Tres poemas de Manuel Fernández

Manuel Fernández (Lima, 1976), cursó estudios de Lingüística Hispánica y es Magister en Docencia Superior. Ha publicado Octubre (2006), La marcha del polen (2013), Procesos Autónomos (2016) y El riesgo de crear instituciones (2022), libro del que compartimos estos poemas que transitan la ciudad y la ternura, con ojos asombrados.

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El riesgo de crear instituciones

A Cayre Alfaro Fonseca

Empezaba el verano y algunos de mis compañeros abandonaron el aula
emocionados
porque habíamos encontrado un modelo
que describía
por fin
la relación del verbo con sus complementos
contagiados todos
por el fulgor de una idea
nueva y fresca
una teoría lingüística
verdadera solo dentro de su propio conjunto de premisas
que en la realidad
casi nunca se cumplen
como esa semilla que nunca se aclimata
pero que da frutos
en mentes recién despiertas
receptivas siempre
y bien dispuestas siempre
algo que se asume sin contradicciones
sin asomo de dudas
ni complejos
mientras no se desborde el modelo
ese algo perturbador
de lo que nadie habla
y que no se dibuja en ninguna pizarra
solo una teoría y su mala conciencia
es decir
la imagen subyacente
de una universidad que proyecta una estructura social y académica
atávicamente excluyentes
pero que encuentra sentido dentro de su propio conjunto de premisas
y de las relaciones que establece
al ligarse con sus docentes
estudiantes
y la sociedad en pleno
todo muy coherente
como el discurso aplicado de un estudiante aplicado
simplemente otro perro
entre un montón de perros
o quizás
ya solitario
interrumpido solamente
por la movilidad del agente
en una cláusula atávicamente excluyente decíamos
un diagrama de X barra que Velásquez dibujara sobre la pizarra
pero hace mucho tiempo ya
mientras trato de recordar
ese salón de clases
y las cosas que allí se decían
un salón que
lentamente
se vacía
muchachos y muchachas
todos con lentes de sol
y sonrientes
prerrogativas de una universidad
privada
mientras yo renunciaba
a hallar las correspondencias
entre el modelo y la realidad que planteaba
pensando
vendrá el verano y será hermoso
y volveré a hacer cola
en la oficina de Servicio Social.

Portada del reciente libro de Manuel Fernández, editado por Máquina Purísima.

Colegio

De las clases de ese tiempo
solo recuerdo a los nematelmintos
seres cálidos y transparentes
animales educados
nunca impertinentes
nunca un grito de cópula desenfreno.

De las clases de ese tiempo:
nematelmintos
platelmintos
medusas
esporozoarios
protozoarios

animales en silencio
silenciosos.

Cuando el colegio todavía no había empezado y yo iba con mi padre de la mano

No me gusta el campo
pero me gustan los jardines que crecen detrás de los edificios
o entre los edificios
bajo lunas que reflejan la luna
una belleza que no se alcanza así nomás
me gustan también
las maquetas
de los edificios
y su gracia inmóvil
y su inútil firmeza
y la luz que esconden
los edificios
de lunas grandes
el viento que corre entre los ascensores
y los techos incompletos
de las casas de Breña
-mi ciudad-
y también la luna sobre los grifos sin gente
y también la lluvia sobre los grifos sin gente
la gente no
ni la lluvia sola
solo los grifos solamente
y no me gusta viajar
ni las playas soleadas
ni las playas soleadas con parejas felices
infatigables siempre
y estúpidas siempre
sin asomo de violencia
siempre
me gustan
más bien
y mucho
los carteles que crecen
sobre las azoteas
de los edificios
-cuando era niño
había uno de Phillips
a un lado de la Vía Expresa
en el Centro de Lima
celeste y plomo
que dominaba el espacio total de buses y peatones
una belleza que no he visto repetirse jamás-
y me gustan los estacionamientos con pocos carros
y el perfil de ese Volkswagen blanco a media tarde
el sol cayéndole de lado
como un tigre grande
a punto de caerle encima
o a nosotros
en el momento exacto en el que alguien ingresa una tarjeta
en un cajero automático
y su mecánica simple desencadena
una magia insignificante 
como la publicidad alienante
que te ofrece
en poco tiempo
violencia y olvido
es decir
redención
erecciones
una promesa vertiginosa y nueva de algo totalmente intrascendente
me gusta
-más bien-
ver una cuadrilla de obreros
levantar un edificio
o demoler una casa
dejando a la vista de los viandantes el espectáculo bochornoso de lo que fue una sala
o el lugar que ocupó
una escalera
me gustan las escaleras
porque se curvan sobre sí y ascienden solitarias
como la certeza de una promesa inquebrantable
-algo que no he conocido jamás-
también me gustan los estadios
más precisamente la luz de los estadios
la luz artificial de los estadios
la luz artificial del Nacional rebotando sobre el pasto fresco en una noche de verano
cuando juega Alianza Lima
y su ritmo vertiginoso de entidad planetaria se impulsa sobre sí misma y estalla en el vasto
/ silencio de la galaxia
y me gustaban
también
las chicas que jugaban en el parque
algunas mañanas de marzo
cuando el colegio todavía no había empezado
y yo iba con mi padre de la mano
y empezaba a fijarme en algunas de estas cosas
sus miembros alargados
elásticos sobre el cemento soleado
mientras reían
y yo empezaba
a distanciarme de todo
unas chicas
que paseaban
con el pelo suelto
por el parque y alrededores
en polo blanco
y sayonaras
rojas.

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