Círculo de Lectores
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Crítica sin tribunal

La crítica, cuando es diálogo, no busca ser mala leche ni copiar sinopsis de la contratapa o cerrar el sentido de los textos, sino abrirlo con reflexión.

Publicado

18 Sep, 2025

Escribe Gunter Silva

La crítica literaria suele imaginarse como un espacio de autoridad: una voz que dicta qué debe ser leído, cómo interpretarlo y qué lugar ocupa cada obra en el canon. Pero esa imagen se ha agrietado. Hoy, pensar la crítica exige un gesto distinto, verla menos como tribunal y más como conversación. Una conversación entre el texto y el lector, entre el presente y la memoria, entre lo que fue escrito y lo que aún está por escribirse.

Hablar de crítica como diálogo es una invitación a abandonar el tono sentencioso y abrazar las dudas. Porque en todo acto de lectura hay silencios, contradicciones, huecos que nadie logra colmar del todo. La obra no está hecha solo de lo que dice, sino también de lo que calla. Allí la crítica se vuelve fecunda, no al ofrecer respuestas definitivas, sino al acompañar las preguntas abiertas que los textos nos dejan.

Hans Robert Jauss llamó a ese juego de tensiones el horizonte de expectativas. Cada época lee desde sus propios valores, prejuicios y deseos. Lo que en un momento parece excéntrico o menor puede, en otra coyuntura, brillar como indispensable. Basta pensar en cómo ciertas narraciones ignoradas en el pasado hoy se leen como canónicas. La crítica, cuando se concibe como diálogo, registra esos cambios, muestra cómo una obra se reubica en nuestro mapa cultural.

En esta visión, la crítica no es un catálogo fijo de obras consagradas, sino una forma de escucha atenta. Escucha de la obra en su singularidad, pero también de la comunidad que la rodea. Porque no se lee en el vacío: se lee desde una época marcada por transformaciones sociales, políticas y afectivas. Y el diálogo crítico refleja esas transformaciones en la manera en que entendemos la literatura.

Wolfgang Iser propuso la figura del lector implícito: ese lector ideal que cada texto imagina para sí. Toda obra construye un interlocutor capaz de seguir sus guiños y reconocer sus referencias. Pero los lectores reales rara vez coinciden con esa figura. Leemos desde otros lugares, con otros saberes, con experiencias vitales que desbordan lo previsto por el autor. Y en esa distancia ocurre lo más importante: la obra se completa en la lectura, pero nunca del todo como anticipaba el texto.

De allí se desprende una lección: cada lectura es una creación. El libro nos ofrece caminos, pero el lector decide por dónde avanzar, qué vacíos llenar, qué silencios respetar. Así, la crítica —cuando se libera de la pretensión de ser definitiva— se convierte en la narración de esa experiencia irrepetible, en la que un libro se encuentra con un lector concreto.

Crítica
Crítica, ilustración de Franco Moreno

Si miramos alrededor, vemos que esta forma de crítica suele estar ausente en el espacio público. Los suplementos culturales, los medios tradicionales, rara vez ofrecen conversaciones profundas sobre literatura. Y lo que es peor, están desapareciendo. Lo que queda es una crítica dispersa, hecha de fragmentos: comentarios poco pensados, reseñas digitales improvisadas en blogs o redes, booktubers entusiastas más por ganar seguidores que por adentrarse en los libro. A falta de tradición de una crítica robusta, he visto que son los mismos escritores quienes asumen ese rol, dialogando con sus contemporáneos y con la tradición.

Ahora, la crítica que surge de los escritores no es neutral, pero tampoco la académica lo es, menos aún las que pueblan las páginas de los periódicos. Sin embargo, suele ser una conversación más íntima, más arriesgada, donde se juega la manera en que nos entendemos como comunidad de lectores. Escribir es también leer; y leer, a su vez, es también criticar.

El desafío es reconocer y articular esa multiplicidad de voces. La crítica no debería ser una torre de marfil, sino un puente tendido entre distintos modos de leer: los especializados y los espontáneos, los de la universidad y los de la calle, los de los libros impresos y los de las pantallas luminosas. Solo así puede surgir una conversación que no excluya, que no haga capilla, que no intimide, que acoja la diversidad de libros y de  miradas.

El horizonte de expectativas nos recuerda que ninguna lectura es eterna; lo que una generación desprecia, otra puede celebrarlo. Y el lector implícito nos recuerda que ninguna obra está cerrada; siempre habrá un desajuste entre lo que se escribió y lo que se lee. Entre ambas ideas se abre un espacio vibrante, el de una crítica entendida como práctica de hospitalidad intelectual.

Es verdad, que el Perú ha demostrado que nuestra literatura puede florecer incluso sin una crítica consolidada. La paradoja es que, en medio de ese silencio institucional, han sido algunos pocos autores quienes han tomado la palabra crítica. No por vocación de jueces, sino por necesidad de diálogo. Y de esa doble función —escribir y comentar, narrar y reflexionar— ha surgido una forma peculiar de conversación literaria, fragmentaria pero persistente.

Hoy, cuando los pocos lectores se reúnen en clubes, en redes, en reseñas breves que circulan vertiginosamente en sus redes sociales, esa conversación se expande aún más. No siempre con rigor, pero sí con frescura. Allí, en ese cruce entre crítica profesional y amateur, entre diálogo escrito y oral, se vislumbra la posibilidad de una crítica nueva: menos normativa, más abierta; menos jerárquica, más participativa.

Pero ojo, en tiempos de sobreproducción editorial, cuando cada mes aparece una marea de novedades, la tarea de los críticos y los lectores se vuelve más decisiva que nunca: encontrar un mínimo de calidad en medio del ruido. Un sello editorial transnacional no convierte un ladrillo en diamante, y sin embargo persiste la ilusión de que lo mejor nace allí, bajo los grandes logos. Ciertamente, en esos catálogos también aparecen libros valiosos, obras que merecen ser leídas y celebradas; pero sería un error suponer que solo allí se encuentra lo imprescindible. Lo más vivo, lo más arriesgado, lo más nuestro, suele venir de sellos independientes que trabajan con pasión y precariedad. Son pequeñas editoriales las que, lejos del espectáculo corporativo, publican las voces que interrogan nuestra realidad con más fuerza. Allí está la verdadera conversación literaria, la que nos interpela como comunidad. El resto —los catálogos saturados, las campañas de mercadeo— son espejismos. El marketing puede inflar un libro, pero no puede darle respiración. La respiración la da la escritura misma, y la mirada atenta de quien se atreve a leer con calma, sin dejarse seducir solo por el brillo de las marcas.

La lección última es sencilla: la crítica, cuando es diálogo, no busca ser mala leche, no busca copiar la sinopsis de la contratapa o cerrar el sentido de los textos, sino abrirlo con reflexión. No busca domesticar la lectura, sino acompañarla en su imprevisibilidad. Porque leer es siempre entrar en un territorio desconocido, lleno de huecos, de enigmas, de resonancias. Y porque la obra no termina en la página, sino en ese instante irrepetible en que un lector —cualquiera de nosotros— le otorga un nuevo sentido.

Gunter Silva
Gunter Silva es licenciado en Artes y Humanidades, con una maestría en Literatura y Creatividad Literaria de la Universidad de Westminster. Su producción incluye el libro de relatos Crónicas de Londres (Lima, 2012), la novela Pasos Pesados (Lima, 2016), El Baile de los vencidos (Buenos Aires, 2022) y Neutrino, cuaderno de navegación (Lima, 2024).

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