Círculo de Lectores
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Linaje a la Carta

Tinder y la fertilización in vitro podrían simbolizar libertad, flexibilidad y elección personal, pero, sobre todo: la selección de un mejor linaje.

Publicado

11 Oct, 2025

Escribe Gunter Silva

La historia de Sir Benjamin Slade parece salida de una tragicomedia inglesa. Té a las cinco, escándalo de tabloide y un hombre de setenta y nueve años que no cultiva rosas ni escribe memorias, sino que busca desesperadamente un hijo varón que herede su título y su mansión de cincuenta habitaciones en Somerset, Inglaterra. Para lograrlo recurre a Tinder, al congelamiento de esperma y a programas de televisión. El mismo anciano que debería estar ajustando su pipa frente a la chimenea ahora desliza el dedo en una aplicación para universitarios en busca de ligues rápidos, todo en nombre de la tradición.

Ahí aparece la primera paradoja. La tecnología más moderna al servicio de los fantasmas más antiguos. Tinder y la fertilización in vitro podrían simbolizar libertad, flexibilidad y elección personal. Slade, sin embargo, las emplea para reforzar lo más rígido de la aristocracia: la obsesión por el linaje masculino. Es como si la modernidad se convirtiera en sirvienta del feudalismo. Desliza el dedo a la derecha por un apellido, a la izquierda por una edad inapropiada. El amor líquido del que habla Bauman se transforma en un proyecto genealógico sólido, el romance como plano arquitectónico. Bauman advirtió que el amor líquido se evapora rápido; Slade demuestra que puede incluso solidificarse en un linaje.

Slade no busca compañía. Ni siquiera una pareja en sentido moderno. Busca el útero adecuado, la pieza que falta para completar su mansión de cincuenta habitaciones. Su hija Violet, nacida hace una década, no cuenta. Es un error en el sistema de herencia que necesita parche urgente. El futuro hijo varón no es persona, es inversión, legado, la sección del castillo que ni el router logra encontrar o conectar.

Aquí entra el patriarcado más descarado. Tras siglos de luchas feministas y debates sobre igualdad, Slade demuestra que la obsesión masculina no se ha extinguido. Mientras todos nos creemos progresistas, él nos recuerda que algunas tradiciones solo se disfrazan de modernidad. Congela esperma y desliza perfiles como quien revisa acciones de la bolsa. El amor se convierte en cálculo. Tinder se convierte en un catálogo de úteros premium.

Buscar imágenes de Slade en Google es un espectáculo por sí solo. Aparece con chaqueta de cuadros, corbata de lunares, pantalones color mostaza. Parece un modelo rural de la tienda Harrods posando frente a su patrimonio. Con las manos detrás de la espalda y una media sonrisa de nobleza satisfecha, parece decir sin palabras que tiene más hectáreas que herederos, pero que lo resolverá con un par de deslices estratégicos. Podría ser un meme, pero es la vida real.

El amor como transacción alcanza su cúspide en sus declaraciones públicas. Slade habla de mujeres como de caballos de pura sangre: salud, belleza y fertilidad. Su dote invertida consiste en ofrecer patrimonio a cambio de un útero. Amor, chispazo, misterio, descartados. Aquí el romance es contrato. Tinder o cualquier otra aplicación de citas es un supermercado, y él es el coleccionista más absurdo de todos.

Sin embargo, este caso extremo no es tan distinto de nuestras propias conductas modernas. Las aplicaciones de citas, con sus filtros, fotos y breves biografías, ya mercantilizan cuerpos y personalidades. Slade lleva esa lógica al límite, y en esa exageración se hace visible nuestra hipocresía. Proclamamos libertad romántica y seguimos calculando intereses, atractivos y beneficios como si jugáramos al Monopoly.

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Ilustración de Franco Moreno @francomoreno

La obsesión aristocrática crea escenas de pura tragicomedia. Imaginen a un septuagenario observando perfiles y descartando mujeres que podrían ser sus nietas. Mujeres de treinta tres años le parecen demasiado viejas, mientras yo, sentado en un café de Londres, me siento culpable por haber ignorado a la muchacha del mostrador por culpa de una llamada y por llevar una chaqueta de cuero. Cada desliz de dedo es un recordatorio de que la modernidad no nos libera del pasado. Solo nos regala miles de aplicaciones para continuar el círculo vicioso.

Nunca he usado Tinder. En mi época las parejas se conocían en fiestas, en la cola para el cine, en la universidad, en el trabajo o en una librería. Pero me pregunto qué herencias simbólicas seguimos perpetuando nosotros. Tal vez nuestra libertad romántica sea solo un disfraz con conexión broadband. Mientras nos creemos modernos, seguimos repitiendo patrones antiguos: obsesión por la belleza, control sobre cuerpos ajenos, cálculo sobre los afectos. El amor líquido se evapora y deja solo residuos.

La exageración produce humor, pero también reflexión. Nietzsche hablaba de la eterna repetición, ese bucle que convierte la historia en condena. La aristocracia encarna esa lógica: linaje masculino, títulos, mansiones y ahora el dedo en la pantalla.

Imagino al joven Werther viendo esto. Probablemente no se pegaría un tiro por un amor imposible, sino por descubrir que su único match era una rusa vendiendo criptomonedas o sexo. La ironía es brutal. Siglos de poesía, tragedia y filosofía romántica reducidos a un escaparate de rostros en un teléfono móvil.

En el fondo, Sir Benjamin Slade no es solo un anciano excéntrico. Es un arquetipo contemporáneo, una caricatura de nuestra obsesión por el linaje, el estatus y la selección de parejas como inversión. Su caso extremo nos obliga a mirarnos. Las apps, los filtros y los contratos emocionales están en todas partes. La aristocracia no es el único teatro del cálculo afectivo.

Y ahí está la moraleja. La modernidad no nos hace libres. Solo nos da herramientas más brillantes para repetir las mismas obsesiones. El patriarcado, la herencia y la transacción del amor siguen presentes. Tinder solo los digitaliza. La pregunta final no es si Slade encontrará su heredero varón. Es qué fantasmas seguimos aceptando nosotros, generación tras generación, incluso cuando creemos avanzar hacia la modernidad. El amor puede ser líquido, la tecnología estupenda y la aristocracia ridícula, pero deslizar a la derecha o a la izquierda no nos hace distintos de un baronet obsesionado con un hijo varón. Solo nos hace parte del mismo teatro absurdo.

Gunter Silva
Gunter Silva es licenciado en Artes y Humanidades, con una maestría en Literatura y Creatividad Literaria de la Universidad de Westminster. Su producción incluye el libro de relatos Crónicas de Londres (Lima, 2012), la novela Pasos Pesados (Lima, 2016), El Baile de los vencidos (Buenos Aires, 2022) y Neutrino, cuaderno de navegación (Lima, 2024).

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