Círculo de Lectores
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El autor a la intemperie

El autor de hoy debe tener, además de un buen libro escrito, capacidades extras como vendedor, marketero, influencer y community manager.

Publicado

18 Ene, 2026

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Escribe Guillermo Schavelzon

El trabajo de los escritores siempre ha sido escribir, y si tenían algún deber, era el de hacerlo cada vez mejor. Hasta que llegó el siglo XXI, y además de escribir, los escritores tienen que buscar editorial, y cuando la encuentran y el libro se publica, volcarse de tiempo completo en la promoción, para que el libro se pueda vender, sin que importe que sepan hacerlo o no. Es un gran cambio, porque vender siempre había sido función de la editorial.

Lo paradójico es que los autores realizan estos trabajos extra sin cobrar, algo difícil de comprender en cualquier otro ámbito profesional.

Una señal de lo complejo de la situación es que mientras los autores tienen que cobrar más y mejor, las editoriales necesitan ganar más, para que sus propietarios no desvíen inversiones a otras actividades más rentables, como está sucediendo.

Que las dos cosas —pagar mejor y ganar más— sean factibles, parece una entelequia pero no lo es. Hay formas de lograrlo, que requieren de una postergada modernización del modelo del negocio del libro, porque el actual no da para más. Es curioso que la digitalización ha modificado los procesos, pero no la economía de la edición. Algo parecido a lo que está sucediendo con la Inteligencia Artificial, que se utiliza como herramienta para reducir costes, en lugar de aprovecharla para rediseñar por completo la actividad.

Hay autores a quienes trabajar en la promoción les gusta, se mueven como pez en el agua, son hábiles en la redes y les dedican mucho tiempo. Pero no todos lo disfrutan, hay quienes no saben o no quieren hacerlo, lo que es comprensible, pero reduce las posibilidades de venta del libro, y eso pone en riesgo la publicación de la obra siguiente.

El oficio de vivir

En términos económicos, los escritores siempre dependen de otro: de otro trabajo o de otro que se hace cargo de los gastos. Las dos situaciones son discriminatorias, porque dejan afuera a una mayoría que no tiene esas posibilidades. Quienes las tienen, también pagan costos de otra índole.

Los escritores no saben que en ningún país los autores viven de las regalías por la venta de sus libros, o por lo menos no solo de ellas. Incluso para los pocos que venden millones de ejemplares, las regalías representan son una parte menor de los ingresos. Un escritor que vende mucho gana más por conferencias, asistencia a ferias y festivales, participación en eventos, contratos con productoras de cine o series de televisión, que por la venta de libros.

La expansión del oficio

La clave está en obtener, a partir del libro, otros ingresos de diferentes orígenes, explotando a fondo los “derechos derivados” o “subsidiaros” que, como su nombre lo indica, son otros aprovechamientos de la misma obra. El libro, preferentemente en papel, en venta en librerías, sigue siendo lo más deseado, pero hay otros recursos económicos a partir de él, otras formas de aprovechar el trabajo ya realizado: traducciones, audiolibros, dramatizaciones teatrales, radiofónicas, podcast, uso de fragmentos en la enseñanza, cómics, libros ilustrados, video- juegos, adaptaciones al cine o series de televisión y varios más.

Los ingresos por estos usos son pura ganancia, porque no hay nuevos costos para el autor ni para la editorial. Generar y diversificar las fuentes de ingresos por una misma obra, es la única forma en que un escritor pueda ganar más.

Las editoriales lo saben, porque siguen directivas de sus casas matrices que están en países centrales, y copian lo que se hace en los grandes mercados, por eso exigen que el autor les ceda todo tipo de derechos, aunque luego no puedan o no sepan explotarlos. Los exigen sin ofrecer contrapartidas ni tomar compromisos. Es curioso, las editoriales no desarrollan una posibilidad de mejorar sus resultados y a la vez generar nuevos ingresos para sus autores, bloqueando posibilidades al autor. En cuanto surge alguna oportunidad no atendida, ya sea por falta de reacción rápida o porque no es significativa para la editorial, estalla el conflicto entre el autor y la editorial, porque se pone en evidencia la diferencia de intereses, provocando daños en una relación que conviene cuidar. A veces hay propuestas que no son económicamente atractivas para la editorial, pero pueden ser muy interesantes para el autor.

vargas llosa y carmen balcells en macchu picchu
Mario Vargas Llosa y la agente literaria y madre del «Boom» latinoamericano Carmen Balcells

Las agencias literarias

Las agencias literarias en España y Latinoamérica tienden a consolidar a escritores más que a descubrir nuevas voces. Son empresas pequeñas con gastos grandes, porque es muy costoso operar en el mercado internacional.

Aunque toda agencia quiere encontrar obras originales, promover nuevos escritores lleva mucho tiempo e inversión. Para poder hacerlo, necesitan tener excedentes económicos para afrontar la apuesta, que siempre es a largo plazo y sin garantía de que saldrá bien. Por eso a los escritores les resulta tan difícil encontrar una agencia que los represente, todas reciben tantas solicitudes que ni pueden responder.

Una agente de Nueva York escribió en su blog que, en 2025 revisó, leyó -parcial o totalmente- mil manuscritos de autores inéditos, terminando por incorporar a dos. Una editora francesa contó en la revista Lire que, gracias a que vivía a una hora de tren de la editorial, disponía de tiempo para revisar dos manuscritos cada día. De las lecturas de un año, contrató uno.

Hay agencias que, para sobrevivir, piden a los autores que solicitan representación una determinada cantidad de dinero, que les devolverán si venden la obra. Otras cobran gastos de participación en ferias, o cobran por hacer informes de lectura, desvirtuando su función. Una verdadera agencia es aquella que apuesta por sus representados, asumiendo todos los riesgos que eso implica, incluyendo el de los escritores que no tienen paciencia para esperar los frutos de este trabajo y se van sin esperar los posibles resultados, que pueden demorar un año o dos y a veces más.

Aprender a negociar

Los escritores que comienzan -todos, en realidad- deben aprender a negociar. Negociar no es algo emocional, es un proceso de comunicación entre dos partes que buscan llegar a un acuerdo sobre algo en lo que tienen intereses diferentes, como sucede entre el autor y la editorial.

Hace veinte años. ningún escritor hubiera imaginado que, además de escribir bien, tendría que aprender a vender y a negociar. Más trabajo para los escritores, en un mundo que cambia a tanta velocidad, que no da tiempo a comprender. Todo en el mundo cambia, en el del libro y la edición también, aunque demasiado lentamente.

Guillermo Schavelzon
Guillermo Schavelzon tiene más de 50 años de experiencia en el sector editorial como director de grandes grupos y editor independiente en Buenos Aires, México, Madrid y Barcelona. Ejerció durante 25 años como agente literario y audiovisual. Actualmente, se dedica a la consultoría editorial para escritores profesionales. Dirige además schavelzon.com de donde compartimos sus textos.

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