Círculo de Lectores
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Un escritor enorme

En 2008, entre vitrinas y objetos personales, el autor recuerda cómo se sumergió en el universo de Vargas Llosa. Desde una libreta inédita hasta lecturas formativas, la muestra revelaba al escritor como una institución. Años después, tras su muerte, solo queda leerlo y aprender de él.

Cuando frisaba los veinte años, sin oficio ni beneficio, conseguí un trabajo en la muestra sobre el escritor Mario Vargas Llosa que se montó en la Casa Museo O’Higgins, en pleno jirón de la Unión. Era invierno de 2008, durante semanas acudí sin saber qué hacer, esperando que me mandaran a escribir algo (pronto me enteré que los textos curatoriales estaban bien escritos y corregidos), porque en labores manuales o museográficas mis habilidades son nulas. Nos dijeron que la exposición se realizaba sin el conocimiento del autor, aunque sabíamos bien que se coordinaba con secretarias, amigos y la misma Patricia.

escritor Mario Vargas Llosa en la inauguración de la muestra en la Casa Museo O'Higgins
Exposición de obra de escritor Mario Vargas Llosa. Foto: ANDINA/Hector Vinces.

Durante aquellas semanas, inmerso en el universo Vargas Llosa, entre fotos gigantes del autor (recuerdo el clásico retrato en la mesa de La Catedral, montado en el segundo piso de la casona) y la enorme colección de hipopótamos que ocupaba una habitación entera, me sumergí en los detalles de su vida. Tuve el privilegio de tener muy cerca objetos tan personales como sus libros favoritos, ejemplares donde él mismo les otorgaba, a mano, la calificación de “Obra maestra absoluta” (categórico como solo podía ser el escritor) a títulos como “En busca del tiempo perdido”, “Ulises” o “Madame Bovary”.

Vargas Llosa como escuela: leer al escritor para entender el mundo, escribir para sobrevivir

Los ambientes se fueron llenando de recreaciones: una habitación como la del Leoncio Prado, otra dedicada a Pantaleón Pantoja. En otra había sombreros y togas ridículos, por cada vez que recibió un doctorado honoris causa. Pero lo más extraordinario que vi, más que sus primeras publicaciones (“La huida del Inca”, escrita a los 16 años, y las revistas donde se publicaron sus primeros relatos) fue una libreta pequeña donde el autor habría escrito los avances de la tercera parte de la saga de novelas de don Rigoberto, Fonchito y doña Lucrecia. Si la memoria no me falla, aquel libro imaginado y nunca escrito llevaba por título “Cartas de doña Lucrecia”, con el que cerraba una trilogía.

La sensación que me dejó aquella muestra fue que Vargas Llosa era una institución, más que un escritor. No creo que hubiera ignorado todo lo que se venía preparando a modo de homenaje en torno a su vida y obra. Interpreté su fingida sorpresa durante el cóctel de inauguración como una impostura, una falsa humildad. Aun así, admiraba al escritor que había elevado la literatura peruana al nivel de las “Obras maestras absolutas”, como calificaba a las grandes novelas de la literatura universal. Años después, ganó el premio Nobel de Literatura y una revista me comisionó para ir a cubrir la conferencia de prensa que tuvo apenas aterrizó en el Perú. Lo recuerdo flanqueado por el ministro de Cultura de ese entonces, respondiendo preguntas en una mesa de la FAP.

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Un día, aprovechando cierta intermitencia laboral, decidí volver a leer las grandes obras de Vargas Llosa. Por esa época recordaba muy poco de “La ciudad y los perros”, y en mi memoria la mezclaba con la película de Lombardi. Había acabado mi etapa parricida, así que pude asimilar el aprendizaje que escondían las mejores novelas vargasllosianas: “La ciudad y los perros”, “La casa verde”, “Conversación en La Catedral”, “La guerra del fin del mundo”. Leídas en un lapso de seis meses en los que intenté aprehender los trucos y recursos narrativos que él a su vez aprendió de sus maestros: Faulkner, Joyce, Flaubert. Pocos autores pueden enseñarte tanto y, en ese sentido, creo que el escritor arequipeño fue para muchos de nosotros una escuela en sí mismo.

Mario Vargas Llosa ha fallecido este Domingo de Ramos tras un deterioro del que todos hemos sido testigos. Poco quedaba de ese escritor que había forjado, con su propia obra, un concepto tan ambicioso como la “novela total”, capaz de abarcarlo todo e inmiscuirse en la política como el “sartrecillo” valiente que siempre fue. Incluso para mal, cada vez que se equivocó, víctima de sus contradicciones, como en los años recientes, cuando se sumó a la campaña de Keiko y la patraña del fraude. Hace poco conversaba con un amigo sobre el enorme peso que ejerce Vargas Llosa en los narradores peruanos actuales. No existe nadie que se le parezca, y es probable que no vuelva a nacer alguien como él. Solo queda leerlo y aprender de lo que nos dejó, como el escritor enorme que fue.

Pedro Casusol
Escritor y periodista peruano, ha publicado la novela "Barranco City Mon Amour" (2021) y es autor del ensayo del libro "Soy muchacha la muchacha mala de la historia" (2019). Ha colaborado en medios como Somos, Caretas, Cosas, El Comercio, entre otros. Desde 2020 escribe una columna semanal en Hildebrandt en sus trece. Paralelamente, se dedica a la docencia y ha cursado una Maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM).

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