Artículo | Ay, el humor, cosa tan rara: Jaime Bayly

Jaime Bayly fue, en los noventas e inicio del dos mil, el enemigo público número uno de los escritores contemporáneos. En las reuniones y en los conversatorios no faltaba oportunidad para tildarlo de mediocre, “pseudoescritor” o “facilista”, era algo así como el Coelho del cambio de milenio. Nada más alejado de la verdad.

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Escribe Gabriel Rimachi Sialer

“En 1985 Alan García tenía 36 años y quería ser presidente. Ese mismo año yo tenía 19 y debía impedirlo”. Así comienza una de las crónicas más divertidas que le he leído a Jaime Bayly y que me ha servido para repensar, tantas veces, sobre la edad y la vehemencia. Porque, claro, todos “dicen” que harán o harían tal o cual cosa, pero pocos realmente lo hacen. Y siendo honestos, pocos tienen, a los 19 años, un programa de televisión.

Bayly fue, en los noventas e inicio del dos mil, el enemigo público número uno de los escritores contemporáneos. En las reuniones y en los conversatorios que entonces existían, no faltaba oportunidad para tildarlo de mediocre o “pseudoescritor” o “facilista”, era algo así como el Coelho del cambio de milenio. El modelo a rechazar. El que tenía la oportunidad desperdiciada. Nada más alejado de la verdad.

Bayly, contra lo que algunos creen, tiene algo que muy pocos narradores contemporáneos medio jóvenes (entonces de veintitantos y ahora ya cuarentones) poseen: una conciencia del humor. Y una conciencia ácida del humor. En medio de la tradición realista, esa vargasllosiana sombra negra que se cierne y penetra la piel como seguro Macondo lo hizo con los colombianos, Bayly era un atrevido que, además, escribía sobre gays y el amor, las frustraciones y el racismo y el clasismo con una soltura que resultaba fresca en medio de tanto epígono ribeyreano o sobrino de Bukowski. Pocos como él se atrevieron a desnudar esa parte de la sociedad que muchos anhelaban poblar pero que, por cosas de la vida, les había sido negado: pertenecer a una clase económicamente  pudiente y, desde ahí, denostar los privilegios ¿por qué? Porque más que tranquilidad económica, algunos seres humanos necesitan de aceptación para empezar a ser feliz.

Bayly no fue el único caso, ciertamente, pero destacó en medio de una generación llena de disfuerzos por ser malditos y mostrarse malditos. El alcohol, las drogas, tan inherentes al rock o a la chicha, nunca fueron ajenos a esa generación (que ahora lo nieguen es otra cosa, pero allá cada uno con su conciencia), pero en aquel entonces Lima no era la de hoy, aún los negros eran negros y no afrodescendientes, y los maricones seguían siendo maricones y no gays, y no había una conciencia del respeto (ahora la hay, que la ejerzan es otra cosa). Sobre esto último diré algo que se suele comentar entre amigos y que he escuchado a más de uno: somos dos personas. Las que se muestran en Facebook no son, realmente, las que uno escucha en el Juanito o en el Monarca o en el Superba o en el Vichama. No. Esas son otras personas, aquellas que intentan construirse una imagen que les atenúe cualquier arrebato de honestidad en la conciencia. Luego, claro, están los otros (es decir ellos mismos pero en estado prístino), y que uno escucha mientras piensa: ¿este/esta no era la que decía tal o cual cosa en su muro?

Tu casa es tu castillo, pero Facebook es tu caballo de Troya. Y ahí, uno puede ver cómo son las cosas, o cómo quieren que se vean las cosas. Y ahí también uno puede ser testigo de esos dobles discursos, que terminan generando una sonrisa. Volviendo a Bayly, un escritor cuyo humor y amor marcó a más de uno por lo crudo o por lo sincero, cuánta falta hace ahora en la literatura algo de humor inteligente, que se desprende casi siempre de nuestras propias miserias, porque el humor, querámoslo o no, termina siendo el reflejo nervioso de nuestros miedos más ocultos. Mientras tanto, volveré a no pocos pasajes de los primeros libros de Bayly, como ahora en la mañana, que me puse a escribir esto luego de releer el pasaje aquel de “Los últimos días de la prensa”, donde explica que a la empleada del abuelo la habían bautizado Faucett, porque sus padres veían desde la chacra el despegue de los aviones, y tenían la esperanza de que su hija llegara lejos (Faucett era el nombre de una empresa aérea que ya no existe, y el nombre iba escrito a cada lado de los aviones). La ironía, el humor, el sarcasmo, también son formas de explicarnos como sociedad. Y eso no va a cambiar con una marcha, ni con dos, ni con tres. Ni con sentencias en sus muros. No. Eso va a tomar, mucho, mucho tiempo. Tal vez entonces nos sirva la literatura, pero claro: primero hay que empezar a leer.

Tal vez me equivoque. O tal vez no.

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Gabriel Rimachi Sialer

Gabriel Rimachi Sialer es escritor y periodista. Autor de los libros de cuento "Despertares nocturnos", "Canto en el infierno", "El color del camaleón", "El cazador de dinosaurios", "Historias extraordinarias" y de la novela infantil "La increíble historia del capitán Ostra". Reconocido entre los mejores narradores de la década en la antología nacional "El cuento peruano 2001-2010", del crítico literario Ricardo González Vigil, dirige la editorial Casatomada y el programa de libros "Fahrenheit 051".

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