Escribe Luis Eduardo García
Una novela que vuelve a un viejo tema: la guerra civil española, con técnicas de vanguardia y con grandes dosis de humor y trasgresión. Un diario regional que cumple 130 años. Su archivo cubre tres siglos: el XIX, el XX y el XXI y en sus páginas se puede rastrear la República post guerra con Chile, el origen de los movimientos anarquistas y las grandes ideologías que marcaron la vida política de los siguientes años.
LA DISTOPÍA DE UCLÉS
La novela de David Uclés es muy ambiciosa y está escrita con diversos registros narrativos, incluso con fragmentos de lenguas como el catalán y de otras comunidades autónomas españolas. Sigue tres ejes narrativos: el primero es la historia de Odisto, el personaje central, y otros habitantes del pueblo andaluz de Jándula, donde los cristales se desgastan de tanto mirarlos, las obesas pierden todos los líquidos y se vuelven flacas, los pueblerinos desaparecen al contacto con unas llantas silvestres, el tiempo del calendario se suspende hasta que pasen las lluvias y algunos seres humanos tienen todos los miembros de leche de modo tal que se regeneran si los pierden; el segundo, la historia de la guerra civil que enfrenta a republicanos con franquistas mediante relatos fragmentados; y tercero, las confesiones y vacilaciones del narrador respecto a qué hacer con la suerte de sus personajes o los acontecimientos de la guerra.
Aparte del evidente manejo de los procedimientos del realismo mágico para construir personajes y episodios tan cruentos como los de la guerra civil española, lo que llama poderosamente la atención es el rol del narrador. Si Flaubert pedía que este fuera como dios y que, además y, sobre todo, estuviera en todas partes y en ninguna, de modo tal que su presencia pasara desapercibida, en la novela de Uclés este no tiene nada de invisible. Aquí el narrador piensa en voz alta, toma partido, dialoga con los personajes y, esto es lo más relevante, le comenta al lector qué destino les dará a algunos personajes (si matarlos, visibilizarlos o dejarlos en la oscuridad).
Este rol del narrador dota a la novela de humor, sirve para atemperar la tragedia y une los cabos sueltos de una macrohistoria que, si bien se desarrolla en base a los tres ejes narrativos citados, está escrita de manera fragmentaria, con grandes saltos en el tiempo y el espacio, donde también se mezclan, a lo Rabelais o García Márquez, los niveles de la realidad con gran desparpajo. Una novela muy original, de gran aceptación entre los lectores. Me ha encantado.
Los viejos diarios nunca mueren ni se destruyen, solo se transforman. Es lo que esperamos. La Industria acaba de cumplir 130 años y le está costando esta transición. Su contribución a la historia de Trujillo y el Perú es invalorable.

LOS 130 AÑOS DE LA INDUSTRIA
Un periodista es como un historiador del presente; y un diario, como el espejo donde los ciudadanos leen sus quejas y contentamientos.
«Periódicos: Museos de minucias efímeras», escribió Jorge Luis Borges. Este pensamiento es parecido a este otro de Gabriel García Márquez: “los periodistas escriben para el olvido”. Y a este otro más: “El periodismo dura la eternidad de 24 horas”.
Para contrarrestar esta idea de lo efímero y fugaz, se habla ahora del periodismo como “historia del presente”, pero estos términos son en realidad contradictorios.
¿Cuál es el límite entonces entre periodismo e historia? ¿Acaso al periodismo solo le está reservado “una fina línea, un milisegundo de longitud, entre el pasado y el futuro” ?, como dice Timothy Garton Ash. Los periodistas son testigos de la vida real, los historiadores no.
Los especialistas sostienen que el defecto de la periodística laboral es la superficialidad y el del trabajo académico, la irrealidad. Los periodistas escriben bajo presión para poder cumplir con los plazos de cierre, mientras que los historiadores pueden demorar semanas, meses o años en terminar un solo artículo y, sobre todo, no necesitan conocer la realidad sino investigarla con la finalidad de comprobar hechos, nombres, citas, etc.
Pero los diarios no son máquinas que producen historia. Son medios escritos por personas y para personas. A mí siempre me ha inquietado, por esta razón, la relación entre un diario y la ciudad donde se publica y difunde. Entre ‘La Industria’ y Trujillo hay como una especie de relación de amor-odio puesto que, por un lado, la información que se publica da cuenta de lo feo y lo malo; y por otro, de lo positivo y edificante. La relación se da en una atmósfera de tocador: los trujillanos sienten que el diario es como el espejo en el que todos se miran; por eso, en esencia, sienten que les pertenece.
‘La Industria’ nació hace 130 años (tiempo que se extiende en verdad en tres siglos: XIX, XX XXI), cuando en el Perú, tras el caos y el desorden que dejó la Guerra del Pacífico, se peleaban pierolistas con caceristas, se abrían paso los grandes latifundios, la publicidad gráfica estaba en pañales y las revistas y diarios estaban guiados por enfoques ideológicos, por el debate de ideas. Ese es espíritu que animó a los fundadores de ‘La Industria’ que durante los tres primeros años de creación fue un semanario para luego convertirse con los años en el diario más importante del norte del Perú.

Hace varias décadas que escribo en este diario. Mi primera colaboración fue en 1986, un artículo sobre el poeta italiano Cesare Pavese. Desde entonces me he sentido parte de su historia y, desde sus entrañas, he podido ver los cambios finiseculares del periodismo y aprender de ellos. 130 años después seguimos entre el print y el digital, entre el oficio noble y el ataque canalla, entre la verdad y la posverdad, entre informar y opinar, entre la pasión y el equilibrio. Y en medio de todo esto, un oficio que no ha perdido sus objetivos centrales: informar y apuntalar la democracia.
Tiene razón Timothy Garrón Ash: los periodistas son los historiadores de la vida real. Es lo que sospeché aquel lejano 1986 cuando escribí mi primera colaboración. Desde entonces hasta hoy, conocí a muchas personas valiosas e invertí mucho tiempo en aprender cómo se escribe bien y a las apuradas.
