en la esquina del barrio que vio a los amigos desaparecer.

Lunes 13 de abril a un día de las elecciones presidenciales

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