Escribe Paolo de Lima
Pedro Llosa Vélez (Lima, 1975) reafirma con Los gatos mueren con los ojos abiertos (Editorial Planeta, 2025) su inscripción en la notable generación de narradores peruanos que viene destacando en este siglo. La colección reúne seis relatos en primera persona –“Flash-Flash”, “Sin fisuras”, “La belleza del océano”, “Ya no hay nadie en el espejo”, “Los gatos mueren con los ojos abiertos” y “Nada que perder”–, estructurados en breves secciones numeradas, que despliegan una escritura sobria y serena, impregnada de una melancolía contenida donde la memoria actúa como centro de una reflexión pausada sobre la experiencia vivida.
La atmósfera del libro transmite una calma casi introspectiva: Llosa Vélez observa la existencia desde una distancia emocional que destila lucidez ante lo pasajero, sin caer en la indiferencia. Sus relatos respiran una atmósfera de intimidad doméstica y desarraigo silencioso, recorriendo espacios que van desde el hipódromo limeño de las visitas dominicales familiares –con sus carreras de caballos como metáfora del tiempo y el declive–, pasando por hospitales donde la enfermedad confronta la vulnerabilidad del cuerpo, hasta lugares emblemáticos como el Valle Sagrado de los Incas en Urubamba, São Paulo y Río de Janeiro en Brasil, el icónico Hyde Park en Londres, Róterdam –“el puerto más grande de Europa”, con su mezcla de orden portuario y caos existencial– o las orillas de un canal durante un festival de jazz en Holanda.
En “Flash-Flash”, el cuento que abre la colección, esa metáfora equina se despliega con especial intensidad: desde la memoria infantil de un niño acompañado por su padre y su tío Lucho al hipódromo de Monterrico, el relato traza paralelismos entre el destino de un caballo legendario –Flash-Flash, musculoso y prometedor, pero marcado por lesiones y un final trágico– y la vida del padre, médico brillante cuya carrera meteórica se quebró en años oscuros de enfermedad en la familia y ruina económica. La pasión por las carreras, los lentes de montura gruesa que convierten al tío en figura de galán o revolucionario, y el eco final del Alzheimer que hace al padre confundir al narrador con “Lucho” tejen una fábula tierna y dolorosa sobre la admiración filial, la persistencia y la inevitabilidad del olvido.

Desde esa red de espacios y memorias evocadas, estos paisajes –sudamericanos y europeos– adquieren una densidad simbólica sutil, encarnando la tensión entre arraigo y destierro, entre el peso de lo heredado y la apertura a lo nuevo. La melancolía no es dramática ni sentimental; es una aceptación sobria del paso del tiempo, de la pérdida y de la vulnerabilidad de los vínculos humanos. El autor maneja la emoción con exactitud medida: cada frase parece colocada para dejar resonar el vacío que queda después de lo que se ha amado y se ha ido.
Lo que define esta colección es su mirada: una perspectiva adulta que regresa a la infancia, al amor roto, a la enfermedad o al exilio con el propósito de entender, más que de dramatizar. Llosa Vélez no busca el impacto del giro inesperado ni la denuncia social explícita; prefiere la permanencia de lo sutil, la huella que deja lo que se recuerda con los ojos abiertos. Sus narradores comparten una voz similar y habitan espacios intermedios –entre el Perú dejado atrás y la Europa adoptada, entre la salud y la disolución, entre la ternura y el desencanto– y desde allí contemplan la vida con una mezcla de compasión y resignación.
En última instancia, Los gatos mueren con los ojos abiertos explora los límites de la memoria y del lenguaje como territorios donde el yo intenta persistir frente a la pérdida. La voz narrativa se concibe como una “posición de sujeto”, en el sentido propuesto por Ernesto Laclau y Chantal Mouffe: una inscripción contingente en el discurso, marcada por fisuras –entre recuerdo y presente, origen y destierro–, lejos de cualquier identidad fija. Cada relato representa una reconstrucción frágil: el narrador se forma en el propio acto de contar, convirtiendo la memoria en un modo de resistencia contra el olvido. En esa quietud, la literatura de Llosa Vélez afirma que la identidad no se tiene: se dice, se negocia y se reescribe una y otra vez, con la serenidad de quien acepta el fin sin apartar la mirada.

