Escribe Luis Eduardo García
Se calcula que, a su muerte, a los 47 años, dejó un baúl con 25 mil 426 manuscritos y mecanoscritos firmados por, al menos, un heterónimo y 136 seres inventados por su mente prodigiosa que comprendían heterónimos, semiheterónimos, subheterónimos, pseudónimos y, según Mario Bojórquez, enterónimos. La biografía de Richard Zenith nos cuenta parte de esta historia increíble.
¿Puede un hombre tan evasivo, plural y con un alto grado de despersonalización tener una biografía o contenerse en una vida de 47 años? Aquí su vida en tres de las múltiples dimensiones en que vivió.

¿Pessoa procrastinador?
Fernando Pessoa era un volcán, una fuerza de la naturaleza, un grafómano que no tenía cuando parar. Escribía en inglés y portugués, a veces en francés, todos los días, de preferencia en los cafés, sobre hojas de papel membretado, servilletas, envolturas de cigarrillos, cuadernos o el dorso de facturas y anuncios publicitarios.
Llenaba, como dije, papeles con escritos relacionados con todos los géneros literarios. El ortónimo no escribía tanto, la carga principal la tenían los seres nacidos de su mente volcánica. Nada le era ajeno. Nada. Poesía, novela, cuento, artículo periodístico, ensayo, diarios, cartas, horóscopos, manifiestos, entre otros. Pero pese a esta fiebre creativa, Fernando Pessoa tenía un defecto: nunca concluía lo que empezaba. Era un ser disperso, un procrastinador incorregible.
«Siempre quiero hacer tres o cuatro cosas a la vez, pero al final no hago ni guna y, lo que es más, no quiero hacer ninguna», dejó escrito. Salvo los libros de poesías que publicó en vida (unas plaquetas en realidad en portugués e inglés) y el cuento ‘El banquero anarquista’, todo lo dejó sin terminar. Ser fragmentario, atomizado, ni siquiera su propia existencia parecía tener unidad.
Para algunos, como su propio biógrafo Richard Zenith, F. Pessoa no buscaba la identidad, huía de ella, prefería el drama en gente, la pluralidad, la despersonalización, encarnarse en decenas de personalidades importantes brotadas de un yo anómalo, inquieto, desasosegado, miedoso de la locura y la unidad. Era una galaxia centrípeta, un fingidor, un corazón de nadie, un baúl literalmente lleno de gente.
¿Se imaginan cuántas obras con final tendríamos ahora con la energía limitada de que disponía? ¡Si solo hubiese escrito como el ortónimo! Pero déjenme decirles que, seguramente, no serían obras geniales. Su grandeza reside en ese Big Bang creativo, en los 136 seres inventados, particularmente en la triada compuesta por Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos, y especialmente en
este último. En la pluralidad residía el genio y la belleza y, sobre todo, en dejar todo a medio hacer. No dicen que las obras no se terminan sino se abandonan. Vaya genio original que fue Pessoa: escribía hasta la mitad, eso bastaba para ser grande. ¿Cómo hubiera sido si completaba el círculo, sino dejaba nada para después?

Pessoa misógino
El libro de Richard Zenith demuestra que, desde muy joven, Fernando Pessoa era un misógino incorregible, que no solo leyó libros que en su época intentaban demostrar que la mujer era un ser inferior, sino que en sus propios escritos afirmaba que ellas no estaban dotadas para el pensamiento y la creación porque las ataba la materia que les impedía elevarse, que más les atraía llevar una casa o criar hijos, aunque les reconocía que eran físicamente más sexuales que los hombres.
A su propia madre le dijo en una carta que las mujeres eran «seres esencialmente toscos y groseros». En inglés escribió esto que, seguramente hoy, hubiera propiciado una respuesta virulenta de las feministas. Su genialidad no guardaba armonía con sus equivocadas (en su tiempo normalizadas) posturas machistas de comienzos del siglo XX: «La esclavitud natural de la mujer al sexo lo proclama cada vez la naturaleza con la menstruación. Cada mes se le recuerda que no es más que un útero, y que todo lo demás en ella está subordinado a esa función». Dicho sea de paso, la vida sexual de F. Pessoa, según Zenith, estuvo rodeado de un cierto misterio. F. Pessoa Reconocía en sí ‘una leve inversión sexual’, llegó a interesarse por una mujer, pero no practicó nunca el sexo ocasional ni duradero con mujeres u hombres, que se sepa. Todo indica (cartas, escritos autobiográficos, etc.) que murió casto. El solo deseo, al parecer, lo humillaba.
Decía de él que era «femenino por temperamento, con una inteligencia masculina». ¿Sí el sexo es también una forma identidad como podía tenerla un ser que vivió escindido en cientos de personalidades y un torrente de imaginación que nunca descansaba? ¿Quién fue realmente Pessoa? ¿En cuál de los seres plurales encarnaron esa «leve inversión’, esa homosexualidad reprimida y esa misoginia temprana de la que no se salvó ni su madre? Personaje fascinante, superdotado para el raciocinio, contradictorio y sexualmente complejo. Debió sufrir mucho, sin duda. El tiempo en el que vivió era ciertamente intolerante.
En mi próximo post hablaré de su torpeza para manejar las finanzas, su enemistad con los horarios, sus estrategias para mantener en raya a los acreedores y la aventura editorial que le hizo perder la pequeña fortuna que le legó su abuela.

Pessoa ocultista
¿En qué creía Fernando Pessoa? ¿Qué creencias e ideas gobernaron su vida? El gran poeta portugués era, en principio, agnóstico y anticlerical, pero se sentía enormemente atraído por el pensamiento ocultista. Él se definía como cristiano gnóstico, es decir, alguien para quien que la redención del mundo material dependía del pensamiento oculto de Jesucristo. Es lo que se llama Tradición Secreta del Cristianismo. También se sentía atraído por la Hermandad Rosacruz, La Masonería, la Orden Templaria (que ya estaba disuelta, pero insistía en que seguía existiendo) y otras órdenes que fue conociendo en su indagación básicamente libresca. Él, que no podía con su genio inventivo, creó la Orden de Cristo de la cual era el único miembro y escribía incesantemente sobre magia alquimia, órdenes esotéricas y ritos de iniciación.
Estaba convencido de que para progresar en el mundo del ocultismo había tres caminos: el mágico, el místico y el alquímico, de los cuales el último era el más difícil y el más perfecto de todos. Pero solo fue hasta 1930, cuando conoció a Aleister Crowley, el famoso mago y ‘satanista’ inglés que se adentró deveras en los profundos misterios del esoterismo. Este viajó a Lisboa para conocerlo, Pessoa, tímido y conservador, lo eludió por meses hasta que no pudo más y se encontró con él. El ‘esoterismo sexual’, por llamarlo de alguna manera de Crowley no lo atrajo, le parecía muy ajeno a la castidad y homoerotismo platónico que había cultivado. Más bien congeniaron en otros aspectos, lúdicos digamos: juntos montaron el suicidio de Crowley en un acantilado (La garganta del diablo), hecho en el que el autor el ‘Libro del desasosiego’ fungió de testigo. La prensa y la policía investigaron el hecho y descubrieron que el mago inglés había huido a escondidas por un punto de frontera y se encontraba en Alemania más vivo que nunca.
Paralelamente, Fernando Pessoa se volvió un experto en la elaboración de horóscopos, la cábala y relativamente diestro en la lectura del tarot. Sin embargo, esto no significa que podamos saber con precisión en qué creía de verdad. Zenith cree que fue más “un intento de dar sentido y sustancia a su alma, de encontrarle un hogar en el universo inmenso y aparentemente indiferente”. En todo caso, nunca adhirió a ninguna orden o comunidad y su máxima bíblica siempre fue “Busca tu propia salvación”. Indagar, iluminar, encontrar su propia salvación o seguir un camino es lo que hizo. Uno de sus heterónimos más activos y locuaces, Álvaro de Campos, escribió: “en cada rincón de mi alma hay un altar o un dios distinto”. De cualquier manera, la única verdad que tenían Pessoa y sus heterónimos, a partir de lo que conocían y habían experimentado, es que no creían en nada.
