Escribe Gunter Silva
Mi viejo vino de visita a Londres y fuimos a Liverpool. No estaba en los planes, pero cuando me abrazó en el aeropuerto soltó una frase de los Beatles, y entonces supe que no íbamos a evitarlo.
El viaje fue en tren, breve, gris, lloviznado, como si alguien hubiera pintado la ventana con una acuarela melancólica de Luis Palao Berastain. Yo miraba su rostro más que el paisaje. Era la misma expresión que ponía cuando, en casa, se colocaba los auriculares grandes y se tiraba en el sillón. Cerraba los ojos, movía el pie, y si uno se acercaba mucho, se oía el bajo de Paul McCartney latiendo muy despacio, como un corazón dentro de una caja.
En Liverpool caminamos bastante. Lo dejé ir adelante. Lo miraba tocar una guitarra invisible, frenar en cada placa azul conmemorativa, sacar fotos de lo que él llamaba “la historia”. En Abbey Road, en Londres, ya me había pedido que lo filmara cruzando la famosa cebra peatonal. No dijo nada, pero sonrió como si masticara la luz de la ciudad. Yo también sonreí, sin saber del todo por qué.
Terminamos en Woolton, frente a St. Peter’s Church. Había sol, aunque algunas nubes amenazaban con taparlo. Papá caminaba lento, como si el suelo guardara algo frágil. Señaló un árbol y dijo: “Por ahí tocaba Lennon”. Ese día del cincuenta y siete, John y Paul McCartney se cruzaron por primera vez. El destino, si es que existe, usó una iglesia, me dijo en voz baja, como si no quisiera romper el silencio del lugar.
Sus ojos parecían ver y escuchar. Tal vez lo hacían. Tal vez imaginaba la conversación de ese encuentro. Pensé que el origen de las cosas grandes a veces ocurre sin testigos. Pero hay lugares que aún lo recuerdan. Estoy con mi viejo en el primer rugido del universo, en el salto del caos a la música moderna. Todo lo que vino después nació bajo ese mismo cielo inglés.
Mi viejo miraba en silencio.
Yo lo miraba a él.
Todo tenía sentido.
En la misma iglesia, una lápida lleva el nombre Eleanor Rigby. Murió en 1939, décadas antes de que su nombre cobrara vida en la canción de los Beatles. Paul McCartney jura que no fue intencional, que eligió el nombre por otros caminos mientras la componía. Pero él pasó por allí muchas veces, incluso el día en que conoció a Lennon. Tal vez el nombre quedó sembrado en su memoria sin saberlo. “Extraña coincidencia”, dice mi viejo.
El destino y la coincidencia se entrelazan como dos fuerzas invisibles en el tiempo, hasta que algo nos obliga a verlas. ¿Es el destino un encuentro inevitable o solo un azar disfrazado? En St. Peter’s, el cruce de Lennon y McCartney fue facilitado por un amigo en común, pero tal vez el azar no sea más que la ilusión de una mente que busca sentido en lo que parece indescifrable. La lápida de Eleanor Rigby es otra huella de ese misterio, como si el universo sembrara semillas en el camino sin que lo supiéramos, dejándonos descubrirlas más tarde, sin darnos cuenta de que su aparición había sido esencial.
A veces pienso que la vida no es más que una sucesión de momentos dispersos, aparentemente inconexos, pero que al final se entrelazan en una forma que no alcanzamos a comprender. Lo que llamamos azar podría ser solo el reflejo de algo que no sabemos ver. Quizás el sentido de todo no se encuentre en las respuestas que buscamos, sino en la constante búsqueda, en los rastros de quienes nos precedieron.
Por la tarde nos dirigimos a The Cavern. Bajamos lentamente: las escaleras son negras, como quien se adentra en una herida vieja. Papá se sentó al fondo, pidió una cerveza, se sacó la gorra de béisbol y se quedó quieto. Yo lo miraba. El lugar tenía ese olor a humedad, madera y destilado de malta. Un chico con guitarra cantaba “In My Life” como si se la acabara de inventar. Varias rubias lo rodeaban. Bailaban. Aplaudían con fervor. Mi viejo murmuraba algunas frases. Lo vi emocionarse cuando el cantante cambió de tema y arrancó “A Day in the Life”. No dijo que era su favorita. No necesitaba decirlo. Pensé en las veces que lo escuché cantándola en la cocina, mientras preparaba el desayuno.
Nunca entendí la letra entera de esa canción, pero entendía que los Beatles habían fundido dos canciones en una, y que esa canción, oscura, inquietante, en la versión acústica que cantaba el muchacho, era hermosa. Cuando salimos, me agarró del hombro y dijo que valía la pena venir solo por eso. Lo dijo sin grandilocuencia.
Después caminamos por calles que no figuraban en los mapas turísticos. Un vendedor de vinilos tenía una caja con discos usados en la vereda. Papá rebuscó con cuidado, como si estuviera buscando algo que había olvidado en otra vida. Compró uno de George Harrison en solitario. “Para escucharlo tranquilo”, dijo. No era necesario explicarlo, pero lo hizo.
Yo pensaba en mis casetes, los que dejé regados en varias casas en el Perú, también los que no escuché más desde que la vida se volvió más portátil y menos ceremonial. Esa noche, en el hotel, sacó el vinilo de la bolsa y lo apoyó sobre la mesa, como si bastara tenerlo cerca. No había tornamesa para reproducirlo, pero no importaba. Se sentó al borde de la cama y tarareó una melodía que yo no conocía. Tal vez ni siquiera era una canción. Era otra cosa. Era el sonido de estar juntos.
También era música, sí, pero justo en ese momento nos entró el hambre. Así que bajamos en silencio al restaurante del hotel, como si todavía estuviéramos dentro de una canción.
Antes de irse, me regaló el vinilo. Me lo puso en la mano y sonrió. Entendí que a veces los regalos no se miden por lo que contienen, sino por lo que representan. En ese pequeño objeto, había una historia, una conexión invisible, un lazo que iba más allá de lo tangible. Yo no tengo tocadiscos en casa, pero no podía dejarlo guardado sin escucharlo. Así que fui a una tienda de antigüedades en Chelsea, de esas donde todo parece venir con una historia. Elegí una sencilla, de madera oscura. Cuando fui a pagar, la máquina no funcionaba. Y no aceptaban efectivo.
Me ofrecieron una solución: dejar mis datos, y cuando el sistema se normalizara, me llamarían. Una mujer me entregó su tarjeta.
—Llámeme para cualquier cosa —me dijo.
La guardé en el bolsillo. Esa noche, al vaciar la billetera, vi el pedazo de cartulina. El nombre impreso en letras pequeñas y doradas decía: Eleanor Rigby, especialista en antigüedades.
Por un instante, una detonación sónica me atravesó el alma. Y entonces, todo volvió a empezar.
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Ilustración: Franco Moreno
