Escribe Hélard Fuentes Pastor
La poesía clásica constituye una verdadera hazaña en la posmodernidad: una forma de resistencia y, a la vez, una necesidad que apenas es consciente de la puerta que abre. Esa puerta se asemeja a un retrato barroco olvidado en una pared, un espacio donde difícilmente se colgaría otra estampa semejante. Por ello, resulta un acierto la reciente publicación de Calígari Editores, bajo la dirección de Fidel Ydme, que celebra el quincuagésimo aniversario de la producción del escritor arequipeño Walter Márquez Camacho (1945) con la aparición de su Obra poética completa (1963–2024).
Dicho volumen no solo aplaude una trayectoria sostenida, sino que amplía y actualiza aquel primer esfuerzo de 1984, titulado Poesía reunida, publicado por la editorial de la Universidad Nacional de San Agustín, consolidando así un corpus poético indispensable en la tradición literaria regional del Sur.
Los aires nostálgicos en la poesía de Márquez nos sorprenden al desplazarse del plano divino al carnal, de lo trascendente a lo humano, allí donde vivir parece uno de los suplicios más persistentes que cualquier otro deleite. Hablar de Dios, en estos versos, no implica interrogar su existencia, sino la propia: “Cuando poco a poco el Hombre / empuja a Dios / hacia la llanura / de mis ojos / sale la vida / sangrando lentamente / silvestres abriles disecados”. Se trata de unos versos escritos en los años 60, pero cuya discusión no ha perdido vigencia.
En esos caminos intrínsecos de la poesía y de la interpretación de la vida, Márquez no concede reposo a las figuras unitarias o individuales: las somete al desplazamiento, las obliga a moverse e interactuar. El hombre empuja a Dios; las estrellas [desplazan] a las nubes hacia la primavera; se vuelve de la tarde a la mañana; unos murciélagos fatigados conducen al hombre hacia el tiempo; una tímida ave litúrgica deshoja el follaje. Son imágenes que rehúyen la quietud y que, en esa primera parte del libro, se erigen como metáforas del movimiento, del tránsito perpetuo entre lo humano, lo trascendente y lo esencialmente ritual.

Abrir el volumen con Dios inédito / Nos hemos hecho hombres (1963) resulta un acierto, además de una saludable coincidencia por la ciclicidad que establece con los poemarios posteriores que la compilación reúne: Ángel inesperado (1970), Cantar de gesta (1979), Imaginario (1983), Odiseo en la urbe (1986) y Futuro inmediato (1987). El recorrido se cierra con una última sección igual de exquisita: Como una sesgada sombra y otros poemas.
He leído estos versos en complicidad con las lluvias que azotan la ciudad de Arequipa durante estos fríos días de enero, intentando descifrar el paisaje en la dimensión poética de Márquez Camacho. Algunos pasajes he debido releerlos para comprender qué nombra un sol dormido, un otoño invisible, la lluvia aromada, la noche deshojada o el viento inesperado. Tales alegorías procuran ser complacientes con el lector —o, al menos, eso cabe esperar de una experiencia de raigambre casi épica o clásica—, rasgo que se intensifica en Cantar de gesta, poemario dedicado a Luis de la Puente y su “revolución”.
Se dice que en todo poeta arequipeño habita un gesto volcánico, y el de Walter Márquez se manifiesta con especial fuerza en este poemario, donde ciertas imágenes revelan la natividad de un carácter levantisco: “nubes de pólvora”, “cánticos de fuego”, “canteras de muertos”. Cada canto salvaguarda la dignidad del miserable, del oprimido, del marginado, en una antípoda expresiva que opone figuras como “sol famélico y viscoso” o “la peste fue blanca y zumbaba”. Aquí, por citar un caso, emerge una connotación social que, si bien no es dominante en la mayoría de los versos, irrumpe con una intensidad que sacude el tono lírico y lo proyecta hacia una dimensión ética.
Una bella coincidencia es el poema dedicado a su padre: No en Loor y Gloria, título que, en rigor, remite a la consabida fórmula “loor y gloria”, de honda tradición arequipeña y alfeñique, así se conoce a los estudiantes del Colegio de la Independencia Americana, donde el autor realizó sus estudios. En este gesto se reafirma, una vez más, la personalidad de un poeta que mantiene vivos a los faunos y a los guerreros, convocando una memoria que oscila entre la intimidad filial y la grandeza simbólica de la estirpe.

Pero no se trata de una estirpe fundada en apellidos ni en condiciones sociales, sino en una capacidad moral que se revela en versos como: “no era rey / ni quería serlo / de un reino de gárgolas / sedientas de impía lluvia”. Mis favoritos. En ellos asoma una ética silenciosa, una negativa a ejercer un poder corroído. Y es que, en todo tiempo, nuestro país ha sido un territorio herido por las huestes de la corrupción; algo de esa conciencia crítica también atraviesa estos versos, donde la figura paterna se convierte en emblema de una dignidad resistente frente a la degradación histórica.
Walter Márquez Camacho es un poeta de sólida formación intelectual, cuya vida se ha entretejido tanto con la literatura como con el derecho. A lo largo de muchos años dedicados a su Estudio Jurídico cultivó una escritura que encuentra en el pensamiento y en la experiencia personal un campo de grata significación. Esta doble vocación —como abogado y hombre de letras— hace de su obra una síntesis singular en la literatura contemporánea, donde la reflexión sobre el ser, la justicia y la trascendencia fluye con intensidad y normalidad. Además, Márquez amplía aquel diálogo con la percepción del tiempo, la memoria y la condición social del sujeto en el Perú de ayer y hoy.

